almeida – 7 de mayo de 2014.

Uno de los temas de conversación más recurrentes en el Camino, son esas casualidades que frecuentemente se producen.

¿Pero, realmente son casualidades, o son cosas del destino?

 

La verdad es que siempre he sido un poco escéptico en creer en estas cosas, pero según va pasando el tiempo y cuanto más en contacto estoy con el Camino, me voy dando cuenta que tantas coincidencias en lo que los peregrinos van contando, no es fruto de la casualidad, más bien esta determinado por ese destino al que en tantas ocasiones hacemos referencia.

Me encontraba en el patio del albergue con un peregrino disfrutando de esas horas en las que el sol se ha ocultado y comienza a sentirse la brisa de la noche y este fue el tema de conversación que el peregrino planteó porque la jornada le había deparado alguna situación que deseaba compartirla con los demás.

La conversación al final fue derivando en esas situaciones que a veces se producen en el Camino, que se quedan grabadas en nuestra mente y por mucho que tratemos de buscarles una explicación lógica, no la encontramos y acabamos achacándola a las cosas del Camino.

El peregrino nos comentaba una situación que había vivido un par de años atrás cuando recorrió su primer Camino y conoció un suceso que difícilmente iba a poder olvidar.

Las ultimas jornadas, las había recorrido en compañía de un joven de la Republica Dominicana pero dos días antes de llegar a Fisterra, se habían separado y el Camino quiso reunirles de nuevo contemplando como el sol se ocultaba por el horizonte en el fin del mundo, allí donde los peregrinos no pueden seguir avanzando más.

Son esos momentos en los que vienen a la mente del peregrino todos los instantes vividos durante la peregrinación y sobre todo, aquellos que han dejado una huella muy profunda en quienes los han vivido.

El joven Dominicano, mientras observaba como el sol vencía esos metros que le separaban de la línea del horizonte, deseaba compartir con su compañero de Camino una experiencia que había tenido la última jornada, pero no sabía como, ni por donde empezar, porque también para él resultaba algo increíble y no lo había compartido con nadie porque dudaba que le fueran a creer.

Esa jornada, había comenzado a caminar con una pareja mayor que él, se trataba de un matrimonio canadiense con los que no había coincidido anteriormente, pero como hablaban el mismo idioma, enseguida se sintieron cómodos caminando juntos y así recorrieron toda la etapa que tenían por delante.

Cuando llegaron al albergue, después de la recuperadora ducha, se fueron a uno de los restaurantes que había en el pueblo para comer y recuperar las energías que habían perdido durante la jornada.

En la mesa, fueron intimando un poco más de lo que lo hicieron mientras caminaban y en un momento de la conversación el joven se interesó el motivo que les había llevado a hacer la peregrinación desde un país tan lejano.

Mientras el marido iba contando la historia que les había llevado hasta allí, la mujer trataba de mantener la serenidad a pesar que no pudo evitar que alguna lágrima se deslizara por su mejilla.

El hombre, le comentó que estaban tratando de buscar respuestas. Pensaban por lo que les habían dicho que el Camino hacía milagros y en ocasiones las preguntas que nos hacemos, inexplicablemente tienen una respuesta durante esta peregrinación, pero ya estaban a punto de darla por finalizada y no la habían encontrado.

Un año antes, su hijo había sido destinado a Afganistán. Salió de casa lleno de vida y de vitalidad y se lo habían devuelto en una caja de pino. En la nota de condolencia de las autoridades, se agradecía los servicios prestados y se hablaba del valor de su hijo y como había dado su vida por su patria, perdiéndola en un heroico acto de servicio. Fue una nota que no les reconfortaba por la perdida que habían tenido y menos, cuando coincidieron con más familias que también estaban padeciendo como ellos la perdida de un ser querido y cuando vieron que las notas que entregaban a los familiares eran idénticas, la angustia por saber como había muerto su hijo fue creciendo hasta casi atormentarles.

Alguien les había hablado del Camino y para ellos representó la última esperanza de tratar de esclarecer esta duda que tanto les angustiaba pero ya habían perdido la esperanza de poder tener esa paz que tanto necesitaban.

Mientras el hombre iba contando esta historia, la mujer buscó entre las cosas que llevaba en la cartera, la mayoría eran recuerdos de su hijo y sacó una foto que se hicieron juntos el día que se marchó y se la mostró entre sollozos al joven.

Este, al ver aquella imagen se quedó petrificado y no supo reaccionar ni decir nada, pero también acudieron a su mente unas imágenes que le acompañarían durante toda la vida.

Por la fecha que le estaban comentando y el lugar en el que le estaban diciendo que perdieron a su hijo, era el mismo que el joven había estado un año antes. En una de las refriegas que su compañía se había visto envuelta, resultó herido y se quedó inmóvil porque no podía moverse. Se encontraban acorralados hasta que vinieron en su ayuda. Solo recordaba como un soldado trató de apartarle de la zona de peligro arrastrándole y cuando ya casi se encontraban a salvo, vio como una bala segaba su vida. La imagen del aquel ángel salvador no la podría nunca borrar de su mente, era la misma que le estaban mostrando en aquella fotografía.

El joven, prácticamente se quedó paralizado, no consiguió articular ni una sola palabra y el matrimonio se extrañó del cambio que se había producido en aquel joven tan simpático.

Antes de despedirse, se intercambiaron los teléfonos de contacto y la dirección de correo electrónico y se despidieron y no les había vuelto a ver más.

Después de reaccionar les estuvo buscando para decirles que el les podía dar la respuesta a lo que estaban buscando, porque su hijo al morir había salvado su vida. Pensó llamarles por teléfono para volver a quedar con ellos y decirles que su hijo no había muerto en vano, que lo había hecho de una forma heroica, pero lo pensó mejor y decidió no hacerlo. Iría hasta Canadá para contarles la otra parte de la historia, esa que ellos no conocían y deseaban tanto escucharla de boca de alguien que la conociera como él y de paso, rendiría ante la tumba de su salvador el reconocimiento y el respeto que le debía.