almeida – 8 de noviembre de 2014.

Tenía un aspecto frágil, los años se habían encargado de ir dejando una profunda huella y su menudo cuerpo no era como el de los demás peregrinos que irradiaban vitali­dad y fortaleza. John era un peregrino diferente. Estaba cerca de los ochenta años y no me imaginaba de dónde sacaba la fuerza para realizar cada etapa cargado con su mochila. Su rostro no reflejaba en ningún momento el cansancio que iba acumulando con los kilómetros que re­corría cada jornada.

Trataba de pasar desapercibido. Para él todo estaba bien y con una sonrisa agradecía cuanto le decías acerca de la información que le dabas para que su estancia en el al­bergue fuera lo más cómoda posible.

Procedía de algún país del norte de Europa. No logré   saber cuál era o quizás se me olvidó preguntarlo porque para mí eso resultaba secundario. Me importaba más la persona y conocer los motivos que a su edad le habían lle­vado al camino.

Su noción del castellano era muy pobre pero con la buena voluntad que pusimos los dos por hacernos compren­der, pudimos establecer un breve pero intenso intercambio de experiencias y, como no, también de sentimientos.

A la hora de la comida, como no había llegado nadie más al albergue, le invité a que compartiera mi mesa y rehusó, pero ante mi insistencia acabó aceptando mi ofre­cimiento.

John no precisaba mucho alimento para cubrir las ne­cesidades de su menudo cuerpo, aun así le serví dos genero­sos cazos de patatas en salsa verde. Se sentó en un extremo de la mesa como no queriendo estorbar, era tal su timidez y recogimiento. Pero al final una oportuna sonrisa todo lo puede y conseguí ganarme su confianza y, lo que es más importante, satisfacer mi curiosidad. Me resultaba muy in­teresante saber los motivos por los que una persona de avanzada edad y con su aparente fragilidad se aventuraba a hacer un camino que para los más jóvenes y fuertes resulta­ba en ocasiones una difícil prueba que no podían finalizar.

Su voz sonaba cálida y muy tierna. En su torpe conoci­miento del idioma trataba de buscar esas palabras adecua­das para hacerse comprender. Casi no le hacía falta ya que con sus gestos y su mirada podía expresar lo que quería transmitir.

Comenzó a explicarme los motivos por los que estaba allí. Una vez que había llegado la hora de su jubilación, sin­tió que era el momento de compartir con los más desfavore­cidos parte de lo que la vida le había dado siendo muy gene­rosa con él. Durante los últimos años había estado colaborando con diversas ONG de su país en proyectos que éstas llevaban a cabo en diferentes lugares del continente africano. Le acompañaba su mujer y eran felices pudiendo llevar algo de alegría a quienes no tenían nada. Consideraba que esos años habían culminado su realización personal y se encontraba satisfecho y muy feliz.

Hace unos meses sintió que su fin se acercaba. Ese ins­tinto que no sabemos dónde está pero que casi siempre acierta, hizo sonar la alarma. Comprendió que sus días se estaban terminando y antes de que esto ocurriera quería recorrer el camino de las estrellas. Sus palabras iban brotando por su boca y su semblante irradiaba felicidad. Aquello me conmovió hasta hacer que una parte de mi garganta se retorciera no dejándome pronunciar ni una palabra. Solo era capaz de asentir mirando los brillantes ojos de John.

Después de comer, se retiró a una de las literas para descansar. Esa tarde la pasé muy pensativo analizando todo lo que John me había comentado aunque en ningún momento tuve sentimientos de tristeza, le veía feliz.

Por fin me di cuenta del truco de John. Cuando supo que no le quedaban muchos días, decidió que su vida había terminado y ahora en el camino estaba viviendo una nueva vida. En esta ocasión era de un mes de duración, pero al fin y al cabo había renacido cruzando los Pirineos y la terminaría en Finisterre. La estaba viviendo con tanta intensidad como solamente se puede hacer recorriendo el camino, por eso estaba tan feliz.

Por la noche soñé con muchas estrellas que iluminaban el cielo, pero en ninguna de ellas veía reflejada la cara de John. Todavía le restaba mucho para llegar al fin del mundo e incorporarse a ese camino celestial que va guiando a los peregrinos.

Por la mañana me levanté más pronto que de costumbre para no hacerle esperar. Quería que antes de que partiera tomara un abundante y nutritivo desayuno que le ayudara a superar la jornada que tenía por delante.

En un vaso se sirvió agua caliente e introdujo una bolsita de té. No necesitaba más. Su menudo cuerpo se encontraba espiritualmente bien alimentado, sus ojos me daban las gracias por la hospitalidad que había recibido.

En silencio, le acompañé a la puerta del albergue. Hacía una mañana fresca aunque se presagiaba un día radiante de esos que los peregrinos agradecen. Antes de colgarse la mochila se aproximó con los brazos extendidos y nos fundimos en un profundo y largo abrazo durante el que nos transmiti­mos todos los sentimientos que las palabras son incapaces de expresar.

No sé cuánto tiempo permanecimos así, fue un abrazo muy largo y muy sentido. Ambos sabíamos que una vez que traspasara la puerta ya no volveríamos a vernos más.

Sin decir una palabra, acomodó la mochila en su espal­da y salió del albergue. Le seguí con la mirada y antes de doblar la esquina, se giró obsequiándome una tierna y eter­na sonrisa.

Pero el rastro que habían dejado sus relatos aún reso­naban en mi cabeza y volvieron a tocar mi corazón: «no es necesario buscar montañas muy altas cuando las grandes gestas son realizadas por personas sencillas y humildes. Esta es la esencia del camino. La valoración que personas sencillas hacen de las cosas y de los hechos más normales. Son los grandes ejes que mueven y cambian a los seres hu­manos y por consiguiente a toda la humanidad». Toda una lección filosófica dicha con las palabras llanas con las que solemos expresarnos la gente sencilla.