almeida – 26 de julio de 2014.

Cuando Miguel Ángel recorrió por primera vez el Camino, pudo sentir esa soledad que los antiguos peregrinos experimentaban al no encontrarse durante muchas jornadas con nadie en la etapa que estaba realizando.

Esa sensación, fue la que le gustó y ya entonces se propuso volver a sentir las mismas sensaciones que en aquella ocasión había tenido.

Pero fue transcurriendo el tiempo y no encontraba nunca ese momento en el que pudiera ver cumplido su sueño que se fue posponiendo hasta que por fin llegó la esperada jubilación y ahora ya no había ninguna excusa porque disponía de todo el tiempo del mundo.

Se fue dando cuenta que el camino había cambiado, por lo que estaba leyendo, ya no era el mismo Camino que le había cautivado, la soledad había desaparecido y ahora avalanchas de peregrinos invadían cada día esta ruta de peregrinación.

Tenia miedo que todos los recuerdos que tenía se desvanecieran cuando pusiera sus pies de nuevo en el Camino y fue buscando esos caminos más minoritarios en los que todavía no había llegado la masificación y cuando tuvo todo listo se dispuso a recorrer el Camino Sanabrés del que había leído experiencias muy bonitas y sobre todo, en varias de los relatos que cayeron en sus manos, la palabra soledad se repetía una y otra vez.

Cuando llegó al lugar que había elegido como punto de inicio, fue a adquirir una credencial que le identificara como peregrino y le permitiera pernoctar en los albergues, pero no resultó tan fácil como él pensaba porque era domingo y los horarios daba la impresión que se habían trastocado en todos los sitios.

Esperó en un lugar que le habían asegurado que le proporcionarían una credencial, pero se encontraba cerrado a pesar del cartel que había en la puerta que decía que los domingos debería estar abierto a la hora que se encontraba allí. Pero solo fueron unos minutos los que debió esperar, quien atendía el local se había retrasado unos minutos por un imprevisto y pidió disculpas a Miguel Ángel quien al ver la buena disposición de aquella joven, las aceptó de buen grado.

Le proporcionó cuanto necesitaba, no solo la credencial, también le dio una guía de ese camino y algunos folletos que pudieran serle de interés para visitar alguno de los lugares más representativos por los que iba a pasar.

Miguel Ángel se dispuso a pagar lo que le habían dado y la joven le dijo que no debía nada, pero si le iba a pedir un favor personal. Como la idea de Miguel Ángel era llegar hasta Santiago, ella deseaba que quince kilómetros antes de Santiago, en el mojón que indica la distancia que queda para Compostela, dejara una pulsera que la joven mostraba en su mano derecha.

-¡Dalo por hecho! – respondió Miguel Ángel, en menos de dos semanas, la pulsera está en el lugar que deseas.

Se despidieron deseándose buen camino y el peregrino partió cargado de ilusión y con un compromiso que deseaba cumplir, dejar aquella medalla en el lugar que la joven le había indicado.

Las tres primeras jornadas, Miguel Ángel fue disfrutando de ese Camino porque volvió a sentir aquellas sensaciones que recordaba. En ocasiones, durante muchas horas caminaba solo, con esa soledad que tanto anhelaba y estaba tan animado que a veces se olvidaba que debía seguir las flechas amarillas y se introducía por senderos que no le conducían a ninguna parte debiendo regresar de nuevo a retomar el Camino.

Cuando se dispuso a superar una zona que se encontraba alterada por las obras, un mal paso que dio le hizo sentir un fuerte pinchazo en uno de sus pies y se detuvo de inmediato. Cuando se reincorporó, el dolor se hacía cada vez más intenso por lo que fue de inmediato al cuarto de socorro del siguiente pueblo y el médico que le atendió, certifico lo que tanto se temía, tenía una rotura de fibras que debía recuperar con mucho reposo, el Camino se había terminado para Miguel Ángel.

Lamentó la noticia que le daban, eran tantas las ilusiones que se había hecho que ahora veía como todas se truncaban con esa inesperada lesión, pero lo que más lamentaba, era que el encargo y la promesa que había hecho de dejar la pulsera en el sitio que le habían dicho, no iba a poder cumplirlo.

Se sentó en la plaza del pueblo y mientras saboreaba una cerveza muy fría fue analizando la situación en la que se encontraba, así fue como me lo encontré y me senté un rato a hablar con el peregrino.

Después de darle vueltas, había llegado a una conclusión muy sensata. El Camino, no se iba a alterar en unos meses, por lo que una vez que se recuperara, podía retomarlo de nuevo y en cuanto a la promesa que había hecho, se desplazaría en autobús hasta Santiago y después iría a ese kilómetro quince en el que dejaría la pulsera que le habían dejado en custodia.

Me pareció una decisión muy acertada y así se lo dije y me despedí de este peregrino viendo que al menos una parte de su objetivo se vería satisfactoriamente cumplido.