almeida – 5 de junio de 2014.

Algunos peregrinos, cuando llegan a los albergues, les gusta poner sus conocimientos y habilidades al servicio de los demás para que puedan beneficiarse de ellos.

He comprobado como se formaban colas cuando había alguien especializado en restañar ampollas, con paciencia sentaba a los peregrinos frente a él y colocando sus pies en sus rodillas, les iba extrayendo el líquido que se va formando por la fricción, luego desinfectaba bien la zona afectada y colocaba unos apósitos para que la zona quedara protegida.

También en alguna ocasión, quién sabía dar masajes para aliviar las tensiones musculares que el Camino suele producir, en cualquier lugar del albergue, improvisan una camilla y con la habilidad que tienen en sus manos, van masajeando esos músculos que se encuentran agarrotados hasta que consiguen destensarlos y los dejan relajados para que puedan afrontar la siguiente jornada.

Qué decir de esos artistas que saben como deleitar a los demás extrayendo las mejores melodías de un instrumento musical o entonando esas baladas que adquieren su máxima expresión en lugares como los que se encuentran, ya que el juglar sabe como nadie contar esas historias que los peregrinos comprenden tan bien.

Algunos artistas van al Camino con sus lápices o sus acuarelas y captan esa instantánea de los momentos íntimos de un esfuerzo o la algarada de un albergue y que son luego el deleite de quienes lo contemplan.

También los buenos gastrónomos hacen las delicias con sus guisos, cubriendo esas necesidades que algunos tienen y consiguiendo que recuperen esas fuerzas que han ido dejando en la etapa y necesitan para afrontar la que les espera al día siguiente.

Incluso he tenido sacerdotes que improvisan en cualquier lugar del albergue una misa para todos aquellos que desean asistir a esa celebración que resulta tan especial para algunos.

En fin, son tantas y tantas las muestras de estas vivencias de conocimientos compartidos, que sería imposible acordarse de todas y recordarlas, porque son muchos años de vinculación con el Camino.

Por eso, llega ese momento en el que ya crees haberlo visto todo y ya nada puede sorprenderte, pero siempre en el Camino hay espacio para la sorpresa y aunque crees que nada nuevo puede llegar, acaba apareciendo algo o alguien que te vuelve a sorprender.

Me encontraba en Santuario, cuando llegó un peregrino al que después de tomarle los datos y explicarle el funcionamiento de aquel lugar me comentó:

—Soy maestro de yoga y ofrezco esta tarde una clase de relajación a todos los peregrinos que deseen asistir.

—¿Qué? – pregunté.

Cuando se disponía a repetir de nuevo lo que me había dicho, le interrumpí.

—Ya lo he entendido, lo que ocurre es que me ha sorprendido, ¿Qué es lo que vas a necesitar?

—Nada, aquí en el jardín podemos hacerlo bien.

—¿Y cuánto tiempo vas a necesitar?, es porque tenemos horarios ya comprometidos.

—Más o menos una hora —me dijo.

—Bueno, pues si te parece, lo hacemos de cinco a seis ya que a las seis los peregrinos van a visitar la ermita.

—Esa hora es buena —me respondió.

—Fui comentándolo a los peregrinos que iban llegando después y a los que habían llegado antes se lo dije en los cuartos en los que se encontraban descansando.

Pensaba que no iba a tener mucha aceptación ya que había algunos que por su aspecto o por su edad no les veía haciendo esos ejercicios, pero me volví a sorprender, a las cinco, el ochenta por ciento de los peregrinos se encontraban en el jardín para asistir y participar en esa clase improvisada que se había organizado.

El profesor fue colocando a todos los peregrinos, los puso haciendo un gran circulo y el se puso en el medio. Iba mostrando a los peregrinos lo que debían hacer y los alumnos obedientes fueron repitiendo lo que veían hacer al profesor.

Seguí estos ejercicios, aunque no participé en ellos. Vi que a medida que iban pasando los minutos las tablas que hacían eran cada vez más complicadas y se hacían más duras, pero la mayoría seguía el ritmo que el profesor les estaba poniendo.

Unos minutos antes de las seis, llegó la señora que solía llevar a los peregrinos a visitar la ermita y al ver aquella nueva actividad también se mostró sorprendida. Pero eso era Santuario y en el Camino las sorpresas siempre aparecen donde uno menos lo espera.

Cuando finalizaron las tablas de los ejercicios me acerqué a algunos de los peregrinos que habían participado en ellos.

—-¿Qué tal? – les pregunté.

-Había veces que daba la impresión que te ibas a romper, sobre todo cuando tenías que hacer cosas de elasticidad a las que no estamos acostumbrados.

—¿Y cómo habéis quedado?

—Muy bien, como nuevos, se han ido todos los males, los dolores que teníamos han desaparecido, vamos, como para seguir a este tío todos los días y terminar donde lo haga él si va a hacer lo mismo cada día, así se van los dolores que te crea el Camino.

De nuevo la sorpresa surgió en el Camino y sirvió para que los peregrinos se recuperaran del cansancio que tenían.

Estas personas que altruistamente saben dar lo que tienen, son siempre bien recibidos en cualquier lugar del Camino, porque una cosa que diferencia a este Camino de cualquier otra ruta, es que aquí se suele compartir todo.