almeida – 5 de junio de 2014.

Emulando a aquellos antepasados que se fueron a conquistar las tierras del nuevo mundo, Fabricio, dejó un día su Extremadura natal para conocer el mundo y fue recorriendo uno tras otro innumerables países en los que además practicó innumerables oficios para poder ganarse la vida.

Pero la tierra que ha visto a uno crecer y sobre todo esos lazos familiares que se dejan atrás, siempre pueden más que los nuevos horizontes y un día acabó regresando a sus orígenes.

Pero, después de conocer tantos horizontes, su Extremadura se le quedaba muy pequeña y el país que llevaba en su corazón era un gran desconocido por lo que el afán de conocer nuevos lugares le animó a recorrerlo.

Pensó que la mejor forma de hacerlo era caminando, como lo hacían esos peregrinos que se dirigían siempre a poniente y un día, se colocó una mochila sobre sus espaldas y fue siguiendo a otros peregrinos que se dirigían a Compostela.

Aquella nueva forma de conocer su país, le gustó como no se había imaginado y cuando llegó a Santiago, no quiso detenerse, continuaría caminando por otros senderos que algunos peregrinos seguían para regresar a sus casas.

Ya le había entrado esa magia que en ocasiones el Camino obsequia a quienes saben recorrerlo sin prisa, saboreando cada uno de los instantes que se está sobre él y percibiendo todas las sensaciones que los peregrinos especiales saben captar.

Los pies de Fabricio ya no se pararían más, seguiría caminando por todos los senderos conocidos que desde los más recónditos rincones de la geografía conducen hasta Santiago.

Alguien, un día, conociendo sus andanzas escribió con letras gruesas en su mochila “Peregrini Total”, era una definición muy certera de lo que se había convertido Fabricio, un peregrino que constantemente necesita seguir adelante.

Cuando en una ocasión regresó a su casa, su madre al ver todas las credenciales que sin ningún orden estaban en su mochila, donde se recogían todos los sitios por los que su hijo había pasado, decidió coserlas y hacer una sola credencial de muchos metros de longitud.

En ella se recogían más de diecisiete mil kilómetros que Fabricio había recorrido desde que tres años antes decidió comenzar un Camino que parecía no tener fin.

Cuando pasó por Tábara, se le veía un peregrino diferente porque a pesar de haber sitio libre en el albergue, él no quería verse encajonado entre cuatro paredes, estaba acostumbrado a arroparse cada noche con ese manto de estrellas celestial y solicitó permiso para dormir en el exterior contemplando las estrellas como lo hacía la mayoría de las noches.

Cuando le vi alejarse del albergue, vi a uno de esos peregrinos felices que solo esperan lo que les va a aportar el nuevo día, porque son esas personas especiales que saben extraer de cada momento todo lo bueno que tienen y cada día que pasa, se van enriqueciendo con cada una de las cosas que han aprendido.

Sé que algún día regresará y espero que ese día tenga esa calma de la que hace tanta gala, para aprender un poco con las vivencias que vaya compartiendo con quienes nos encontramos en el albergue.