almeida – 4 de junio de 2014.

La tarde era muy soleada y en el jardín de Santuario se estaba muy bien, decidí sentarme en uno de los bancos y sin saber cómo, al cabo de unos minutos me encontraba rodeado de peregrinos.

La mayoría eran jóvenes y para ellos estaba siendo su primer camino, por lo que vi en ellos una oportunidad de percibir esas sensaciones que tienen aquellos que hacen algo por primera vez, ya que la sorpresa era la mayor sensación que cada uno estaba experimentando cada día y consideré que era un buen momento para saber si se sorprendieron tanto como yo y si también lo habían hecho en los mismos sitios.

Pero, generalmente, cuando esperas muchas cosas, también suele surgir la sorpresa porque nadie se atreve a contarlas, algunos decían:

—¿Sensaciones?, tengo mil para contar.

—Con una sola me vale —les decía.

—Déjame que piense —me comentaban.

Y se pasaban un rato pensando, pero al final no había nada que les viniera a la mente, se habían quedado bloqueados y era inútil insistir pues no conseguía nada positivo.

Uno de los peregrinos, el que parecía más mayor, me comentó que él sí tenía una cosa curiosa que contarme ya que, aunque pareciera extraño, del dolor que en una ocasión produjo, había surgido una gran amistad.

Le animé a que nos la contara ya que nos había dejado con la duda de lo que era y todos estábamos deseando escucharla.

En Roncesvalles, en su segundo día en el Camino ya que había comenzado en Donibane Garazi, conoció a un peregrino francés que inicio su camino en la puerta de su casa en París, llevaba recorridos en ese momento más de setecientos kilómetros.

El peregrino era fuerte y se le veía bien preparado porque cuando la mayoría llegó a Roncesvalles, después de pasar la dura etapa de los Pirineos, casi todos lo hicieron muy cansados y él apenas daba muestras de fatiga pues daba la impresión que iba a comenzar allí su camino.

Si a cualquiera le hubieran preguntado por el peregrino que iba a pinchar en la siguiente etapa, nadie hubiera pensado en el peregrino francés ya que le veían tan preparado y tan suficiente que nada presagiaba que tuviera que ser él quien dejara el camino.

Afrontó la etapa con ánimo, el terreno era bueno y firme y los espacios por los que pasaban eran espectaculares, aunque hacía calor, los hayedos situados a ambos lados del Camino se encargaban de refrescar el ambiente.

Superó sin apenas dificultad los altos de Erro y Lintzoain y cuando afrontó el descenso a Zubiri, iba tan confiado que no se fijó en algo irregular que sobresalía en el suelo, dando una mala pisada y con la fuerza con que apoyaba el pie, algunos de los huesos del tobillo se salieron de su sitio.

Se quedó tumbado en el Camino, no podía moverse ya que el dolor se hacía insoportable. Alguien que venía por detrás se percató de lo que había ocurrido y le ayudó a quitarse la mochila para que se tumbara buscando la mejor posición en la que se encontraba en el suelo.

Esperaron a que llegaran más peregrinos para ver si entre todos podían llevarle hasta un lugar en el que pudiera acceder a algún servicio médico que viniera a recogerle para trasladarle hasta algún centro hospitalario en el que especialista pudieran atender su dolencia y sobre todo calmar su dolor.

Dio la casualidad que el peregrino que estaba contándonos esta historia fue uno de los que accedía al lugar en el que había pasado el accidente, era terapeuta profesional y nada más ver la pierna del peregrino supo que necesitaba las atenciones que podía prestarle.

Se desprendió de su mochila y pidió que se apartaran todos para observar mejor la zona lastimada. Su experiencia, como si tuviera rayos x en los ojos, le hizo ver la situación en la que se encontraban los huesos, era una lesión que conocía perfectamente y sabía como debía solucionarla, pero iba a resultar muy doloroso por lo que debía actuar con mucha rapidez.

Mientras colocaba sus manos en la posición que tenía que estar cada una de ellas, fue tranquilizando al peregrino dándole palabras de ánimo y de consuelo, le comentaba que le inmovilizarían y esperarían a una ambulancia que habían llamado, no tardaría mucho en llegar y le llevarían en ella al hospital para que le curaran.

Mientras estaba hablando hizo unas señas a dos peregrinos que le estaban sujetando por los hombros para que lo hicieran con más fuerza y en ese momento, con dos movimientos de sus manos, colocó los huesos en su sitio.

Se escuchó un crack que inmediatamente fue apagado por el fuerte grito que lanzó el peregrino, el eco del valle en el que se encontraban debió amplificar aquel grito haciendo que se escuchara desde Pamplona hasta Roncesvalles.

—He tenido que hacerlo así, no podíamos esperar, tenías los huesos fuera de su sitio y ahora ya se encuentran bien.

El peregrino miró su pierna y vio que estaba normal, trató entonces de levantarse, pero quién le había curado le dijo que no iba a poder apoyar bien el pie ya que aun sentiría dolor, era mejor que se apoyara en dos peregrinos para poder llegar hasta el pueblo, y allí ya tenía que buscar un medio de transporte para regresar a su casa.

—¿No voy a poder seguir haciendo el Camino? —preguntó algo desolado, como si conociera ya la respuesta.

—Lamentablemente no —tienes que guardar reposo una o dos semanas.

—¿Y si descanso bien unos días, podré luego seguir? —insistió el peregrino.

—No —dijo el improvisado traumatólogo —puedes comenzar a caminar, pero para hacer largas distancias, tendrás que recuperarte bien, asume la idea que tu camino se ha terminado de momento, en un mes podrás reiniciarlo desde donde lo dejas.

Cogió el brazo del peregrino pasándolo por su hombro y lentamente fueron descendiendo hasta llegar a Zubiri.

El peregrino llamó por teléfono a su familia y le dijeron que al día siguiente estarían allí para recogerle y regresar a casa.

Quién le había curado, cogió la litera de al lado y, durante la mayor parte de la tarde, le estuvo diciendo los síntomas que iba a tener, así como la rehabilitación que debía hacer para poder volver cuanto antes al Camino.

Ese día, en medio del dolor necesario que había tenido que ocasionar a un peregrino, después de ver la expresión de su cara cuando le hubo colocado el hueso, supo que había ganado un nuevo amigo para siempre.