Alberto Solana – 3 de junkio de 2014.

«¡Por fin!, ¡ya era hora!, ¡llegó mi momento!, ¡me toca!. ¡Sí, me toca!, y no es que esté en plena partida del juego de la Oca, supuesto compendio de sabiduría iniciática para quienes quieren venderlo o entenderlo así. No es eso, no. Es que ha llegado mi ocasión de salir al Camino y voy a aprovecharla.
Ya está bien de contemplar como salen y entran los peregrinos por este y otros albergues. Me marcho unos días al Camino, no será una gran travesía, que el tiempo disponible no da para tanto, pero necesito perderme, siquiera sea unas jornadas, entre sus trochas.
Quiero buscar un valle solitario en el que poder vociferar el canto del gallo a voz en grito y escuchar como el Camino me lo devuelve en salvas de eco.
Quiero mirar los profundos ojos de su milenario espíritu y sentir que me observa.
Quiero dialogar con él, paso a paso, para refrescar en mis oídos el sonido de su voz grave, armoniosa y eterna.
Quiero ver sus dos caras, de fervoroso culto una y de profano gesto otra, ambas necesarias y nunca opuestas sino complementarias.
Quiero pisar su prolongado vientre y dejarme llevar hasta perder los límites de la fatiga y del gozo, desdibujando el dintel de las sensaciones y de los sentimientos.
Quiero que mi bordón huela a mí y yo a él.
Quiero ser caracol con la casa a cuestas.
Quiero ser tortuga lenta y constante.
Quiero sentir a mi lado la compañía de Dios.
Quiero experimentar como, sin apenas nada, sientes que lo tienes todo contigo.
Quiero llegar a Santiago y abrazar al Apóstol, y sentir su abrazo y venerar sus restos.
Quiero respirar a pleno pulmón el éter pétreo de Compostela.
Quiero formar parte del Camino y que él forme parte de mí.
Y quiero, luego, volver a casa y a la vida diaria para sentir que soy necesario a los míos como ellos lo son para mí, y volver al pan nuestro de cada día, que es donde se libra el verdadero Camino.
Me voy….. que me toca… ya os contaré.»