almeida – 7 de septiembre de 2014.

Isaac sentía verdadera vocación por los caballos, pensaba que eran unos animales espléndidos y por su profesión, había tenido que curar a muchos, algunos se encontraban entre los mejores de su raza porque sus propietarios siempre querían lo mejor y no habían escatimado en gastos para conseguir que en sus cuadras estuvieran solo los que tuvieran la sangre más pura.

Cuando se encontraba caminando por un sendero de tierra en algún lugar de Francia, junto al camino había una cerca de madera muy bien construida, trató de imaginarse lo que guardarían en aquella finca que tan bien cuidada se encontraba.

Unos centenares de metros más adelante pudo salir de dudas, un caballo pura sangre de raza árabe era lo que protegían aquellas vallas.

Isaac se detuvo, se sentó junto a la valla y fue llamando al caballo. Este al principio se mostraba receloso, pero el buen veterinario, sabía como vencer ese recelo inicial de desconfianza que algunos animales sentían ante lo desconocido y consiguió que el animal se fuera acercando lentamente a donde él se encontraba.

Calculó que tendría cinco años, era uno de los animales más hermosos que había visto nunca. Por su comportamiento percibió que tenía un nervio especial. Dejó que oliera su mano y se fue granjeando la confianza del animal. Isaac fue acariciando primero su hocico, luego su testuz y fue pasando su mano por la cabeza del animal acariciando sus crines. No le cabía duda que su dueño sabía como cuidar a los animales ya que se encontraba muy bien cepillado y la higiene que presentaba era magnífica.

Mientras estaba con el animal, observó como un vehículo todo terreno se acercaba por el interior de la finca, descendió el copiloto y el vehículo regresó por donde había venido.

Casi no se le veía la cara al recién llegado, llevaba un chubasquero con la capucha puesta, pero a Isaac le pareció un hombre joven y su acento le delataba como un norteamericano; aunque le saludo en un francés bastante aceptable.

—Es extraño —dijo el recién llegado —normalmente recela de los desconocidos y huye de donde éstos se encuentran.

—Soy veterinario —dijo Isaac —y se como vencer esas reticencias iniciales.

—Entonces comprendo porque no se ha asustado.

—Es un animal magnífico —dijo Isaac —calculo que debe tener unos cinco años.

—Los cumple el próximo mes.

—Es uno de los mejores caballos árabes que he visto —afirmó Isaac.

—Cuando lo adquirí, lo que venía con los datos del caballo aseguraban la pureza de su raza y por lo que estoy viendo, está mejorando a sus progenitores que también son unos animales magníficos.

—Solo les falta hablar —aseguró Isaac.

—Bueno, a veces parece que lo hacen, en muchas ocasiones cuando relincha, me da la sensación que me está hablando —dijo el joven.

—Veo que hay un césped muy bien cuidado y árboles que me resguardaran si llueve. ¿Tendrías algún inconveniente que me quedara a dormir aquí?, no creo que encuentre un lugar mejor más adelante.

—A dos kilómetros de aquí, cuando salgas del bosque, verás mi casa, vete hasta allí y yo te facilitaré un sitio mejor para dormir.

—Bueno, como tú digas, pero aquí también me encontraré bien —comentó Isaac.

—Insisto —interrumpió el joven.

—Pues no quiero ser descortés y acepto tú hospitalidad —dijo Isaac.

El joven montó sobre el caballo y se fue alejando de la cerca hasta el centro del prado, allí puso al trote al animal y se fue perdiendo de la vista del peregrino.

Isaac cogió de nuevo su mochila colgándola sobre sus hombros y animando a su perro, diciéndole que esta noche igual dormirían a cubierto, siguieron por el camino hacia el final del bosque.

Cuando los árboles desaparecieron y por fin pudo ver el horizonte, allí estaba lo que el joven le había dicho, solo que en lugar de encontrar la casa que esperaba, estaba delante de un hermoso castillo medieval. El joven, al verle acercarse, fue a su encuentro.

—Bueno, veo que no te has perdido —le dijo.

Se había desprendido del chubasquero y ahora podía contemplarlo perfectamente, aquella persona no era un desconocido para él, se encontraba ante uno de los actores de cine más importantes del momento. Este, al sentirse reconocido siguió diciéndole al peregrino:

—Esta es mi casa y me gustaría que esta noche fueras mi huésped, hay que cumplir los deseos de Dios “dar posada al peregrino” y tú, pareces un peregrino.

—Sí —murmuró sin salir de su sorpresa Isaac —soy un peregrino que vengo desde Polonia caminando y me dirijo hasta Santiago.

—Pues debes estar cansado y hambriento —dijo el joven —te indicaré cual es tu habitación y puedes hacer lo que desees, descansar o contarme por qué estás haciendo este camino tan largo.

Le condujo hasta un amplio cuarto y le indicó donde se encontraba el baño, le dijo que dejara toda la ropa que quisiera que le lavaran y una persona del servicio se encargaría de hacerlo.

Cuando se hubo aseado, Isaac bajó hasta el comedor donde su anfitrión estaba esperándole. Había dispuesto que prepararan abundante comida para su invitado y mientras Isaac reponía energías, le fue poniendo al corriente de quién era, lo que le había ocurrido para hacer aquella peregrinación y le fue contando una y mil anécdotas que le habían ocurrido desde que comenzó a caminar meses atrás.

El joven le felicitó por la valentía que tenía para hacer lo que se encontraba haciendo, le propuso que cuanto lo deseara, le mostraría las cuadras en las que tenía una docena de animales.

Isaac le dijo que cuanto antes, se sentía muy a gusto entre estos animales y los echaba de menos ya que había perdido su contacto cuando salió de su casa para comenzar su peregrinación especial.

Fueron a las cuadras y el caballo árabe relinchó al ver entrar a Isaac, este fue hacia él y le ofreció de nuevo la palma de su mano para que la volviera a oler.

Allí había también cuatro magníficos ejemplares cartujanos y otros tantos lapízanos, los demás eran como el primero, excelentes animales de raza árabe.

El joven le dijo que estaba preocupado por uno de los animales ya que le estaba notando un tanto decaído, había dado aviso al veterinario del pueblo, pero no iba a poder acercarse hasta el día siguiente. Fueron hasta la caballeriza en la que se encontraba el animal y, efectivamente, estaba muy apagado y su languidez hizo que nada más verle Isaac afirmara que se encontraba enfermo.

Abrió su boca para examinar la lengua del animal y se agachó para coger una muestra de sus heces, tras palpar la tripa del caballo, afirmó que había comido alguna hierba que le había sentado mal, solo tenía que hacer una limpieza de su estomago y con un medicamento que apuntó en un papel, en un par de días o tres estaría otra vez como nuevo.

El joven encargó a uno de los sirvientes que fuera hasta la ciudad para comprar lo que Isaac le había dicho y cuando regresó al cabo de una hora con la medicación Isaac comenzó a aplicarle el tratamiento.

—Puedes quedarte como mi huésped los días que lo desees —dijo el joven.

—Creo que me quedaré unos días, así podré analizar todos los animales por si alguno ha comido lo mismo y antes de que enferme tomamos las medidas necesarias.

Al joven le pareció una idea excelente, así tendría con quien conversar sobre los caballos, que eran una de sus pasiones.

Isaac, durante los cuatro días siguientes, fue analizando detenidamente a todos los animales y le dio un informe de cada uno con lo que había observado en cada animal y lo que le vendría bien que tomaran. También le cambió la composición de la alimentación de los animales, dando instrucciones concretas al responsable de las caballerizas para que su alimentación fuera más equilibrada.

Cuando al quinto día le dijo que debía continuar su camino, el joven no trató de retenerle, aunque disfrutaba mucho con su compañía, sabía que tenía que ser así, pero le dijo que cuando terminara su peregrinación, esperaba volver a verle por allí, donde sería siempre bien recibido.

Isaac abandonó el castillo del que guardaría uno de los mejores recuerdos de este camino que estaba siendo tan especial y donde la sorpresa aparecía cuando menos se esperaba.