almeida –  26de diciembre de 2016

Llevaba ya una semana en el albergue, poco a poco la ropa sucia se iba acumulando y creí conveniente que era el momento de poner una lavadora para que al final no me fuera quedando sin algunas prendas que a diario me solía poner.

            Como no entendía muy bien el funcionamiento de la lavadora, me habían dado algunas instrucciones, pero las maquinas no han sido nunca mi fuerte. La puse para que hiciera un lavado completo y cuando se estaba acercando la hora de irme a la cama, la rueda que va marcando las diferentes posiciones de lavado todavía se encontraba a la mitad, por lo que decidí ir a acostarme mientras se terminaba el lavado.

            Por la noche, antes que el sueño me venciera, fui planificando lo que haría el día siguiente para entretenerme. Tenía que ir hasta el centro de la ciudad para hacer algunas gestiones, pero antes cogería la ropa de la lavadora y la colocaría en el tendedero, de esa forma quizá cuando volviera ya estaría seca y si venían peregrinos tenían libre todo el tendedero para que pudieran extender la ropa que seguro vendría empapada por el sudor que les ocasionaría aquel caluroso día de agosto.

            Saqué toda la ropa y la fui poniendo en un cubo y cuando abrí la puerta para salir al tendedero, me encontré a una persona tumbada sobre una esterilla, enseguida me di cuenta que no se trataba de un peregrino ya que su maleta y la guitarra que llevaba no le delataba como tal.

            No sé si se asustó más él o lo hice yo, creo que ninguno esperábamos la presencia del otro, pero me imaginé que los dos nos alteramos un poco al percibir la presencia extraña del otro.

            Era Dimas, me explicó que por la noche llegó de Madrid y tenía que coger un tren que le llevaría hasta León, pero como el primero vino con retraso, no pudo llegar a tiempo de coger el segundo y se encontró en la estación sin saber lo que hacer.

            Desde hacía años había decidido dedicarse a la música y con su guitarra se ponía en cualquier calle o en una plaza y compartía su talento con los viandantes a cambio de unas monedas que éstos le daban y así tiraba para adelante. Tenía un amigo en León y el mes de agosto era propicio para dar a conocer su arte en esa ciudad y de paso sacar un dinero extra, por eso iba a la capital leonesa a pasar unos días para ver lo que el destino le deparaba durante ese tiempo.

            Al verse tirado en la estación, como sus recursos económicos eran muy limitados, solo tenía dos opciones, quedarse allí tumbado en algún banco o venir hasta el albergue para ver si le daban acogida.

            Conocía el albergue de cuando estuvo dos años antes como peregrino que pasó por él y tuvo esa acogida que se ofrece a los peregrinos, pero era ya muy tarde y como recordaba que no había un hospitalero permanente en el albergue, en lugar de llamar a la puerta, buscó el sitio más resguardado para pasar la noche lo mejor posible, además no hacía mucho frío y según él, de vez en cuando, también se agradece dormir contemplando las estrellas.

            Mientras se levantaba y recogía sus cosas le fui preparando un café y le ofrecí los baños del albergue para que se aseara. Aunque no había pasado frío, su cuerpo se encontraba destemplado y agradeció meter algo caliente en su estómago y viendo que era lo que en esos momentos necesitaba, le preparé un nuevo café que tomó con mucho gusto.

            Como contaba con unos recursos limitados y deseaba agradecer las atenciones que había tenido con él, sacó la guitarra de su estuche y nos sentamos a la puerta del albergue donde me regaló una selección del amplio repertorio que tenía, de esa forma quiso contribuir con el albergue alegrando, a su manera, esa bonita mañana del mes de agosto.