almeida –22 de marzo de 2015.

                A pesar que mi relación con los curas nunca ha sido muy buena, los recuerdos siempre establecían una serie de prejuicios y cada vez que conocía a alguien nuevo, estos venían a mi cabeza

y predominaban sobre cualquier virtud que pudieran mostrar. Desde que el camino fue una de las motivaciones que tenía cada año para sentirme libre, he conocido a algunos sacerdotes que me han hecho cambiar de opinión y ver primero a la persona olvidándome del hábito.

                Generalmente, en el camino han ido surgiendo una serie de curas jóvenes que han revitalizado la profesión y a la vez han transmitido el entusiasmo a otros curas viejos que también se comportaban como ellos, o puede ser que estos curas fueran siempre así y el contacto con numerosas personas de otras creencias les haya permitido aflorar ese espíritu y entusiasmo juvenil que siempre han tenido dentro.

                El caso, es que cuando me encuentro con algún cura joven, sé que están realizando su trabajo porque sienten que tienen que hacerlo y ponen su mayor entusiasmo en transmitir lo que llevan dentro, por eso, trato de hablar con ellos y aprender las cosas que comparten con ilusión.

                Me encontraba haciendo uno de esos caminos en los que el contacto con otros seres humanos suele agradecerse ya que son muchas las horas que se pasan en soledad y cuando ves a alguien agradeces ese contacto que te permite compartir ciertas cosas.

                Cada vez que llegaba a un pueblo, generalmente, me dirigía a la iglesia principal y si contaba con otras iglesias o alguna ermita, también procuraba visitarla ya que mientras contemplaba las obras de arte que allí se conservaban, me permitía ese descanso que después de varias horas caminando necesitaba mi cuerpo.

                En esta ocasión, el pueblo al que llegaba, contaba con una iglesia dedicada a Santiago y para un peregrino, estos templos constituyen una visita obligada ya que aunque no soy muy entusiasta de ver las tallas de los santos, las que se dedican a éste, me parecen todas diferentes.

                En la puerta de la iglesia que se encontraba abierta de par en par, había dos o tres personas afanadas en limpiar y restaurar varias cosas que habían sacado del interior. En unos días se celebraba la semana santa y había que tenerlo todo en condiciones para que los fieles pudieran disfrutar y contemplar cada uno de los objetos de culto que sacarían a procesionar en su mayor esplendor.

                Estuve a punto de sortear aquellos cachivaches y las personas que se encargaban de ponerlas a punto, pero prudentemente, decidí pedir permiso antes de adentrarme en el interior.

                -¿Puedo entrar a ver la iglesia? – le dije a uno de los trabajadores.

                -Espere a que venga el cura y le pide permiso a él – me respondió el que parecía estar a cargo de aquella labor.

                Llegué a pensar que como pasaban pocos peregrinos por aquel nuevo camino que estaba surgiendo, el sacerdote al verme se alegraría y que incluso seria él mismo quien me mostrara la iglesia y sobre todo me conduciría hasta la talla dedicada al santo peregrino que se encontraría en un lugar destacado.

                Por uno de los laterales de la iglesia, apareció un cura joven. Llegaba con otros dos trabajadores que portaban una gran alfombra y él iba dirigiendo las maniobras para indicarles dónde tenían que dejarla y cómo tenían que limpiarla.

                Al verme, se quedó mirando y antes que dijera nada, a modo de presentación le comente:

                -Buenos días, soy un peregrino que está haciendo el Camino y he visto que esta iglesia está dedicada a Santiago y me gustaría verla.

                -Ahora no puede ser, ahora estamos trabajando, venga más tarde – me respondió.

                No podía dar crédito a lo que estaba escuchando, que un sacerdote no te permitiera la entrada a la iglesia porque estaba trabajando. Pensé que debía ser el único trabajo que hacía en mucho tiempo y el resto únicamente pasaba el tiempo.

                También me di cuenta que este hombre debería estar en otra iglesia o en una ermita, pero nunca en un templo dedicado al santo de los peregrinos ya que él desconocía lo que era la peregrinación, sobre todo si pensaba que disponemos del tiempo que deseemos y podemos regresar cuando él quiera.

                Ese día, el concepto que tenia de los curas jóvenes me hizo variar mi criterio, al menos desde entonces, establecería dos categorías y en una de ellas metería a curas como éste que no solo no están haciendo la labor para la que están en la sociedad, más bien hacen que algunas personas lleguen a cuestionarse si realmente están capacitados para lo que están haciendo ya que cercenan la poca fe que hay en la sociedad hacia lo que ellos tratan de inculcarnos.

                Me di la media vuelta y dejé a aquel cura trabajando como él decía, mientras pensaba que este sería con el paso del tiempo uno de esos sacerdotes que nos van haciendo que nos alejemos de lo que pregonan, ya que nos echan de esa casa que es de todos y en este caso estoy convencido que es más de los peregrinos que llegan hasta ella con un poco de fe, que de él, aunque sea el encargarlo de gestionarla, porque con su comportamiento se llega a perder ese fino hilo que a algunos nos empuja a entrar en estos lugares.