almeida – 26de septiembre de 2014.

Frecuentemente suelo asegurar que el mejor recuerdo que se queda en el albergue cuando los peregrinos se marchan, es su presencia, porque un albergue sin peregrinos no es nada, ellos son los que dan algún sentido a estas cuatro paredes.

Pero siempre hay algún peregrino que desea dejar algo personal en el albergue y en unas ocasiones piden permiso para hacerlo y otras, dejan sin más su recuerdo para que quede para siempre en donde se han encontrado a gusto.

De esa forma, voy creando un pequeño Santuario en el que las estampas de vírgenes y santos se mezclan con dibujos, pins y alguna foto que van enriqueciendo este rincón del albergue.

Resulta muy curioso que los peregrinos que cada día pasan por el albergue, durante el tiempo que están en el, son peregrinos, solo peregrinos y la conversación gira en todo momento en torno al camino.

De vez en cuando, alguno recuerda lo que hace el resto del año cuando habla de su otra vida, la diaria, esa a la que han de volver cuando termine su camino y entonces a alguno se le escapa la labor en la que cada día emplea la mayor parte de su tiempo.

Pero suele ser algo momentáneo, porque como peregrinos, todos nos comprendemos y hablamos el mismo idioma y además, es de lo que deseamos hablar porque es en el camino donde no nos sentimos nunca incomprendidos como ocurre frecuentemente cuando hablamos de nuestro sentimiento peregrino.

Me gusta recibir a los peregrinos con música en el interior del albergue. Unas veces es una balada de los años sesenta, en otras el movimiento de alguna sinfonía o un concierto de los grandes y generalmente suelo despertarles a la mañana siguiente con una selección de arias de las operas más conocidas.

Cuando llegaron los tres italianos, el bel canto estaba inundando el albergue y uno de ellos sonrió mientras accedía al interior. Imaginé que era respondiendo a la sonrisa con la que le había recibido.

Mientras se iban refrescando con agua fría, les fui contando como iban a pasar las horas que estuvieran allí, lo que podían hacer y las cosas conjuntas que se hacían con los peregrinos como la cena o el desayuno.

El peregrino que entró sonriendo, apenas borró de sus labios aquella sonrisa, pero daba la sensación que su mirada se encontraba perdida, por unos momentos hasta llegué a pensar que había ingerido alguna sustancia que le mantenía en aquel estado tan placentero en el que se encontraba. De repente se movió y dijo en voz alta para que todos le oyéramos:

-¡Norma!

-Prefiero – le respondí – que en el albergue en lugar de normas se emplee el sentido común que siempre da mejor resultado.

-¡Bela Norma, belo Bellini! – seguía diciendo el peregrino.

Entonces me di cuenta que lo que sonaba por los altavoces era una de las arias de la opera de Vicenio Bellini que la Callas interpretaba como los ángeles.

El peregrino no deseaba moverse de la silla, se encontraba en ese estado de felicidad de quien hace algo largo tiempo deseado y disfruta mientras lo realiza.

Al darse cuenta de mi extrañeza, uno de sus compañeros, me comentó que el peregrino era un apasionado de la música y su profesión era director de orquesta. Entonces me di cuenta de lo que le estaba ocurriendo ya que desde que había comenzado su camino en Sevilla, en pocas ocasiones había podido disfrutar de su otra pasión como lo estaba haciendo en aquellos momentos.

Ese día toda la música que sonó en el albergue fueron composiciones de los clásicos que el peregrino reconocía al instante e iba diciendo en voz alta el compositor que había creado aquellas hermosas obras; Bach, Mozart, Vivaldi, Haendel y así toda la variedad de obras que había seleccionado en aquel DVD.

Según me dijo el peregrino cuando se hubo repuesto de la emoción, su compositor preferido era Beethoven y en varios lugares del mundo había tenido la oportunidad de dirigir a los maestros de varias orquestas sinfónicas interpretando algunas de las más representativas obras del genio de Viena.

Resultó muy agradable su compañía y sobre todo observar como de vez en cuando movía las manos como si estuviera dirigiendo una imaginaria orquesta que había en el albergue.

Antes de marchar me pidió la dirección del albergue para enviar alguna de sus interpretaciones que deseaba que otros peregrinos disfrutaran escuchándolas y se deleitaran con esa música como a el le había ocurrido.

Cuando todos los peregrinos se marcharon a recorrer una nueva jornada, como hacía cada día, fui en primer lugar a ver los mensajes que habían dejado los peregrinos y en el libro impreso su recuerdo, se trataba de unas notas de la quinta sinfonía de Beethoven, esa que tanto le apasionaba interpretar y que esa mañana sonó en el albergue de una forma muy especial.