almeida – 26 de abril de 2016.

dosperegrinos

            Rocío era una joven muy alegre a la que le gustaba disfrutar plenamente de su juventud. Durante la semana se esforzaba para sacar adelante sus estudios,

pero cuando llegaba el viernes por la tarde ya no volvía a su casa hasta el domingo por la noche, iba de fiesta en fiesta y cuando se encontraba agotada descansaba en el primer lugar que le daban acogida.

            El año había resultado muy duro para ella, por lo que cuando le dieron las vacaciones, pensó no volver a coger un libro hasta que comenzara el próximo curso, disfrutaría despejando su mente y sobre todo no haciendo nada, quería y necesitaba descansar, por lo que la primera semana la pasó en el sofá de su casa escuchando música y viendo la televisión.

            Tenía previsto ir un mes a una casita que su amiga Anabel poseía junto a la playa en un pueblecito de la costa mediterránea, pero Anabel se había roto una pierna y tuvo que resignarse a ver alterados los planes que habían hecho juntas.

            Mientras veía la televisión, pusieron un documental en el que salían jóvenes como ella, iban cargadas con sus mochilas y caminaban todo el día, aquello la resultaba muy aburrido y sobre todo muy cansado, pero cuando escuchó lo que las jóvenes decían de la experiencia que estaban realizando, todos hablaban cosas maravillosas, aquella aventura las estaba haciendo ver el mundo de otra forma y sobre todo valorar las cosas como no lo habían hecho antes. Además, la convivencia que estaban teniendo con personas de otras lenguas y de otras culturas, estaba resultando muy enriquecedora para ellos.

            Un halo especial parecía resaltar la silueta de cada uno de los entrevistados, pero sobre todo lo que llamó su atención fue el brillo de la mirada que la joven vio en cada uno de ellos. Algo le decía que aquello que estaban contando era una experiencia que merecía la pena conocerla y como no tenía nada que hacer quiso sentir esa sensación que los peregrinos estaban contando.

            Buscó información sobre el camino y cuando vio que debía recorrer caminando casi ochocientos kilómetros, le pareció una tarea imposible para ella, pero no se desanimó, se iría hasta Burgos y caminaría hasta que se cansara, no perdería nada por intentarlo y siempre tenía un medio de transporte que la devolvería a su hogar.

            Cuando empezó a caminar, muy pronto comenzó a arrepentirse de la decisión que había tomado, aquello resultaba muy incómodo y sobre todo cansado. Pero enseguida comenzó a relacionarse con las personas que caminaban a su lado, a éstas no las importaba detenerse para ayudarla y cuando se reunían en cualquier lugar de la etapa solían compartirlo todo.

            La fatiga comenzó a desaparecer, ahora sus pies se habían acostumbrado a las exigencias que cada día la etapa imponía a los peregrinos y fue adaptándose al ritmo de los demás, estaba muy a gusto y se fue olvidando de las adversidades iniciales para ir contemplando todo lo que el camino le estaba ofreciendo. Los paisajes, los monumentos, los instantes mágicos y sobre todo la gente con la que cada día se encontraba, le estaba pareciendo todo tan maravilloso que creía que se encontraba en un sueño del que no quería despertarse.

            Un día cuando se estaba lavando la cara se miró al espejo y observó que sus ojos comenzaban a brillar de la misma forma que lo hacían los de las personas que había visto en el documental y también como brillaban los de quienes se encontraban a su lado, entonces pensó que ese camino tenía algo de mágico y ella estaba sintiendo esa magia que desprendía.

            Ya no deseaba volver a su casa, solo quería saber qué era lo que sentiría al llegar al final y cada día se encontraba más animada y aprendió a dejar su mente en blanco para que fuera percibiendo todo lo que el camino le estaba ofreciendo. Quería recordar cada uno de los instantes que estaba pasando allí porque era algo que no había experimentado nunca y la hacía enormemente feliz.

            Cuando llegó al final de su camino, sintió como se le encogía el corazón, lo había conseguido y abrazada al resto de los amigos que habían ido haciendo a lo largo de la ruta lloró. Eran lágrimas de alegría por muchas emociones, pero sobre todo porque aquello se había terminado y tendría que separarse de las personas que en los últimos días tanto habían significado para ella.

            Mientras viajaba en el autobús, pensó que el fin de algo, siempre es el comienzo de una cosa nueva y ahora que conocía la existencia de este camino maravilloso podría volver a él siempre que lo deseara. Cualquier fin de semana, cualquier puente o unas vacaciones serían el momento ideal para volver a sentir todas las sensaciones que había tenido.

            Fue a visitar a Anabel que se encontraba aún con la pierna escayolada y le fue contando todas las cosas que había vivido las últimas tres semanas, lo hacía con tanto énfasis que a su amiga unas veces le parecían maravillosas y en otras ocasiones la resultaban increíbles, pero solo al observar los ojos de su amiga, sabía que había algo especial en él.

            Durante el curso, casi siempre que estaban juntas Rocío seguía hablándole del camino, era tanto el ímpetu con el que lo hacía que a su amiga no le quedó más remedio que prometerle que en la siguiente ocasión que fuera al camino irían las dos juntas y disfrutarían de todo lo que le estaba contando.

            En semana santa, disponían de casi quince días de vacaciones, se irían hasta Roncesvalles y caminarían hasta que se fueran agotando los días que tenían libres, era un plan perfecto ya que Rocío podría conocer esa parte del camino que desconocía y lo haría con su mejor amiga por lo que resultaría aún más especial que la primera vez.

            Anabel cuando vio que tenía que dormir en una gran sala llena de personas que ella desconocía, le propuso a Rocío ir a un hostal, pero ésta la convenció que lo mejor era hacerlo en un albergue ya que allí se encontraba ese espíritu que los peregrinos iban dejando a su paso y a regañadientes la amiga hizo lo que Rocío proponía.

            Cuando comenzaron a caminar y llevaban recorridos doce kilómetros, Anabel dijo que no podía dar un paso más y que lo mejor era que cogieran un autobús hasta Zubiri que era donde tenían pensado pararse. A Rocío tampoco le pareció bien pero por no dejar sola a su amiga se fue con ella y cuando llegó hasta el albergue sintió que había profanado algo ya que no se encontraba cómoda ni a gusto. Pamplona se encontraba en fiestas y Anabel quería disfrutar de ellas y a pesar de la negativa de Rocío a acompañarla ella se marchó sola y regresó cuando todos se encontraban durmiendo. Tuvo que levantarse el hospitalero a abrir la puerta ante la insistencia de la joven.

            Coincidieron con un grupo de personas de su misma edad y caminaron con ellas, pero Anabel no se adaptaba a compartir las cosas que llevaba para su cena ya que no le gustaba lo que comían los demás y algunos días cuando Rocío bajaba al comedor la encontraba cenando sin esperar al resto del grupo.

            En una ocasión decidieron apartarse unos kilómetros del camino para ver una iglesia que era única en su estilo pero Anabel no deseaba verla y siguió caminando, les esperaría a todos en el siguiente albergue donde se iban a parar ese día.

            Este camino no estaba resultando como las dos esperaban, Anabel no encontraba esa magia de la que tanto le habló su amiga, ni ésta había podido conseguir en ningún momento que sus ojos brillaran como la vez anterior. Se estaba gestando algo que tarde o temprano acabaría por salir ya que las dos incubaban un resentimiento como no lo habían tenido nunca.

            -Pues vaya mierda de aventura – dijo un día Anabel.

            -La aventura y el camino, no son ninguna mierda – respondió Rocío – somos los que caminamos sobre él los que vamos dejando aflorar el resquemor y la amargura que llevamos.

            -¿Qué quieres decir? – preguntó Anabel.

            -Quiero decir que desde que hemos salido estás siendo muy impertinente y en ningún momento has tratado de adaptarte a los demás y de esa forma nunca podas sentir lo que el camino puede ofrecerte y lo que aún es peor, estás consiguiendo que yo tampoco pueda sentirlo.

            -Pues si estorbo en tus planes, igual lo mejor es que te deje sola y me vaya.

            -Creo que sí, es lo mejor que puedes hacer, porque estás consiguiendo que tu presencia llegue a resultarme incomoda porque todo te parece mal y no haces nada más que destacar en el grupo.

            Ese día Anabel tomó un autobús de regreso a su casa y dejó a su amiga sola, en su camino.

            Rocío supo que había perdido a una amiga, aunque iba a ganar nuevos amigos, todos con los que se encontraba caminando. había sido una decepción la idea de haberse hecho acompañar por su mejor amiga, la convivencia y el roce diario a veces hace surgir un conocimiento que nunca tuvimos de otra persona a la que conocíamos en unos ambientes muy diferentes y con la que disfrutábamos mientras estábamos en su ambiente.

            A partir de ese día, Rocío volvió muchas veces al camino, pero siempre lo hizo sola, en numerosas ocasiones alguien le propuso acompañarla, pero ella rechazó el ofrecimiento, porque quería mantener la amistad de aquella persona y sobre todo deseaba disfrutar por completo del camino e ir enriqueciendo el círculo de amistades que crecían cada vez que caminaba sobre él.