almeida – 28 de mayo de 2015.

mochilas

                Me encontraba en uno de esos albergues en los que la magia del camino se respira por todos los lados, es un poso que han ido dejando los peregrinos que se conserva de forma inalterable y va incrementándose con el paso de nuevos peregrinos.

                El viejo hospitalero había tenido que ausentarse unos días, ya su edad recomendaba que de vez en cuando hiciera estos descansos tan necesarios para cambiar un poco el stress diario que llega a producir no solo la afluencia de peregrinos sino también los problemas que estos llevan encima.

                Como solía ocurrirme cada vez que me encontraba en aquel lugar, mientras estaba haciendo la limpieza, me encontraba muy alegre, estaba canturrajeando o quizá silbando alguna canción, hasta que el estridente sonido de un claxon alteró la monotonía de aquel lugar.

                Recuperado del molesto e inoportuno sonido, continué con mis quehaceres, no esperaba a nadie y los que vinieran eran conocedores de la paz que había en aquel lugar por lo que imagine que sería para otra persona a la que estaba dirigido aquel bocinazo.

                Enfrascado de nuevo en mis labores, otra vez el chirriante sonido, pero en esta ocasión todavía más intenso y más prolongado volvió a molestar en exceso mis tímpanos, por lo que no tuve más remedio que dejar lo que estaba haciendo y asomarme por una de las ventanas del piso superior.

                En la calle, a la puerta del albergue, había aparcada una furgoneta, como miraba desde lo alto, no pude ver la rotulación que llevaba, pero enseguida me percaté a la empresa que pertenecía, al ver como un operario uniformado sacaba cuatro mochilas del interior.

                -¿Qué quieres? – le dije desde lo alto.

                -¿Dónde puedo dejar estas mochilas? – preguntó el operario.

                -De la puerta para fuera, en lo que es espacio público donde quieras, porque yo no me hago responsable de ellas.

                -Bueno, – dijo él – aquí las dejo.

                Pues ahí seguirán – pensé yo – hasta que vengan a recogerlas, porque mientras no estorben yo, ni las toco.

Aunque entre las indicaciones que el viejo me había dado, no hablamos en ningún momento de esas mochilas con ruedas que algunos “peregrinos”, en lugar de ir cargados con ellas, las envían por servicios especiales que afloran en el camino y cada vez proliferan más, creo que el viejo estaría de acuerdo conmigo en no hacerse cargo de estos envíos, pero ahora, como yo era el que mandaba en el albergue, mi decisión estaba tomada y mientras estuviera en aquel lugar, no me haría cargo de ninguna mochila que no fuera sobre las espaldas de un peregrino.

                El día comenzó a enrarecerse, por alguna experiencia anterior, sé que estas personas que actúan de esta forma al final son problemáticas, (que si no me ha llegado la mochila, que si la han dejado en otro sitio, que estés pendiente que la cojan a las nueve, que….), aunque no te responsabilices de esos endiablados envíos, siempre acaban por afectarte de una u otra forma.

                Parece que las personas que emplean estos comportamientos, llevan un letrero que les identifica enseguida, se les ve antes de llegar y en esta ocasión no fue menos ya que cuando vi al grupo de cuatro, dos hombre y dos mujeres que acababan de superar los cincuenta, supe enseguida que eran ellos.

                -¿Llegaron ya nuestras mochilas? – dijo el que parecía llevar la voz cantante.

                -¡Buenas tardes!, respondí entonando suavemente cada una de las silabas para que se escuchara a la perfección – aquí llegan peregrinos, no llegan mochilas.

                -Nosotros las enviamos con el transportista – insistió el que hablaba en nombre del grupo.

                -Como le he dicho, nos hacemos cargo de los peregrinos que llegan y si vienen muy cansados les subimos al cuarto las mochilas, pero hasta el momento, a mochilas no las recibimos si vienen solas.

                -¡Aquí están! – dijo una de las mujeres que las vio en el exterior del albergue.

                Tuve la sensación que todos sintieron cierto alivio al ver que sus cosas estaban allí, ahora podrían ponerse ropa limpia, aunque tampoco los veía ni muy sudados ni tampoco muy cansados.

                Me preguntaron si yo era el viejo hospitalero, porque venían recomendados por un albergue anterior que les había hablado del sitio y de la persona que estaba a cargo habitualmente del albergue.

                -Pues en estos momentos no se encuentra aquí, está descansando- les dije.

                -Qué pena – me respondió – nos hubiera gustado conocerle porque nos habían dado muy buenas referencias de él y no queríamos dejar pasar la oportunidad de saludarle.

                -Pueden regresar dentro de diez días y entonces le podrán saludar, he visto que hacen el camino de una forma bastante cómoda por lo que no les resultara difícil hacerlo.

                -Ya sabes, la edad no perdona – me respondió tratando de justificarse.

                En ese momento, entro por la puerta un viejo peregrino de más de setenta años y me levanté para darle una efusiva bienvenida y ayudarle a desprenderse de su mochila, haciendo que mí gesto resultara ostensible para todos, aunque era lo habitual con cada peregrino que llegaba.

                Les acomodé a todos explicándoles las normas que regían en aquel lugar y diciéndoles todas las cosas que se hacían de forma voluntaria, pero les animaba a participar en todo.

                Cuando se hubieron aseado, el que llevaba la voz cantante, bajó hasta el cuarto en el que se recibía a los peregrinos y me estuvo contando mil historias sobre lo buenos peregrinos que eran ya que en su país además de pertenecer a una asociación de peregrinos, se encargaban algunos días al año de ejercer como hospitaleros atendiendo un lugar en el que se recibía a los peregrinos.

                Imagino que se había dado cuenta que no habían entrado con buen pie y trataba de suavizar un poco las cosas, pero en esos momentos me encontraba muy ocupado atendiendo las diferentes peticiones que los peregrinos me estaban haciendo y me excusé diciéndole que el peregrino en esos momentos era la prioridad y no podía perder el tiempo en otras cosas menos transcendentes.

                Una de las costumbres que había en el albergue, era entre todos los peregrinos colaborar en la elaboración de la cena comunitaria que se les ofrecía y como no había trabajo para todos, los que no participaban en esta actividad, se encargaban una vez que finalizara la cena de recoger la mesa y dejar todo lo que se había utilizado en perfectas condiciones para el día siguiente.

                No suelo prestar atención a los que se ofrecen para estos menesteres, nada más llegar se les advierte que es algo voluntario y participan los que desean hacerlo y en ningún momento me preocupo de quienes lo hacen, pero en esta ocasión sí estuve pendiente de si los buenos peregrinos, como él me aseguraba que eran daban muestras de su voluntad en colaborar con los demás y como esperaba, no cogieron ni un plato, se limitaron a que les sirvieran como si se encontraran en cualquier restaurante del camino.

                Pero esto era algo a lo que ya estaba acostumbrado, por lo que no me preocupó ni un solo ápice ni me extrañó lo más mínimo, era lo que esperaba del comportamiento de estas personas.

                El problema, como suele ocurrir en estos casos, vino a la mañana siguiente, bueno mejor dicho fue a última hora de la noche cuando se pusieron en contacto con el servicio de recogida de mochilas para que las suyas hicieran de nuevo la etapa sobre ruedas.

                -Señor – me dice el que siempre hablaba en nombre del grupo – me dice el transportista que pasará entre las nueve y las diez para recoger las mochilas, que si le viene bien.

                -Ni bien ni mal – le respondí – a las ocho, cuando se van los peregrinos, se cierra la puerta del albergue para hacer la limpieza o para ir a hacer las compras de las cosas que se necesitan para los peregrinos, o sea que usted vera.

                -¿Entonces qué hacemos? – dijo él con un gesto de preocupación.

                -Muy sencillo- le dije – si les han dicho que pasarán entre las nueve y las diez, que seguramente serán las once, lo que hacen es a las ocho, con los demás peregrinos salen del albergue y esperan la llegada del transportista y como va a venir más tarde de lo que dice, ya pueden ir con él y de esa forma se evitan la etapa.

                -¿Y no podría usted…?

                -¡No! Respondí sin dejar que terminara la frase.

                Me parece que aquellas palabras no fueron del agrado del supuesto peregrino y tampoco di opción a que continuara la conversación.

                Por la mañana, cuando a las ocho salió el último peregrino, en lugar de hacer la limpieza, salí en dirección a otro pueblo para descansar un rato de lo que esperaba que fueran más peticiones y de paso aprovecharía para comprar algunas cosas necesarias.

                Allí se quedaron a la puerta los cuatro supuestos peregrinos con sus mochilas y cuando regrese después de dos horas ausente, los peregrinos ya no se encontraban allí, solo están en el mismo lugar que las habían dejado el día anterior sus mochilas.

                Me acordé de esas sabias palabras que en algunas ocasiones escuchaba en labios de mi madre “Dime de que presumes y te diré de lo que careces”.