almeida – 20 de mayo de 2014.

Peter se encontraba a punto de explotar, tenía un trabajo muy estresante en uno de los bancos de su país, la última reunión del consejo de administración fue bastante complicada ya que las fluctuaciones de la bolsa habían ocasionado importantes pérdidas a la entidad de la que era uno de los principales accionistas.

La tensión acumulada durante los últimos días no presagiaba nada bueno y así se lo confirmó su médico cuando le pidió consejo.

—Si no bajas el ritmo de tu trabajo tus arterias no soportaran la presión a las que las estas sometiendo —dijo su amigo Michael —que cuidaba de su salud desde hacía muchos años.

—Tan grave me ves —dijo Peter.

—El electro no oculta la realidad, has tenido un amago de infarto y si no descansas unos días, puedes imaginarte lo que te va a ocurrir.

Las palabras de su médico, a las que ya estaba acostumbrado, en esta ocasión si hicieron mella en el ánimo de Peter, una fuerte punzada en su costado fue lo que le alarmó después de la última reunión del consejo.

Decidió seguir la recomendación que Michael le había hecho, además llevaba tiempo planificando dedicarse una semana solo para él, durante la que se olvidaría de la marcha de los mercados financieros.

Una amiga de la infancia le había hablado de un camino que resultaba mágico, durante los días que se encontraba caminando contaba con suficiente tiempo para reflexionar y, no solo eso, parecía que le hacía valorar las cosas de otra forma y al final del mismo se encontraba como si fuera una nueva persona. Además, le aseguró que si lo recorría, vería las cosas de una forma diferente a como las observaba hasta entonces. A ella le había ocurrido y Peter conocía a su amiga lo suficiente para saber que lo que esta le contaba era verdad.

Había ido recopilando información de ese camino y pensó que sería el momento de comprobar lo que Marie le había dicho y en caso que no fuera así, no perdería nada ya que al menos probaría una forma diferente de disfrutar de su tiempo libre, alejado de las personas y los selectos lugares donde normalmente disfrutaba de los escasos días que tenía libres.

El piloto de su pequeño avión privado se sorprendió del destino al que tenía que llevar a Peter, era la primera vez que viajaban a Pamplona y también se extrañó al ver la indumentaria que su jefe llevaba. Siempre le veía con selectos trajes hechos a medida y por primera vez lo vio con una vestimenta más informal y en lugar de su maletín en esta ocasión le pidió que le llevara una mochila.

Cuando llegaron al aeropuerto de Noain, Peter le dijo al piloto que no necesitaría sus servicios en toda la semana, si no recibía ninguna llamada indicándole lo contrario, debía recogerle dentro de siete días en el pequeño aeropuerto de Burgos.

Un taxi le llevó hasta la plaza principal de la ciudad por donde el taxista le indicó que pasaba el Camino. Nada más bajar del taxi ya comenzó a ver las primeras flechas amarillas que marcaban el camino que debía seguir, también comenzó a ver a los primeros grupos de peregrinos que como él, se disponían a cruzar las calles de la ciudad, para que en el horizonte no se viera nada más que la naturaleza que tenían por delante.

Antes de salir de la ciudad, sin darse cuenta, se encontraba caminando al lado de un grupo de peregrinos, no se atrevía a decirles nada, únicamente observaba sus rostros, se les veía tan felices que quiso también sentir esa sensación y decidió seguir con ellos para ver lo que hacían y de esa forma poder tener la misma expresión que veía en sus caras.

Jamás pensó que resultara tan gratificante caminar sin pensar en nada más que ir acercándose al horizonte. Las dificultades orográficas que fueron encontrando no supusieron el menor problema para Peter, él estaba acostumbrado al ejercicio físico ya que procuraba al menos dos o tres horas cada día practicar diferentes deportes, sin tener que salir de la mansión en la que residía porque había instalado todo lo necesario para dedicar los minutos libres de cada jornada a mantenerse en perfecta forma física.

Cuando llegaron al final de la jornada, el grupo con el que estaba caminando se dirigió hasta un albergue donde en grandes salas los peregrinos descansaban sobre literas. Peter, que conocía estos lugares por la información que Marie le había dado, a pesar de lo bien que su amiga le había hablado de estos sitios, decidió irse hasta un hotel donde poder descansar solo en una habitación. Desde que se independizó, siempre había dormido solo y sabía que no iba a poder descansar en aquellos albergues donde lo hacían los peregrinos y tampoco creía poder habituarse a las duchas comunes que encontraría en estos lugares, ese era un tributo que no deseaba pagar y pensó que tampoco era necesario hacerlo.

A la mañana siguiente coincidió con otros peregrinos con los que fue caminando los primeros kilómetros y a lo largo de la nueva jornada se fue encontrando con algunas de las personas con las que había caminado el día anterior, ahora se encontraban con otros grupos, pero se les veía con la misma ilusión con las que les vio la primera vez.

También él comenzó a experimentar algunos cambios, ya no venían a su mente con la rapidez que antes lo hacían los problemas diarios a los que tenía que enfrentarse en su trabajo, su mente estaba despejada y le daba la impresión que también la expresión de su cara estaba cambiando, como la de los peregrinos que iban andando en su misma dirección.

Cuando se quedaba caminando solo, su mente se ocupaba en pensar, pero lo iba haciendo de las cosas que se había encontrado o se imaginaba lo que iba a ver más adelante. Daba la impresión que se encontraba en otro lugar o en otra época donde los valores habían cambiado, lo material estaba comenzando a ser algo superfluo y predominaban otros valores como compartir, la tranquilidad y la generosidad.

Aunque cuando hacía amistad con algunos peregrinos con los que había estado caminando gran parte de la jornada, al llegar al destino se separaban y él se dirigía al hotel que le recomendaran, aunque luego solían quedar para cenar juntos y en alguna ocasión que los peregrinos iban a hacer su cena en la cocina del albergue, Peter les acompañó, aunque luego regresaba al hotel.

Estos momentos en los que compartían la cena le parecieron especialmente gratos y disfrutó mucho en estos encuentros y aunque le animaban a que también se quedara con ellos en el albergue, él no accedió a hacerlo ya que no deseaba que se rompiera la magia que estaba sintiendo y estaba seguro que si pasaba alguna noche allí acabaría por producirse.

Cuando en la población que se detenían había algún establecimiento religioso que ofreciera alojamiento en habitaciones individuales, Peter procuraba ir a estos lugares, así la frialdad del hotel se perdía y sentía un poco más el Camino que estaba recorriendo.

La primera experiencia en estos sitios fue en un Monasterio. Como gran parte del mismo se encontraba vació porque eran muy pocos los monjes que lo habitaban, se había acondicionado para que los turistas pudieran disfrutar de estos lugares y a la vez contribuyeran económicamente al mantenimiento de los mismos. Allí Peter sintió esa noche una sensación especial, se encontraba en el Camino y estaba descansando en un lugar donde posiblemente antes lo hicieron otros caminantes y además con la intimidad que él deseaba.

Así fueron transcurriendo los días casi sin darse cuenta, a veces solo pensaba que los días se estaban terminando, aunque también podía alargarlos un poco más, no tenía que dar cuentas a nadie y se merecía de sobra los días que cogía libres para estar lejos de su trabajo que le estaba ocasionando demasiados problemas y era el causante de que él se encontrara allí.

Ese día, cuando terminó la etapa, le dijeron que en el pueblo había un convento de monjas que tenía habitaciones para los turistas y también para los peregrinos con los que tenían un trato especial por lo que no se lo pensó y se dirigió hasta él.

En la recepción había una monja que apenas tenía expresión en su cara, —que diferente a las personas con las que caminaba todo el día —pensó Peter.

—Buenas tardes —dijo la monja al verle llegar —¿Es usted peregrino?

—Sí —afirmó Peter – estoy haciendo el Camino de Santiago.

—Son treinta euros la habitación —dijo la monja mientras cogía la credencial para estampar en ella el sello del convento.

Según ponía el sello en la credencial, se fue fijando en los que había puestos y al ver varios de hoteles en lugar de los habituales de los albergues que llevaban los demás peregrinos, la monja pregunto a Peter:

—¿Está usted haciendo el camino por motivos religiosos o de fe?

—No precisamente —dijo Peter —he venido al Camino para descansar y tratar de encontrar esa tranquilidad que no tengo en otros sitios.

—Entonces, si no esta haciendo el Camino por motivos religiosos son diez euros más.

Peter creyó no haber entendido y abriendo los ojos mostrando su extrañeza, ingenuamente preguntó:

—¿Cómo dice usted?

—Que si no va haciendo la peregrinación por motivos religiosos o por motivos de fe son diez euros más— dijo sin inmutarse la monja.

—Pero soy peregrino, estoy haciendo el Camino como los demás —murmuró Peter.

-Son las normas, no las he puesto yo, solo me limito a cumplirlas – respondió esta sin apenas mover un solo músculo.

—Pues sabe lo que le digo, que si antes creía poco en lo que ustedes predican, lo que me acaba de decir hace que ahora ya no crea nada —manifestó Peter algo indignado.

Se acababa de romper la magia que estaba encontrando en ese camino, pensaba que de allí había desaparecido todo aquello material, pero en ese momento se dio cuenta que don dinero se impone hasta en aquellos lugares en los que los valores deben ser de otra forma, pero siempre hay alguien que se encarga de hacernos ver que hasta lo más fresco y puro puede llegar a corromperse y hasta pudrirse.

Peter salió de nuevo a la calle y detuvo al primer taxi que vio para que le llevara hasta Burgos, mientras llamaba a su piloto para que fuera a recogerlo cuanto antes, sabía que ya no podría volver a disfrutar caminando como la había hecho los días anteriores.