almeida – de mayo de 2016.

bordon

            Me encontraba en uno de mis primeros días como hospitalero en el albergue. Por primera vez estaba en los primeros días de la ruta que comienzan los peregrinos, por lo que aún tenían esa inocencia de aquellos que comienzan algo nuevo y para quienes resulta aún todo muy novedoso.

            Los tres primeros días en el albergue fueron los de mayor saturación ya que coincidían con los primeros días del mes que es cuando la avalancha de los que comenzaban finalizaba en el lugar en el que yo me encontraba.

            Cuando me dispuse a abrir el albergue, la fila de mochilas que esperaban el turno de entrada era ya muy larga, subía por la rampa para los minusválidos que daba acceso al antiguo edificio en el que se había ubicado provisionalmente el albergue.

            Para no hacer esperar a los peregrinos, ya que el calor era muy fuerte, les reuní a todos y les fui explicando las normas del albergue. Busqué entre los peregrinos a uno que tuviera conocimiento de inglés para que fuera traduciendo mis palabras a los que no comprendían nuestro idioma.

            Recogí las credenciales para que no tuvieran que esperar mientras ponía sus datos en el libro de registro y en menos de cinco minutos la larga cola se disolvió y cada peregrino fue ocupando la cama en la que iban a dormir. Dejaron sus cosas para ducharse antes de descansar y recuperar las fuerzas que habían ido dejando en la exigente etapa que acababan de finalizar.

            Mientras me encontraba con la burocracia que el hospitalero debe realizar pasando todos los datos de la credencial al libro de registro de los peregrinos, fueron pasando por la mesa en la que me encontraba varios peregrinos que iban haciendo esas preguntas habituales de los que llegan por primera vez a un lugar y todo es nuevo o desconocido para ellos:

            -¿Por dónde podemos ir a la playa?

            -¿Qué sitio nos recomiendas para comer?

            -¿Hay papel?, se ha terminado en uno de los baños

            -¿Dónde puedo tomarme una cerveza muy fría?

            -¿Por dónde va el camino mañana?

            -¿Dónde hay una tienda para comprar?

            -¿Tienen alguna manta?

            Así se iban sucediendo una tras otra las preguntas que me iban haciendo los que habían llegado y trataba de ir respondiendo a todas, hasta que se acercó Ramón a la mesa en la que me encontraba.

            -Verás – comenzó a decir Ramón – he comenzado ayer el camino y como era fin de semana y las tiendas estaban cerradas, no he podido comprar un bordón, quería que tú me dijeras donde puedo comprar uno.

            Me quede mirándolo, era muy joven y me dio la impresión que era la primera vez que hacía el camino.

            -¿Qué quieres comprar qué? – pregunté.

            -Un bordón, un palo para ir apoyándome según camino – dijo Ramón.

            -Sí, ya sé lo que es un bordón, pero no es ningún palo – le dije – será tu compañero durante todo el camino, va a ser con quien más tiempo pases y en los momentos más difíciles, que los habrá, será en él en quien te apoyes, no solo físicamente, también le contarás tus penas, porque al final el bordón acaba teniendo alma y eso no se puede comprar, tienes que conseguirlo tú mismo.

            -Y entonces, ¿qué hago, como lo conseguiré? – preguntó.

            -Tú sigue caminando – le dije – y si tienes que llevar un bordón, seguro que lo encontrarás por el camino o quizá será el quien te encuentre a ti.

            -Así lo haré – me dijo – si ocurre, te prometo que te enviaré un correo electrónico y te lo haré saber.

            Cuando terminé mi estancia como hospitalero, fueron muchos los peregrinos que acogí en el albergue y aunque de una parte de ellos seguía acordándome por las fotos y por otros detalles, poco a poco se fueron olvidando y la memoria fue seleccionando a algunos de los que siempre se tiene un recuerdo especial. Ramón fue uno de esos que se quedó almacenado en el recuerdo más remoto de la memoria. Un día recibí un correo electrónico que decía en el título del mensaje; “Encontré mi bordón”. Era de Ramón que cumpliendo su promesa me contó la historia de cómo había encontrado a ese inseparable compañero que tuvo en su camino.

            Me contaba que dos días después de haber estado en el albergue, cuando se encontraba caminando muy cerca de la mar, había tenido un repecho bastante pronunciado y luego debía afrontar una bajada con un desnivel importante.

            Se apartó del camino para contemplar desde lo alto de unos acantilados la mar, aunque se encontraba en calma, se percibía la bravura de sus aguas por el balanceo que producían en un pequeño pesquero que se encaminaba al puerto.

            Decidió sentarse un rato para descansar y observar las maniobras que hacía la embarcación y mientras lo contemplaba, involuntariamente sus ojos se posaron en un palo que había a unos metros de donde se encontraba sobresaliendo entre unos arbustos.

            Fue a cogerlo y el primer impulso que tuvo fue dejarlo donde estaba, pero había algo que se lo impedía, lo cogió y al tenerlo en sus manos sintió que había pertenecido a otra persona y lo habían dejado allí para él, por lo que lo tomó entre sus manos.

            Se trataba de un palo irregular de poco más de metro y medio, no era del todo recto y tenía un nudo en la parte superior. A cuarenta o cincuenta centímetros de su parte inferior, estaba ligeramente torcido, había una serie de cosas que lo hacían diferente y Ramón enseguida comprendió que ese era su bordón, no sabía cómo explicármelo, pero lo reconoció al instante y yo comprendí lo que sintió aunque él no supiera cómo decirlo.

            Con su nuevo compañero comenzó de nuevo a caminar y en el fuerte descenso fue una ayuda muy importante para el peregrino, porque sin él, seguro que hubiera dado más de un traspiés.

            Ahora cuando salía de los albergues, lo hacía siempre acompañado, iba con su nuevo compañero y como yo le vaticiné, fue su fiel apoyo el resto del camino, le impulsaba en las subidas y se encargaba de ir frenando su cuerpo en los descensos y cuando se encontraba solo, hubo ocasiones en las que incluso llegó a hablar con él.

            Cuando llegó a la última etapa, en el Monte do Gozo, mientras contemplaba las torres de la catedral, lo dejó allí apoyado en un seto, también su compañero se había ganado poder observar  la majestuosidad del templo y quién sabe, quizá algún peregrino que continuara hasta Fisterra o regresara andando a su casa podría verlo y hacerlo de nuevo su compañero de camino. Seguro que sentiría esa energía que Ramón se había encargado de transmitirle, lo mismo que debió pasarle a su anterior compañero cuando Ramón se lo encontró.

            Sentí que aquel consejo que le di al peregrino había servido de algo y estoy seguro de que para Ramón, ese fue un camino distinto y que a partir de este momento, en los sucesivos caminos que vuelva a hacer, buscará a su compañero de camino y no pensará nunca más en pagar por algo que no tiene precio.