almeida – 9 de diciembre de 2014.

Pedro había llegado de los primeros al albergue. A pesar de su reciente jubilación, no daba la impresión de contar con la edad que afirmaba tener. Era una persona bien pare­cida y cuando conversabas con él percibías en sus palabras una cultura que además de la que se adquiere con los años la había sabido cultivar porque le interesaba aprender todo. Mientras tomábamos un café, me confesó las motivaciones para hacer el camino. Es una de mis debilidades, cuando los peregrinos me cuentan su experiencia y las vivencias que están teniendo, tengo curiosidad por conocer las motiva­ciones que le han impulsado a coger la mochila y perderse por caminos desconocidos.

Había tenido una mala racha, gestionaba una empresa con muchos trabajadores y se había visto obligado a pres­cindir de muchas personas que le habían ayudado a levan­tar su empresa. Pero un golpe de fortuna lo había cambiado todo, una empresa multinacional de su competencia había adquirido su empresa haciéndose cargo de todos los em­pleados. Aquello había sido tan positivo para él que deseaba agradecer su buena suerte y qué mejor lugar que el Camino de Santiago donde poder reflexionar durante un mes antes de llegar ante el santo para agradecer su buena fortuna.

Tres o cuatro horas más tarde, apareció por la puerta del albergue Tomás. Sus rasgos muy marcados y unas ma­nos encallecidas me hacían ver a un peregrino a quien la vida no le había resultado tan fácil y la dureza del trabajo se había quedado en su cuerpo. Era un obrero siderúrgico que desde muy joven había trabajado muy duro, se había hecho a sí mismo. La dureza de sus palabras transmitía la amar­gura que sentía de su existencia. Me confesó que siempre había protestado ante la injusticia. Durante muchos años había sido enlace sindical y sufrió mucho durante su mili­tancia al defender una empresa y unos puestos de trabajo que veía peligrar por la delicada situación económica. Tras una lucha muy intensa no pudo ver cumplidos sus objeti­vos y todos sus compañeros vieron como el lugar que du­rante tanto tiempo les había tenido empleados desapare­cía para siempre.

Tomás se había ocultado en el camino para poder refle­xionar sobre los errores que había cometido. Quizá llegó a tensar un poco más de lo necesario la cuerda y ésta se rom­pió con la consecuencia de que todos sus compañeros se habían quedado sin su medio de vida y él se sentía respon­sable. La espiritualidad del camino le importaba un pimien­to, ni siquiera se la planteaba, solo quería poder encontrar en que se había equivocado.

Por la tarde, antes del ocaso me gustaba estar sentado en el patio. Escuchaba a los peregrinos mientras tomaba una cerveza y trataba de ser útil. Muchos se acercaban para que les despejara las dudas de lo que se iban a encontrar más adelante, me sentía feliz pudiendo ser útil a los demás.

Pedro se acercó con dos latas de cerveza en la mano y se sentó junto a mí alargando una de ellas. Mientras saboreá­bamos la refrescante bebida, vi acercarse a Tomás. Con un gesto le invité a que nos acompañara y fui a por una cerveza para él. Los dos habían coincidido en algunos tramos del camino pero no se conocían, les presenté y los tres comen­zamos a hablar sobre el camino y las vivencias diarias.

Tomás, que no podía olvidar sus motivaciones para estar allí, seguía pensando en voz alta y despotricaba sobre los pa­tronos y la influencia negativa que tenían en la vida de las personas. Pedro le miraba sorprendido y, en un gesto de franqueza, confesó casi con un poco de vergüenza que él era empresario. Aquello en lugar de calmar a Tomás hizo que aún se enfureciera más y viendo el cariz que estaban toman­do las cosas, decidí intervenir. Les dije que ellos sólo y afor­tunadamente eran dos peregrinos y como tales estaban allí, quizá el camino era quien había provocado que se conocieran para que cada uno pudiera comprender al otro ya que su an­tagonismo no tenía sentido en la ruta de las estrellas.

Conseguí que la conversación fuera derivando sobre te­mas y lugares del camino y ejerciendo algo de influencia lo­gré que durante la siguiente hora que pasaron conmigo solo hablaran de los sinsabores y de las alegrías que el camino les estaba ofreciendo. Parecía que disfrutaban hablando de lo que les unía y enseguida dejaron aparcados los temas sobre los que probablemente jamás se llegarían a entender.

Fue un rato muy agradable. Ambos estaban haciendo el camino en solitario y no se habían integrado en ningún gru­po permanente, por lo que les sugerí que hicieran el camino juntos, todavía les quedaban diez o doce etapas para llegar a Santiago y podría ser muy beneficioso para ellos caminar juntos y sentirse apoyados el uno en el otro. A cambio solo les pedía que cuando terminaran el camino debían escribir­me una carta o enviarme una postal en la que me pusieran sus experiencias. Les pareció una idea estupenda y queda­mos los tres en estar de nuevo en contacto.

Por la mañana, les preparé un buen desayuno. Había sobrado pan del día anterior con el que les hice unas tosta­das que acompañaron con mantequilla y mermelada y una gran taza de café con leche. Me confesaron que les había sabido a gloria. Aquello viniendo de un sindicalista radical me hizo concebir buenos presagios, así se lo comenté y el juego de palabras hizo que los tres explotáramos en una sonora carcajada ante la mirada incrédula del resto de los peregrinos que se encontraban desayunando.

Me despedí de ellos en la puerta del albergue, nos dimos un abrazo muy sentido y nos deseamos buen camino. Por la noche les había preparado una flecha amarilla con el nombre de cada uno. Es un obsequio de un buen amigo para los peregrinos especiales que son dignos de llevarlas y el artesano que las hace, un recio peregrino castellano, sé que se alegrará cuando sienta que estos peregrinos llevan las flechas que él hace con tanto cariño.

Esa mañana, como hacía todos los días, en la puerta del albergue sacudí mi felpudo, no el del albergue, sino ese que diariamente limpia mi mente y me permite dejar aparcadas las emociones y las impresiones del día que ha pasado para afrontar las nuevas que van a producirse en el día de hoy. Casi siempre lo consigo, aunque en muchas ocasiones, en algún rincón de mi mente siempre permanecen esos peregrinos especiales que tardan tiempo en irse o quizá no lo hagan nunca.

Once días después llegó al albergue una tarjeta postal de la catedral de Santiago dirigida al hospitalero, llevaba escrito un escueto mensaje «Camino finalizado, cumplidas las expectativas. Dos amigos dos peregrinos». Lo habían conseguido, si habían terminado juntos el camino, seguro que habían conseguido comprenderse y ver las cosas con los ojos del otro.

Seguí en contacto con Pedro y con Tomás a través de Internet. Los dos habían encontrado lo que buscaban, pero principalmente ahora se comprendían. Eran amigos y entre ambos había surgido un afecto que no iba a desaparecer nunca. Aquello consiguió emocionarme ya que con esa sola acción comprobaba que mi labor había tenido un sentido.

Un año después recibo una llamada de Pedro, se encon­traba con su amigo Tomás y se habían propuesto seguir co­nociéndose y lo mejor era hacerlo en el camino. Al día si­guiente iban a pasar a pocos kilómetros de mi casa y querían estar conmigo para disfrutar de una tarde juntos.

Fui a esperarlos al camino para recorrer con ellos los úl­timos kilómetros. Al vernos nos fundimos los tres en un fuerte abrazo, ése que sólo los peregrinos sabemos dar. Fuimos juntos a comer y compartimos muchas sensaciones. Tomás, el agnóstico, me confesaba que me había convertido en su ángel, aunque para mí el verdadero milagro fue que él llegara a percibir ese espíritu del camino que solo algunos elegidos saben ver. Porque Santiago está ahí para que estos milagros lleguen a producirse. Ahora los dos peregrinos compartían su vida, se necesitaban el uno al otro y el ca­mino había sido el germen que hizo brotar esta sincera amis­tad.