almeida – 30 de diciembre de 2014.

bordonPedro siempre soñó con caminar en alguna ocasión con Álex. Se habían conocido unos años antes cuando Álex le había acogido en su albergue. Había

surgido entre los dos una gran amistad que fueron cultivando hasta hacerlos casi inseparables.

 

El tiempo iba a permitir que cumplieran sus sueños. Los dos coordinaron ponerse de nuevo en el camino, iban a dis­frutar como nunca lo habían hecho ya que eran los compa­ñeros perfectos. Sabían ceder en los momentos necesarios y eran flexibles cuando tenían que hacer lo que al otro le gus­taba aunque a él no le apeteciera mucho.

Este camino estaba siendo el mejor de todos los que ha­bían realizado, así les pareció a los dos y lo comentaban con agrado ya que comenzaban a soñar que habría otros caminos que ambos recorrerían juntos.

Cuando se encontraban en tierras gallegas, comenzaron a planificar lo que harían cuando llegaran al fin de su des­tino. Siempre los peregrinos sueñan con una gran comida para celebrar haber conseguido llegar a la meta, pero el sueño de Pedro era diferente. Había pensado muchas veces sentarse ante el mar inmenso, allí donde la tierra termina y en un acto ritual quemar su bordón.

Álex le miró abriendo completamente sus ojos y, como si no le hubiera comprendido, le pidió que repitiera lo que había dicho. Al asegurarse de haberlo entendido bien, le dijo a su amigo que eso no podía hacerlo, porque el bordón tiene alma y un alma no puede destruirse.

Le explicó que pensara en cada momento difícil que surgió en el camino cuando el bordón era como la prolongación de su cuerpo y le había ayudado. Entonces Pedro pensó en todas las veces que fue utilizado su bordón y creyó que su amigo tenía razón, habían compartido tantos momentos juntos que no concebía el camino sin llevar su apoyo.

Iban pasando los días. Cuando estaban a tres jornadas de llegar a Santiago, se detuvieron en un albergue. Había tres jóvenes monitoras que estaban hablando con el hospitalero para ver las condiciones de viabilidad del albergue. Estaban haciendo el camino con seis niños con diversas minusvalías con diferentes grados de discapacidades tanto físicas como psíquicas.

Los ojos de Pedro se cruzaron con los de Juan, un joven con síndrome de Down, ese trastorno genético donde el cromosoma veintiuno en lugar de duplicarse hace una copia de sí mismo. La mirada de Juan era fría, como extraviada, pero al sentir la mirada del peregrino una sonrisa se dibujó en sus labios, entonces una mecha encendió su mirada y sus ojos ahora resplandecían de felicidad y ternura. Con su mochilita aún en su espalda, se levantó de la silla en la que estaba sentado y se acercó a Pedro sujetando su bordón.

Pedro, al sentir aquella tierna mirada de este renglón torcido de Dios, se emocionó, tomó su mano y le dijo sin apartar los ojos de su cálida mirada:

—Este bordón me ha dicho que no quiere entrar conmigo en Santiago porque en un momento pensé en desprenderme de él y siento que te ha escogido a ti que sabrás cuidarlo mejor que yo. Me ha dicho que quiere que seas tú quien le lleve a la catedral y se lo enseñes al santo para que lo bendiga.

Juan se aferró al bordón y dándole un abrazo a Pedro le dio las gracias. Su mirada seguía siendo limpia y pura, Pe­dro sabía que había encontrado un buen compañero para el que fue el suyo durante varios caminos.

Al día siguiente no coincidieron en la salida, Pedro fue de los primeros peregrinos que abandonaron el albergue y no volvió a ver a Juan. Mientras afrontaba los últimos kilómetros para alcanzar su meta, echaba de menos a su bor­dón. En ocasiones la conciencia le interrogaba, entonces le surgía la duda de si habría hecho bien desprendiéndose de quien tantos caminos había recorrido con él.

Cuando llegó a Santiago, no quiso pasar a recoger la Compostela, pensaba que no era necesario que un papel certificara lo que había hecho, porque eso estaba en su co­razón que era quien guardaba las vivencias de todo el ca­mino.

Siguió a los peregrinos que se dirigían a la catedral y se sentó en la escalinata que hay en uno de los extremos del templo. Siempre le gustaba sentarse allí, con la cabeza entre sus piernas iba recorriendo de nuevo en su mente lo que el camino le había aportado.

Algo le hizo levantar su cabeza y fijar su mirada en los bancos en los que se sentaban los fieles, destacando sobre las cabezas de quienes se encontraban sentados, estaba su bordón. Entonces Juan se giró y le dedicó una sonrisa que le conmovió. Se dio cuenta de que su bordón había conse­guido también su destino, estar con un alma noble y pura, merecedora de seguir caminando junto a él.