almeida – 31 de diciembre de 2014.

nieblaCreo que en una ocasión me contaron una historia, lo que no recuerdo es si fue uno de esos cuentos del camino o estaba basado en un hecho real.

Pero da lo mismo, al final los cuen­tos son sucesos que la tradición se ha encargado de ir transmi­tiendo de generación en generación hasta que nosotros somos los últimos receptores de la historia si no la contamos.

 

Los narradores generalmente van enriqueciendo las his­torias que cuentan, haciendo especial énfasis en aquellos detalles que más le han impresionado o los que quieren destacar porque le han resultado muy hermosos.

Hace muchos años, un peregrino se dispuso a ir a postrarse a los pies del Apóstol, aquel amado de Jesús al que encomendó ir hasta el fin de la tierra para dar a conocer sus enseñanzas.

La premura del tiempo que disponía y la falta de equi­pamientos para poder descansar hacían que el peregrino recorriera en cada jornada grandes distancias, eso iba mermando sus fuerzas y en ocasiones le hacía desfallecer, pero su tesón sabía imponerse a todas las adversidades que se presentaban y cada día daba gracias a Dios por haberle permitido terminar con éxito la jornada.

Procuraba, antes de comenzar a caminar, acercarse a una iglesia o a un monasterio para asistir a la primera misa que se celebraba, agradecía las fuerzas que estaba teniendo para lograr su objetivo y culminar la promesa que se había hecho cuando salió de su casa.

Un día notó como, de repente, las fuerzas comenzaban a fallarle, entonces comenzó a temer no poder cumplir su sueño. Notaba como aquel, a quien cada mañana agradecía lo que estaba haciendo por él, comenzaba a abandonarle. Quizá hubiera dicho o hecho algo que le hubiese contrariado y por eso le había retirado la protección que había sentido en los días anteriores.

Cuando ya pensaba abandonar, vio a unos cientos de metros a una peregrina muy hermosa que le llamaba. Parecía que había recuperado las fuerzas y siguió a la peregrina. Esta caminaba con rapidez y según el peregrino aceleraba su paso, con desesperación veía como la peregrina seguía manteniendo la distancia que inicialmente les separaba.

Así estuvieron durante bastantes leguas hasta que llegaron al pueblo donde tenía pensado finalizar esa jornada. Al entrar por las calles del pueblo, perdió de vista a la hermosa peregrina.

—No importa —pensó—, seguro que cuando llegue al hospital de peregrinos volveré a verla.

Le acogieron en un hospital que era generoso con los concheiros. Las donaciones que había recibido, le permitían dar unas monedas a cada peregrino y un gran cuenco con caldo, proteínas procedentes de la matanza y las aves de corral y legumbres, además de llenar de vino su calabaza. Esto le permitía recuperar las fuerzas que había dejado caminando para llegar hasta allí.

En el gran comedor, se encontraban cerca de cuarenta personas. Según comía miró a un lado y a otro de la gran mesa pero no vio a la peregrina que se le había aparecido en el camino. Buscó en otros hospitales pero tampoco la encontró. Por un momento pensó que había sido una visión o una alucinación fruto del cansancio que sentía.

Al día siguiente, repitió la costumbre que tenía cada jornada e inició de nuevo su camino. Se sentía renovado y afrontó este nuevo día con mucha ilusión.

Cuando el sol se encontraba justo encima de su cabeza, se detuvo junto a un arroyo y puso en la corriente de agua su calabaza para que el contenido se refrescara. Del interior de su zurrón extrajo una rebanada de pan de centeno que le habían proporcionado en el hospital para el desayuno y un pedazo de queso. Cuando se sintió satisfecho, guardó las viandas que le habían sobrado, bebió dos tragos de vino guardando el resto y reinició el camino.

El sol apretaba fuerte y el cansancio se estaba acumu­lando en su cuerpo. Junto a un puente, se sentó en una de las piedras de sillería para ver si el descanso le permitía recuperar las fuerzas, pero se sintió muy pesado y los impul­sos de su cerebro no le llegaban a las piernas. De nuevo es­taba desfallecido, aquello no era normal, quizá debería dar por finalizado su camino, ya que en esas condiciones que estaba no podía continuar.

Alzó la vista y nuevamente vio a la hermosa peregrina que, moviendo su mano, le animaba a seguir avanzando. Trató de levantarse y esta vez las piernas le respondieron. De nuevo caminaba muy ágil, sin cansancio, tratando de alcanzar a la peregrina.

Cuanto más rápido caminaba, más lo hacía la peregrina, pero la distancia no se acortaba nunca. Nuevamente las calles del pueblo de destino le hacían perder la visión de ese ángel a quien deseaba alcanzar para seguir caminando con él.

Nuevamente buscó por los hospitales de peregrinos, pe­ro parecía que su peregrina se había desvanecido. Por más que preguntaba, nadie sabía darle razón de ella ya que nin­guno la había visto. Ante su insistencia alguno de los pere­grinos, con quienes coincidió la jornada anterior, pensaron que desvariaba y había perdido el juicio.

Las tres siguientes jornadas se volvió a repetir lo mis­mo. Ahora era nuestro peregrino quien pensaba que se ha­bía vuelto loco. Hubiera sido tan hermoso que no se tratara de un sueño y deseaba tanto entablar conversación con ella para agradecerle el ánimo que le aportaba cada jornada. Pero no podía ser, había perdido la razón y todo estaba siendo fruto de su imaginación.

Tres días después, con las mismas visiones que los días anteriores, llegó hasta Sahagún. Ese día no se preocupó de recorrer los hospitales, estaba seguro de tener cada día alu­cinaciones. Después de la cena únicamente se preocupó de buscar un jergón en el que poder descansar.

Fiel a su costumbre de asistir a la eucaristía antes de comenzar la jornada, preguntó al hospitalero cuál era la iglesia en la que se celebraba la primera misa. El responsa­ble del hospital le dijo que todos los días a las siete de la ma­ñana, los monjes celebraban una misa en el monasterio que se encontraba en las afueras del pueblo.

Entró en el templo con devoción y sumiso, con la cabeza inclinada hacia el suelo. Al mirar el altar mayor, vio que estaba presidido por una hermosa talla de la Virgen, y el rostro de esa virgen era el de su peregrina que cada día le ayudaba a finalizar su jornada.

Contó este suceso al prior del convento que se encon­traba celebrando la misa, y a partir de entonces ese lugar es conocido con el nombre de «La Peregrina».