almeida – 7 de agosto de 2014.

Antiguamente, con el auge del Camino, algunos malhechores y vividores se disfrazaban de peregrinos y se mezclaban con estos para hacer sus fechorías o vivir de las prebendas que se ofrecían únicamente a los que estaban recorriéndolo como peregrinos.

El paso del tiempo hace que las buenas y, sobre todo, las malas costumbres que en algún momento tuvieron alguna repercusión, vuelvan a resurgir y en algunas ocasiones, los casos que se producen, dejan perplejos a cualquiera que los presencia.

En pocas ocasiones he visto alterado al Maestro, su paciencia y sobre todo su bondad, le impiden que sus reacciones no guarden esa coherencia que siempre le ha caracterizado.

Hubo una ocasión en la que casi el Maestro llegó a perder los papeles, bueno, es un decir, ya que siempre decía esas cosas que antes que salieran por su boca las pensaba y meditaba muy bien.

En cierta ocasión, llegaron hasta Santuario dos peregrinos franceses, se entendían perfectamente en castellano y cuando se registraron, el Maestro les fue explicando todas las cosas que se hacían en Santuario, uno de ellos comentó que su amigo no era creyente, pero el Maestro sin inmutarse, le repitió de nuevo que todo lo que allí se ofrecía a los peregrinos era voluntario, nadie estaba obligado a participar en ninguna de las actividades que se hacían y que aunque no fuera creyente, allí se daba acogida lo mismo a peregrinos que profesaran cualquier religión como a los pobres y transeúntes que necesitaran descansar y un plato de comida.

Los dos peregrinos se fueron mezclando con los demás y el resto de la jornada pasaron casi desapercibidos para quienes nos encontrábamos allí. No recuerdo si participaron en alguna de las cosas que se proponían, pero si recuerdo haberles visto en la cena comunitaria que se hacía con todos los peregrinos.

Cuando llegó el momento de la oración, el Maestro dijo a todos los que se encontraban alrededor de la mesa, que quien lo deseara, podía subir a la pequeña capilla, luego entre todos los que quisieran, recogerían la mesa y fregarían todo lo que se había utilizado.

Los dos peregrinos franceses asistieron a la oración, creo recordar que la mayoría, por no asegurar que fue la totalidad, de los peregrinos que se encontraban ese día en Santuario asistieron también.

Cuando terminó la oración, todos los peregrinos salieron de la pequeña capilla y el Maestro se quedó el último para cerrarla. Uno de los peregrinos franceses esperó a que la mayoría se hubieran marchado y mirando al Maestro le dijo:

—Le puedo denunciar por lo que acaba de hacer obligándonos a todos a asistir a una oración en la que algunos no creemos.

El Maestro no daba crédito a lo que estaba oyendo, pensaba que le estaba gastando una broma y un tanto incrédulo preguntó:

—-¿No lo estarás diciendo en serio?

—Muy en serio —afirmó el peregrino.

—Dame un abrazo —dijo el Maestro abriendo los brazos y acercándose a él —porque te voy a echar la mayor bronca que se haya visto en este lugar, por gilipollas.

A pesar del rechazo inicial del peregrino, el Maestro le rodeó con sus brazos y le dio ese abrazo con el que se recibe o se despide habitualmente a los peregrinos y nada más soltarle, continuó de una forma un tanto paternalista, ya que a pesar del enfado que tenía, era difícil que perdiera la compostura.

—Has venido tú a mi casa, yo no te he llamado para que vinieras. Antes de entrar has visto un cartel en la puerta en la que indicaba claramente el lugar al que ibas a acceder y después de haberlo leído has entrado de forma voluntaria. En el cartel se explica de forma muy clara que este es un hospital de peregrinos y, según la orden de Cluny, la palabra hospital tiene el mismo significado que un monasterio y es un lugar cristiano. Antes que decidirás quedarte, te he explicado todo lo que se ofrecía a los peregrinos en este sitio y te he dicho que todo era voluntario, que podías participar en lo que quisieras, a pesar de ello te has quedado y por quedarte y ofrecerte todo lo que te damos como a los demás peregrinos, no te hemos pedido nada a cambio.

—Ya —balbuceó el peregrino —en eso estoy de acuerdo, pero en lo que no estoy conforme es en haber tenido que asistir a una oración en la que no creo.

—Tú has asistido porque has querido, nada más terminar de explicar lo que íbamos a hacer, he recalcado que ese era un acto voluntario —insistió el Maestro.

—Pero me he visto obligado a asistir ya que subían todos —trató de justificarse el peregrino.

—Eso no es una excusa, has subido porque has querido, nadie te ha obligado. Además, te voy a decir que eres un farsante, no eres un peregrino, vas disfrazado de peregrino.

—Eso si que no se lo admito —dijo el francés —soy un peregrino como los demás, incluso vengo haciendo el Camino desde más lejos que algunos de los que se alojan aquí.

—Eso no quiere decir que seas un peregrino, cuando te he acogido en mi casa, te has identificado a través de una credencial y en ella, si lo lees bien, dice que el portador de la misma esta haciendo una peregrinación cristiana, porque quien te ha entregado esa credencial que llevas es el obispado de Compostela, que es quien las expende, por lo tanto me estás engañando, te estás sirviendo de un pasaporte que únicamente se entrega a los peregrinos. Y si quieres seguir haciendo turismo o deporte por este Camino, te aconsejo que seas más honrado y cuando cada día acabes tu etapa, en lugar de ocupar un espacio que está reservado para los peregrinos, te vayas a un hotel o a un hostal que es el lugar al que deben ir las personas que como tú utilizan el Camino y las infraestructuras que este les ofrece para unos fines muy diferentes a los que fueron creados.

El peregrino no sabía dónde meterse ante aquella reprimenda que estaba recibiendo, trataba de salir de allí, pero el Maestro se había puesto en medio de las escaleras y no le dejaba paso libre.

Algunos peregrinos que estaba escuchando la reprimenda, se acercaron para ver que pasaba ya que ese día se había roto la tranquilidad y la armonía que normalmente solía estar presente en Santuario.

El peregrino como pudo se zafó del obstáculo que representaba el Maestro y cabizbajo se marchó de allí, ya no le volvimos a ver, imagino que se metió dentro de su saco y se tapó completamente para que nadie pudiera verle ya que, si tenía un poco de vergüenza, habría enrojecido de una forma ostensible.

Al Maestro en cambio le vi muy sereno, aunque se encontraba un tanto alterado porque esa forma de comportarse no era muy propia de él, comprendí que se encontraba muy a gusto pues había sido ofendido y no podía pasar por alto aquel comportamiento sin la debida respuesta.

Por la mañana, antes que amaneciera, bajé al comedor para preparar el desayuno de los peregrinos y en vano esperé la llegada de los dos peregrinos franceses ya que habían huido de aquel lugar antes que nadie se despertara.

Me di cuenta de lo acertadas que a veces son algunas frases que se ponen en algunos albergues, aquel comportamiento me recordó a una que vi en una ocasión en las tierras de León en uno de los albergues humildes que hay en el Camino en la que habían rotulado sobre una tabla que estaba en el dintel de la puerta de entrada: “El turista exige, el peregrino agradece”.