almeida – 22 de julio de 2016.

dos peregrinos

Desde el primer momento en que comenzó a dar acogida a los peregrinos en su albergue, Manuel había ido perdiendo parte de ese necesario contacto con el camino como peregrino,

por eso, cuando algún conocido se acercaba hasta su casa para hacerle una visita y se quedaba allí unos días, él aprovechaba el tiempo que podía para volver a sentir esa sensación tan especial que tienen los peregrinos cada vez que sus pies vuelven a pisar el camino.

            Había por delante un puente de cuatro días y Manuel recibió la visita de un buen amigo, le conocía como peregrino y también como hospitalero, por ese motivo, cuando se enteró de su llegada fue haciendo planes para irse unos días al camino.

            Muy cerca de donde se encontraba su albergue, había un camino muy poco transitado, era casi desconocido por lo que le pareció el lugar ideal para escaparse con Pedro que le ayudaba en las labores del albergue, juntos disfrutarían de ese solitario camino que se había ido formando con el paso de peregrinos y transeúntes en medio de las altas montañas, era como un suave río que ha ido horadando la montaña hasta descansar en la suavidad de los valles que tenían a sus pies.

            Había solo un pequeño obstáculo que consistía en cómo llegar hasta el lugar en el que habían pensado que comenzarían a caminar, las comunicaciones en esa parte de la montaña eran muy deficientes y si se acercaban en su coche, luego tendrían que ir a recogerlo con lo que perderían un día, pero como a Manuel le gustaba hacer, no se preocupó mucho de este problema, sabía que Santi siempre provee y al final seguro que acabaría surgiendo alguna situación que solucionara este pequeño problema.

            El peregrino llegó en la fecha y a la hora prevista, pero no fue solo, le había ido a recoger Emilio, un buen amigo con el que había coincidido años atrás en uno de los albergues del camino donde los dos estuvieron ofreciendo hospitalidad a los peregrinos que acogían.

            Emilio era un peregrino muy peculiar, destacaba sobre los demás peregrinos por el volumen que debía arrastrar cada jornada en el camino, pero sobre todo lo hacía por su gran humanidad, era una de esas personas que nada más verle, al primer minuto de estar con él ya sabes que te encuentras delante de una persona que transmite bondad por cada uno de los poros de su cuerpo.

            Cuando Emilio se enteró de los planes que tenía Manuel, se ofreció para llevarle hasta el lugar donde había pensado comenzar su camino, disponía de varios días libres en el trabajo y para él no suponía ningún contratiempo acompañarles hasta el punto de salida.

            Esa noche, los peregrinos y a la vez hospitaleros disfrutaron de una velada en la que entre cada botella de vino y de licor se mezclaban las aventuras que cada uno había tenido en el camino desde la última vez que se vieron y disfrutaron compartiendo estas experiencias que solo se pueden entender en esos minutos tan entrañables que se tienen en el albergue cuando se encuentran almas muy afines que disfrutan hablando de la pasión que todos tienen en común.

            A la mañana siguiente, como habían acordado, el peregrino se hizo cargo del albergue y ya en funciones de hospitalero preparó el desayuno para todos los que se encontraban en el albergue y mientras desayunaban, fueron distribuyendo los buenos deseos para cada uno en los cometidos que a partir de esos momentos tenían que hacer.

            Les vio partir y lo hizo con algo de envidia ya que un peregrino siempre desea estar en el camino, pero al peregrino también le esperaban unos días de satisfacción y experiencias recibiendo a los peregrinos que llegaran hasta el albergue.

            Mientras los que iban a comenzar el camino fueron ascendiendo por puertos que a veces parecen imposibles por los desniveles que ofrecen, aunque los peregrinos los observaban como un paraje casi virgen que ellos iban a disfrutar mientras lo hollaban con sus pies.

            Cuando llegaron al punto más elevado de la montaña, ese lugar en el que Manuel había pensado iniciar este nuevo camino, él y Pedro descendieron del coche y se abrazaron a Emilio deseándose un buen camino y enseguida le dieron la espalda ya que deseaban cuanto antes comenzar a sentirse de nuevo peregrinos.

            Manuel y Pedro comenzaron a dar los primeros pasos ante una vegetación algo baja que había en esa parte de la montaña donde la nieve y el frío no dejaba que los árboles crecieran como en los terrenos más resguardados de las inclemencias meteorológicas, pero enseguida llegaron a los caminos en los que los pinos, las hayas y los robles van haciendo que quienes caminan junto a ellos enseguida se pierdan a la vista de los demás.

            En esos momentos, Manuel fue escuchando como de los montes que había en los alrededores, producían un eco de una suave y agradable melodía que parecía que brotaba de las entrañas de la tierra. Era Emilio que con una melodía celta estaba despidiendo a los peregrinos. Las notas suaves y melodiosas hicieron que los dos peregrinos sintieran como sus estómagos se encogían por momentos. Allí, solos en la inmensidad de la montaña se sentían acompañados por cientos de Ángeles y de espíritus que parecían salir de la garganta de Emilio.

            Los dos peregrinos se dieron la vuelta para ver a aquel ser que producía una melodía tan hermosa que en esos parajes adquiría un sentido tan especial, pero no pudieron ver a nadie, la masa boscosa lo impedía y sin decir nada siguieron caminando escuchando ese eco que producían los montes y que parecía brotar desde el interior de la tierra.

            Cuando la melodía terminó se hizo un silencio enorme, los peregrinos se miraron y sin decir nada, ambos pensaron que nunca podían haber tenido una despedida tan especial y entrañable y conteniendo una lágrima que quería desbordar sus mejillas siguieron caminando.

            En ese momento un sonido muy grave parecía inundarlo todo, inicialmente no supieron lo que podía producirlo, hasta que Manuel se dio cuenta que al coger su mochila del maletero del coche vio un cuerno de buey con una embocadura de metal primorosamente tallado que tenía Emilio para hacer sonar en las ocasiones muy especiales. Esta era una de ellas y ni el olifante de Roldan en lo alto de Ibañeta consiguió sonar con tanta rotundidad como lo hacía el que ellos estaban escuchando.

            A pesar de todos los caminos que Manuel llevaba en sus piernas, sabía que de ninguno de ellos guardaría tan buen recuerdo como la despedida que había tenido en este camino donde casi pudo sentir como los recios montes que había a su alrededor llegaron a llorar con la melodía que habían escuchado y luego se estremecieron con el sonido del cuerno que Emilio hizo sonar despidiendo a los peregrinos.