almeid – 2 de mayo de 2014

En muchas ocasiones, los peregrinos aludimos al espíritu del camino cuando queremos hablar o exponer un caso o una situación que nos ha

parecido diferente y especial. Ese momento que siempre recordaremos ya que para nosotros representa lo que diferencia a este Camino de cualquier ruta de senderismo.

 

Siempre me gusta hablar con los peregrinos de estas sensaciones que se quedan en nuestra mente y cada vez que hablamos del Camino suele ser el primer recuerdo que nos viene.

Me encontraba en Santuario, ya habían llegado casi todos los peregrinos que se iban a quedar allí y se encontraban en esas horas muertas que se suceden entre el descanso que han hecho después de la ducha y el momento de la cena compartida entre todos los peregrinos.

Algunos deambulaban o estaban tumbados sobre el césped del jardín y otros estaban en la mesa del comedor escribiendo en una libreta los recuerdos de todo lo que les había aportado la jornada.

Algunos se acercaron hasta el cuarto donde teníamos el primer contacto con los peregrinos, allí me encontraba sentado en el sofá pendiente de lo que algunos pudieran necesitar.

También estaba en la sala una peregrina sueca, me llamó la atención el perfecto dominio que tenía de nuestra lengua, según ella, era por las veces que había realizado el Camino, que era para ella la mejor academia para aprender un idioma.

Como no podía ser de otra forma, comenzamos a hablar del Camino y surgió el tema de ese espíritu que hay en esta ruta y que solo se puede encontrar aquí.

Ella me dijo que también un día encontró ese espíritu del camino y aunque ha querido volver a encontrarlo, no le ha sido posible a pesar que cada vez que está en el camino, trata de encontrarlo, porque para ella, el espíritu del camino será siempre una mujer, aquella que un día, sin saber porque, la ayudó y con la que se siente en deuda, la ha buscado durante años sin poder encontrarla hasta el momento.

Comenzó a hablarme de su historia, lo hacía con ese brillo en los ojos de quienes van recordando esos momentos tan agradables que en ocasiones han vivido.

Después de hacer varios caminos, planificó, con un peregrino español que había conocido en su último camino y habían entablado una fuerte amistad, hacer el Camino Portugués desde la frontera lusa.

La peregrina buscó un vuelo barato, no se ajustaba a las fechas que ella tenía previstas, pero como disponía de tiempo libre, llegó a Santiago cinco días antes de la fecha en la que había quedado con su amigo.

Como conocía bien la ciudad y ante todo era peregrina, ya que se encontraba en el centro del Camino, pensó que aquellos días los dedicaría a caminar y se fue andando hasta Fisterra, era un camino que también había recorrido en alguna ocasión y para ella era uno de los tramos más bonitos que siempre recordaba.

Cuando regresó a Santiago, fue a alojarse a un albergue que hay a la entrada de la ciudad, se encuentra en los bajos de un edificio y para acceder a él hay que descender muchos escalones.

Ese día había llovido, era en otoño, cuando los árboles se van desnudando de las hojas que lo cubren durante la mayor parte del año.

La peregrina descendía las escaleras con algo de prisa para evitar mojarse más de lo necesario. Según descendía, piso varias hojas que se encontraban mojadas y resbaló, cayendo por los escalones y produciéndose un fuerte traumatismo.

Como pudo, llegó hasta el albergue, pero se encontraba muy magullada y sobre todo muy dolorida, apenas podía moverse, por lo que agradeció la litera que le proporcionaron donde pudo acostarse y adoptar una postura en la que poder aliviar el fuerte dolor.

Descansó como pudo, pero el dolor no la dejaba moverse y apenas consiguió dormir a pesar del cansancio que tenía.

Al día siguiente, la llamó por teléfono su amigo, era el día que habían quedado y la llamaba para saber dónde se iban a encontrar.

Ella le dijo que no podía moverse porque se había caído y tenía un traumatismo muy fuerte, no se había roto nada, pero le dolía todo el cuerpo. Su amigo la propuso que fuera hasta Vigo y le dio una dirección de un especialista fisioterapeuta que la iba a dejar como nueva pues estaba especializado en la dolencia que ella le describía.

—¡Cómo voy a ir a Vigo, si no puedo ni llegar a la estación de autobuses! —Protestó la peregrina lesionada.

En ese momento se levantó de la litera cercana una peregrina que se encontraba acostada y había estado escuchando la conversación. Cogiendo la mochila de la lesionada le dijo:

—Apóyate en mi hombro que yo te ayudaré a llegar hasta la estación.

Aquel gesto desinteresado conmovió a la peregrina lesionada que no sabía que decir. Con la ayuda de aquella desconocida pudo llegar hasta la estación y coger el autobús que la llevaba hasta Vigo.

Cuando fue a subir al autobús, se quedó mirando a su espíritu del camino y solo pudo decir:

—¡Gracias!

Ahora sueña con volver a encontrarse un día con esa peregrina para decirla todo lo que a lo largo de estos años ha ido pensando y que no dijo cuando recibió su ayuda.

Ese fue su espíritu del camino y cada vez que se habla de él, la imagen de esa peregrina es la que siempre viene a su mente.