almeida – 3 de mayo de 2014.

Solía decirme un viejo hospitalero que conocía casi todos los secretos del Camino, que los peregrinos antes de comenzar la peregrinación establecen y programan el itinerario que van a recorrer, pero finalmente, siempre es el Camino el que determina a los sitios que tienen que llegar. Una lesión, el cansancio, encontrarse con personas o lugares con los que te sientes a gusto, hacen que en muchas ocasiones se altere la programación inicial.

Por eso, a determinados albergues, únicamente llegan aquellos peregrinos que tienen que llegar y los demás, eligen otros sitios, no está previsto que a ciertos lugares, lleguen todo tipo de peregrinos, sobre todo, si estos lugares pueden ofrecerles una serie de valores que solo unos pocos saben apreciar.

Reconozco que algunas de las lecciones que vamos recibiendo en la vida, no siempre somos capaces de verlas en el momento, pero con el paso del tiempo, van adquiriendo ese sentido que nos permite comprenderlas a la perfección.

No es frecuente que en el albergue de Tábara se detengan los peregrinos que hacen el Camino en bicicleta. Normalmente Zamora es punto de parada casi obligada para todos los que vienen recorriendo la Vía de la Plata o el Camino Mozárabe y para los llamados bicigrinos, los cuarenta kilómetros que separan Zamora de Tábara, si no vienen por Granja de Moreruela, son pocos para hacer de este pueblo final de etapa.

Por eso, al verles llegar, me extrañó que dieran tan pronto por finalizada su jornada, pero me acordé del viejo hospitalero y pensé que llegaban hasta el albergue, sencillamente, porque tenían que llegar.

Era una pareja joven que procedían de Alemania y desde el momento que llegaron se mostraron muy amables y simpáticos aunque la joven a pesar de su sonrisa, mostraba una tristeza en los ojos que los hospitaleros percibimos enseguida. Son esos momentos en los que es conveniente dejar a los peregrinos y que sean ellos los que cuando lo necesiten se vayan abriendo y transmitan las sensaciones que llevan encima.

Así ocurrió y cuando pasaron unas horas, después de haber descansado y haberse alimentado, antes de ir a dormir, la joven fue abriendo su corazón y pudimos ver que había llegado hasta Tábara porque el Camino, había determinado que así lo hiciera.

Nos confesó que era una peregrina veterana, ya había recorrido en tres ocasiones antes el Camino y siempre cuando llegaba a su casa, había un lugar en el que se había detenido que de alguna manera, era ese sitio que recordaría siempre de su Camino y aseguraba que Tábara sería el sitio que recordaría siempre de este Camino.

Inicialmente no tenían previsto haber llegado hasta aquí, en su planificación estaban otras dos opciones, una era Santa Marta de Tera y la otra Mombuey, pero una serie de circunstancias les hicieron detenerse en Tábara.

La joven se encontraba muy cansada y lo que era peor, estaba muy desanimada, este Camino no estaba resultando como los dos habían previsto y en el trayecto desde Zamora, en varias ocasiones se habían planteado llegar hasta donde sus fuerzas se lo permitieran y luego abandonar el Camino y regresar a su país.

Pero, según manifestaba, la estancia en el albergue había sido una suerte para ellos porque habían vuelto a sentir esa hospitalidad que no estaban encontrando en el Camino. Se sentían con nuevos ánimos y habían decidido continuar hasta Santiago porque la ilusión por seguir avanzando había vuelto de nuevo a su estado de ánimo.

Aquellas palabras de la joven me agradaron de una forma especial, porque ratificaban que la filosofía de acogida que se está ofreciendo en Tábara a los peregrinos, es la que estos están buscando en su camino y de nuevo las palabras del viejo volvieron a mi mente, pensando que el Camino es sabio y sabe orientar a quienes más lo necesitan llevándoles hasta el lugar al que tienen que llegar.