almeida – 30 de junio de 2014.

Algunas veces nos sorprendemos de cosas que en circunstancias normales pueden parecernos increíbles. La historia que me contó Paolo, era una bonita historia, aunque lo más interesante fue la forma en la que me la fue narrando.

Siempre me he considerado nefasto para los idiomas, para todos los idiomas, me resulta más fácil entenderme por señas, por eso toda la historia que escuché de labios de Paolo haciéndola en su idioma y a pesar que el castellano y el italiano tienen algunas semejanzas, cuando un italiano se pone a hablar de forma rápida, suele resultar difícil seguir el hilo de la conversación. Mi sorpresa era que estaba comprendiendo todo y en ningún momento llegué a perder el hilo de su historia.

Paolo era un joven bien parecido que llegó a Santuario con algunos más como él, venían varios chicos y chicas, aunque enseguida me dio la impresión que él era quien llevaba la voz cantante.

Como llegaron varios peregrinos de repente y solo disponíamos de una ducha, algunos tuvieron que esperar hasta poder refrescarse y cambiarse y Paolo dejó que fueran los demás los que se fueran duchando, además, no se si Santuario animaba a los peregrinos a abrirse, el caso es que muchos buscaban la compañía del hospitalero para mantener una conversación con él.

Me encontraba sentado a la puerta de Santuario, Paolo cogió una silla y se sentó a mi lado, no hizo falta que yo le preguntara nada, estaba deseando contarme porque se encontraba en el Camino y, como si fuera un torrente, comenzó a contármelo.

Vivía en un pueblo pequeño del sur de Italia y desde el momento en que dejó el colegio, comenzó a trabajar para ayudar en la economía familiar, aunque no descuidó sus estudios ya que consideraba que la formación resultaba fundamental para su futuro.

Entró en un pequeño taller en el que también trabajaba su hermano y cuando salía de trabajar, iba tres horas a un colegio nocturno para terminar sus estudios de grado medio.

Aunque no disponía de mucho tiempo para él, era feliz porque el trabajo le estaba resultando muy agradable y cada día aprendía cosas nuevas.

Cuando la situación económica comenzó a empeorar, un día le llamó el dueño del taller, le dijo que el trabajo estaba disminuyendo y no podía seguir manteniendo a todos los trabajadores, le dolía mucho, pero tenía que prescindir de algunos trabajadores y él era el último que había llegado. Afortunadamente, su hermano siguió conservando su puesto de trabajo.

Como no veía mucho futuro en su pueblo, decidió trasladarse a uno mayor. Con los conocimientos que había adquirido en los casi dos años que estuvo trabajando, unido a las iniciativas que tenía, se lanzó a crear su pequeña empresa y aunque al principio tuvo que trabajar mucho, no solo en el taller, sino también buscando clientes, fue viendo el fruto de su trabajo y antes que pasara un año ya había contratado a dos trabajadores.

Su buen hacer y lo competitivo que era en los precios, fue corriendo de boca en boca y cada vez llegaba más trabajo, lo que le obligó a ampliar la plantilla y el taller, todo estaba saliendo como él había soñado y se sintió satisfecho de su esfuerzo y de su decisión.

En ese tiempo, conoció a una joven de la que se enamoró, era de buena familia y gozaba de una buena posición económica, con el paso del tiempo el padre de su mujer se convirtió en su socio y fueron ampliando los talleres convirtiéndose en una de las empresas referentes en la provincia.

Solo le faltaba para ser completamente feliz lo que siempre había soñado, ese niño que colmaría todos sus sueños y con el que esperaba ir, cuando creciera, a ver todos los domingos los partidos de fútbol del equipo de su ciudad.

Su mujer se quedó embarazada, pero en lugar de ese niño soñado, vino una niña, fue una pequeña decepción, aunque ya tendrían más, pero los médicos que atendieron a su mujer les dijeron que durante el parto habían surgido algunas complicaciones y resultaría peligroso que tuvieran otro hijo, pues podría nacer con problemas que arrastraría toda su vida.

Cada día que pasaba, él quería más a su hija y sabía que iba a llenar su vida, pero no podía descartar de su mente ese niño que tanto deseaba y consultó a los mejores especialistas que pudieran darle una solución, pero como esta no llegaba, se refugió en la fe y con su mujer, un fin de semana, se fueron a Fátima para pedir a la virgen ese deseo que tanto anhelaba.

No sabría como explicarlo, pero había algo en su interior que le decía que podía y debía tener otro hijo, era tal la fe que tenía en ello que convenció a su mujer para que confiara en la providencia ya que en ocasiones cuando se desea mucho una cosa se acaba teniendo y estaba convencido que tendrían un hijo sano que sería lo que les convertiría en los más felices del mundo.

Nuevamente su mujer se volvió a quedar embarazada, en esta ocasión los dos estuvieron pendientes de la evolución que estaba teniendo y no escatimaron ningún medio para que recibiera las mejores atenciones que podían darle.

En las revisiones al ginecólogo, no vieron nada que pudiera alarmarles, aunque hasta que no naciera, no podrían saber si todo había ido como ellos deseaban.

Cuando nació el pequeño y los médicos le confirmaron que se encontraba sano, fue el día más feliz en la vida de Paolo. Lloró y rió cuando abrazaba a su mujer y cuando contemplaba al pequeño en la cuna.

Tenía que agradecer aquella felicidad que le había sido concedida, iría peregrinando a Santiago para dar gracias y en cada una de las iglesias que se encontrara en el Camino encendería una vela para que su luz iluminara a aquella criatura que acababa de nacer.

Fue dando las gracias a todo y a todos, le veían como uno de los peregrinos más felices que había sobre el Camino, al menos, según el entusiasmo con el que manifestaba su historia, con la emoción que lo hacía, contagiaba a quienes le escuchábamos como hablaba de esa felicidad que quería compartir.

Creo que yo también me contagie con su entusiasmo ya que, aunque el fondo de la historia que me estaba contando me resultaba muy emotiva, al hacerlo en su idioma, además que yo comprendiera lo que me estaba diciendo, creo que me llego más la forma en la que lo estaba comprendiendo que el contenido de la historia.