almeida – 03 de febrero de 2017.

Me encontraba en uno de esos albergues en los que la llegada de un peregrino representa todo un acontecimiento, a veces transcurrían hasta siete días sin que llegara nadie a solicitar acogida.

            Era uno de esos caminos que están tratando de resurgir, pero la falta de infraestructuras para los peregrinos, hace que solo unos pocos valientes se atrevan a enfrentarse a la dureza que representa, porque en más de quinientos kilómetros no se encuentran ningún albergue y dependen de la acogida que algunos ayuntamientos le den en lugares que suelen ser utilizados para otros usos diferentes.

            Un día, llegó Valerio, eran las nueve de la noche y antes de traspasar la puerta, me comentó que venía de la estación de tren, esa mañana cuando había comenzado a caminar, después de varias noches durmiendo donde podía, no soportó tener que dormir otra noche más al raso o sobre el cemento de cualquier polideportivo, después de una jornada especialmente calurosa donde ni tan siquiera por las noches descendían las temperaturas para poder descansar del esfuerzo realizado. Por eso, se saltó unas etapas para llegar al albergue y poder descansar esa noche sobre una litera, su cuerpo lo estaba necesitando más que cualquier otra cosa.

            Valerio era uno más de esa larga lista de parados que cada vez es más numerosa en este país y algunos meses atrás, decidió irse al camino, le resultaba más barato vivir en el camino que en su casa y llevaba varios meses recorriendo los caminos menos transitados que hay en la península.

            En algunos lugares llegó a sentir esa hospitalidad espontánea que hay en muchos pueblos que no están acostumbrados a ver pasar por sus calles a los peregrinos y cuando llega alguno, se desviven con las atenciones que le proporcionan lo que hace que el peregrino se llegue a sentir esa persona especial que muchos en alguna ocasión hemos sentido en nuestro interior.

            En uno de estos caminos poco transitados, según una información que le habían proporcionado, en el lugar en el que uno de los días se disponía a terminar una etapa, se encontraba un monasterio. Pensó que allí le darían acogida los monjes y se dirigió hasta él, pensando que al menos esa noche dormiría a cubierto y quien sabe, quizá hasta lo hiciera sobre un colchón.

            Pero la información que le habían proporcionado no debía estar muy actualizada ya que cuando llegó al monasterio, le dijeron que hacía años que los monjes se habían marchado de aquel lugar, ahora era un centro cultural que había puesto el ayuntamiento para realizar en el exposiciones.

            El peregrino vio como los sueños que se había ido formando según se dirigía hacia allí se evaporaron de repente, ahora debía únicamente preocuparse de dónde podía pasar la noche, se imaginaba que una vez más las estrellas serían el manto que otra vez le cubriera mientras dormía.

            Preguntó a las personas encargadas de aquel centro si conocían algún lugar en el que dieran acogida a un peregrino y una de ellas le dijo que conocía un albergue que la comunidad había puesto en funcionamiento hacía unos años y era específico para peregrinos. Aunque no sabía si lo encontraría abierto, como el funcionamiento no era el que se esperaba por los pocos peregrinos que pasaban, había estado cerrado en varias ocasiones, pero tenía la impresión que últimamente alguien lo había retomado y estaba de nuevo en funcionamiento.

            Valerio se dirigió hacia el lugar que le habían dicho, se encontraba en el otro extremo del pueblo y tras preguntar a algunas personas con las que se cruzó en la calle, enseguida dio con él.

            Le extrañó ver a la puerta del albergue un Ferrari, no era un modelo actual, pero al fin y al cabo era un coche de la mítica marca y seguro que más de un coleccionista pagaría un buen dinero por él.

            Le recibió una persona con muy buena presencia y nada más ver al peregrino, sin tan siquiera interesarse por el estado en el que llegaba, le dijo que le costaría veinticinco euros alojarse en aquel lugar.

            Valerio le respondió que no podía pagar la cantidad que le pedía y seguramente aunque pudiera, tampoco lo pagaría ya que se encontraba haciendo una peregrinación y no era un viaje de turismo. Pero como llevaba varios días sin darse un buen baño, le pidió poder utilizar la ducha abonando lo que fuera razonable ya que en esos momentos era algo que necesitaba con gran urgencia.

            Pero, el hospitalero del Ferrari se mantuvo en su postura y le dijo que los servicios solo podían ser utilizados por las personas que se alojaban allí, aunque Valerio que conocía de sobra la soledad de ese camino, pensó que estaría muchos días sin ser utilizado a no ser que se le diera otra utilización diferente a la que fue concebido.

            Se dio la media vuelta y se dirigió hasta el cercano bosque, allí de nuevo recibiría la acogida que la naturaleza nunca le había negado y le estaba proporcionando algunos de los mejores recuerdos que estaban quedando en su mente de ese camino.

            Durante la noche, mientras contemplaba un cielo especialmente estrellado, volvió de nuevo a pensar en los monjes y en el albergue en el que no había podido quedarse y consideró que en esta ocasión el refranero necesitaba un ligero cambio ya que el hábito si hacía al monje.