almeida – 10 de abril de 2015.

                Era lo más parecido a un elefante en el centro de una cacharrería, aquello no pegaba nada con él, ni con su forma de ser y sobre todo, con su estilo de vida, pero, Enriquito se encontraba en el camino. Cuando sus amigos le habían comentado que iban a recorrer un tramo del Camino de Santiago, él que siempre había ido con ellos a todos los lugares que le proponían, sin pensarlo les dijo que les acompañaría.

                Estos, conociéndole, trataron de hacerle desistir de la idea, le conocían lo suficiente para saber que en su ambiente era fácil convivir con Enriquito, pero cuando se le sacaba de su ambiente era un ser extraño que enseguida llamaba la atención y Enriquito era de esos, siempre había sido un niño pijo que además ejercía de ello y le gustaba hacerlo.

                Fue interesándose por las cosas que debía llevar para hacer ese camino, esa aventura que sus amigos estaban dispuestos a recorrer y cuando ya tuvo la lista, se fue a las mejores boutiques de su ciudad para proveerse de las cosas que necesitaba.

                Todo tenía que ser de marca y lo más chic, no podía llevar las mismas cosas que llevaran los demás, siempre se había caracterizado por ser y sobre todo por vestir de forma diferente y en esta ocasión no iba a ser una excepción.

                Cuando sus amigos le vieron aparecer en el lugar que se habían citado para coger el autobús que les conduciría a su lugar de salida, las sonrisas afloraron en las caras de éstos, daba la sensación que iba a un desfile de modelos y era uno de los top que participarían en él.

                Procuraron no hacer muchas bromas sobre lo llamativo que iba, todos los que se encontraban en la estación de autobuses de Pamplona, se fijaban en él porque era imposible no hacerlo y las murmuraciones, allí por donde pasaba eran la tónica general.

                Con sumo cuidado dejó su mochila en el portaequipajes del autobús para que no se rozara con nada ni tampoco se contagiara de los gérmenes que seguro había en las otras, que por su aspecto parecían muy descuidadas y vete a saber lo que llevarían consigo.

                Cuando Enriquito vio la gran sala en la que tenían que dormir con cerca de cien personas más, le dijo a sus amigos que él no podría dormir en aquel lugar, buscaría en alguno de los establecimientos de Roncesvalles una habitación en la que poder estar solo ya que le iba a resultar imposible dormir con tanta gente extraña.

                Como se encontraban en temporada alta, todo estaba ocupado y no le quedó más remedio que acomodarse con sus amigos en aquel infesto cuarto en el que se podía pillar cualquier cosa.

                Esperó a que todos los peregrinos se hubieran ido a la cama y sólo entonces fue hasta el cuarto de baño para asearse en condiciones, no deseaba que los demás pudieran observarle en aquellas tareas tan personales y sobre todo tan íntimas.

                Vestía un pijama de una tela muy fina y suave, era de color azul celeste y destacaba en la oscuridad de aquel lugar como ese faro que en plena noche va guiando a los barcos a la seguridad del puerto.

                Sólo el cansancio, hizo que a las cuatro de la mañana se quedara dormido. Era imposible hacerlo con aquellos ronquidos que se escuchaban por todos los lados y sobre todo con los olores acumulados que había entre aquellas cuatro paredes.

                Cuando al alba, la mayoría de los peregrinos se levantaban de sus literas impacientes por dar comienzo a su camino, el ruido que producían despertó a Enriquito que no le quedó más remedio que levantarse como lo hacían los demás.

                Le dijo a sus amigos que les esperaba en el bar tomando un café, estos se miraron, pero no le dijeron nada, sabían que el bar a esas horas se encontraba cerrado por lo que le esperaron a la entrada del albergue viendo que regresaba bastante contrariado por no haber podido desayunar como era su costumbre nada más levantarse de la cama.

                Comenzaron a caminar siguiendo a los demás peregrinos, iban por un sendero lleno de árboles y con abundante vegetación. Parecía que a Enriquito le gustaba el aire que se respiraba en aquel sitio porque iba absorto en lo que la naturaleza le estaba ofreciendo a sus ojos y daba la impresión que lo hacía bastante contento.

                Caminaba tan despreocupado observando todo lo que le rodeaba que se olvidó del camino que estaba haciendo y cuando el sendero se adentró por un prado en el que pastaban las vacas, no se percató que unos minutos antes uno de los animales había evacuado todo lo que tenía en sus intestinos y pisó de lleno en aquella boñiga tan reciente. La reluciente zapatilla de marca, se había convertido en una masa viscosa y desagradable, ni tan siquiera la hierba que había a su alrededor pudo conseguir desprender todos los excrementos que se habían adherido al cuero de la zapatilla. Metió el pie en el agua de un riachuelo, pero tampoco ésta conseguía desprender toda la mugre que ahora llevaba en su pie y el aroma que desprendía por momentos le dio la sensación que en cualquier momento iba a marearle.

                Decidió no seguir por el camino que iban los demás, estaba demasiado sucio para él, iría caminando por el arcén de la carretera, de esta forma evitaría todas las cosas desagradables que había en el camino.

                Las zapatillas que llevaba, había querido estrenarlas en el camino, por eso no se las había puesto antes y enseguida fueron horadando sus pies causándole unas ampollas que le impedían caminar con normalidad.

                Cuando llegó la hora de la comida, buscó un restaurante donde poder comer, pero en el pueblo en el que se encontraba no había ni un solo bar, a ocho kilómetros había un pueblo más grande en el que podría hacerlo, pero eran ya las dos y media y no llegaría hasta las cinco por lo que como no podía estar sin comer, buscó un taxi que le llevara.

                Tampoco este pequeño pueblo disponía de ese medio de locomoción y no le quedó más remedio que ponerse en el arcén de la carretera a hacer auto stop y no pasó más de media hora hasta que una furgoneta se detuvo. Le explicó su problema al joven que llevaba la furgoneta y éste se ofreció a llevarle. Para dejar la mochila, tuvieron que hacer sitio en la parte trasera de la furgoneta que se encontraba llena de jaulas en las que había gallinas que el joven llevaba a una granja de su propiedad.

                A pesar de abrir la ventanilla y sacar a través de ella la cabeza, el aroma que procedía del interior de la furgoneta era nauseabundo y estuvo a punto de causarle el vómito, pero aguantó como pudo los diez minutos de un viaje que le estaba resultando insoportable.

                Cuando llegó al pueblo se dirigió directamente al restaurante, pero era lunes y ese día era la jornada de descanso de los trabajadores, se encontraba cerrado y no había otra opción en aquel pueblo.

                Estaba a punto de desmayarse, el esfuerzo que había realizado y la falta de reponer las energías que había perdido le estaban pasando una factura que en ningún momento pensó que tenía que pagar.

                Desanimado, continuó caminando, las ampollas se iban haciendo cada vez más grandes y al pisar de forma desacostumbrada, el esfuerzo que estaba haciendo iba repercutiendo en cada uno de los músculos y articulaciones de su cuerpo.

                Cuando por fin llegó al pueblo en el que había quedado con sus amigos, éstos le estaban esperando a la puerta del albergue, no les veía con buenas caras por lo que Enriquito pensó que había ocurrido algo.

                Estos al verle llegar, salieron a su encuentro y le dijeron que en el albergue había sitio, no se dejaba a ningún peregrino sin un lugar para poder descansar, pero las literas estaban ya ocupadas y solo habían conseguido un espacio en una gran sala en la que dormirían dos docenas de peregrinos, pero había que hacerlo en el suelo, sobre una esterilla.

                Aquello ya estaba siendo demasiado, el sueño tan romántico y aventurero que Enriquito se había formado sobre esta ruta, se estaba convirtiendo en una pesadilla insoportable, no era en absoluto lo que se había imaginado y mucho menos estaba encontrando esa magia de la que algunos hablaban.

                Decidió llamar a la ciudad para que un taxi viniera a recogerlo, aquello no estaba hecho para él y desentonaba en cada una de las cosas que hacía, por lo que lo mejor era marcharse de aquel lugar.

                Sus amigos respiraron aliviados, era mejor así, ya que de lo contrario iba a convertirse en un camino insoportable para los demás.

                En una papelera de la estación tiró las zapatillas con la mugre que llevaba una de ellas y se calzó unas sandalias que tenía para los momentos de descanso y con su equipación completamente nueva, casi sin estrenar, regresó a su casa de donde no debía haber salido para una aventura que no estaba pensada para él.