almeida – 9 de abril de 2015.

manoperapluma

                El viejo hospitalero, observaba con atención a aquella peregrina que había llegado unas horas antes al albergue. La primera impresión, era que parecía una joven muy amable por la forma en la que se había comportado nada más llegar, pero cuando te fijabas con detalle, en su rostro se reflejaba una gran tristeza que las sonrisas algo forzadas que de vez en cuando mostraba, no podían borrar esa pena con la que en ocasiones se recorre el camino y que mientras no se consiga echar fuera, seguirá haciendo esa labor de desgaste permanente en el ánimo de quien la padece.

                Se había sentado en uno de los bancos del patio, había elegido el que se encontraba más alejado de la puerta en la que se concentraban la mayor parte de los peregrinos, daba la impresión que no deseaba mezclarse con el resto de los que habían llegado ese día, que alegremente compartían las sensaciones que esa jornada habían tenido en su camino.

                Desde el interior del albergue, el hospitalero observaba a través de los cristales, la blanca y casi transparente cortina le protegía ofreciéndole esa seguridad de quien no quiere ser visto mientras se encuentra observando a los demás.

                Siempre hay alguien especial, que por alguna extraña razón, llama la atención de quien se encuentra allí para ayudar a los demás y sobre todo, para intentar reconfortarles en esos momentos en los que se agradece enormemente una palabra cariñosa o un gesto que te permita, aunque solo sea por unos instantes, alejar de tu mente los pensamientos que la están oprimiendo.

                La peregrina miraba al frente, hacia donde se encontraba la mayoría de los recién llegados, pero daba la sensación que su mirada se encontraba perdida, a pesar de la distancia que había entre ellos pudo percibir que apenas pestañeaba y solo cambiaba de postura cuando metía la cabeza entre sus manos y permanecía de esa forma durante largos minutos.

                El viejo, sabía casi siempre como tenía que actuar en estas ocasiones tan especiales, no era necesario ser el que provocaba ese momento que siempre acababa por producirse y si esto no ocurría era porque no era el momento para que quien estaba sufriendo abriera su corazón a los demás.

                Pasaron varias horas y la joven permanecía inmóvil en el mismo lugar que había ocupado nada más llegar al albergue y cuando la constante llegada de peregrinos comenzó a espaciarse, el hospitalero se tomó ese descanso que también él necesitaba y salió al jardín sentándose en uno de los bancos que se encontraban libres muy cerca de la joven.

                La larga barba y con un tono plateado muy intenso, le conferían ese halo de la sabiduría, parecía una de esas personas que no solo ha visto muchas cosas en su dilatada vida, sino que de cada una de ellas, ha sabido extraer alguna enseñanza que le convertían en ese ser que tiene respuestas para casi todo.

                Así permanecieron largos minutos hasta que la joven decidió acercarse hasta el banco en el que el viejo se encontraba y fueron hablando de cosas superfluas, de esas que se suele hablar cuando no se tiene nada importante que decir, pero ella sí que tenía algo importante aunque no se atrevía a hacerlo, no había hablado con nadie de ello, pero algo en su interior le decía que ahora podía ser el momento de hacerlo, porque aquel hombre le inspiraba esa confianza necesaria para compartir las cosas más íntimas, inspiraba no sólo confianza, también se podía percibir que era una de esas personas que sabían comprender las situaciones más difíciles.

                Cuando el viejo se interesó por el camino que estaba realizando y lo que éste la estaba aportando, la joven le respondió que la soledad le estaba ayudando a ponerse en paz consigo misma, pero no llegaba a encontrar esas respuestas que estaba buscando desde que comenzó a caminar.

                -Igual es porque no sabes cómo ni donde tienes que buscarlas.- le dijo el viejo.

                -Las he buscado en todos los lados, los primeros días me juntaba con otras personas, a ver si ellas me ayudaban, pero creo que voy a terminar el camino sin poder encontrarlas.

                -Generalmente – dijo el viejo en un tono muy pausado – las respuestas que buscamos no se encuentran tan lejos de donde nos encontramos y en la mayoría de las ocasiones, no es necesario que las busquemos cada día, porque éstas se encuentran en nuestro interior, solo es necesario que nos abramos a nosotros mismos para poder encontrarlas.

                -Pero, – dijo ella con unas palabras que sonaron muy tristes – es que yo tengo una gran pena y creo que va a ser muy difícil que encuentre remedio a lo que no me deja vivir en paz, ya estoy perdiendo hasta la esperanza que en algún momento llegué a concebir.

                -Creo que lo que tienes es una pena que llevas encima mucho tiempo, las penas, son casi todas iguales o muy parecidas, aunque a nosotros nos parezca que la nuestra es diferente a las demás, es el tiempo el que hace que vayan creciendo.

                -No comprendo – dijo la joven – no se pueden comparar unas penas a otras, hay algunas que nos afectan mucho más que otras.

                -¿Estás segura de lo que dices?, no será que la llevas en tu interior desde hace mucho tiempo y la vas alimentando cada día haciendo que crezca.

                La joven no comprendía las palabras que el viejo le estaba diciendo, por momentos pensó que se había equivocado al formarse una opinión de aquel hombre y esa sabiduría que le pareció haber percibido en él, se estaba evaporando con lo que le estaba diciendo.

                El hospitalero al ver la duda que sus palabras habían tenido en la joven, se levantó del banco y se dirigió a uno de los árboles de donde cogió una manzana y luego fue hasta otro lugar en el que las palomas se posaban todas las tardes y tras mirar en el suelo, cogió algo y regreso de nuevo hasta el banco.

                Puso encima de la mesa la manzana y una pluma que alguna de las aves había perdido y la joven miraba sorprendida lo que el viejo estaba haciendo, hasta que éste comenzó de nuevo a hablar.

                -Si yo te preguntara cuál de estas dos cosas pesa más, ¿Qué me dirías?

                -¡Esta muy claro! – respondió la joven, pesa mucho más la manzana, a simple vista se ve, la manzana tiene una masa de la que la pluma carece, la pluma no tiene peso, se la lleva el viento, mientras que por mucho viento que haga, la manzana no se moverá de donde se encuentra.

                -¡A ver, coge la manzana!

                La joven tomó en su mano la manzana y sopesó calculando cuanto podría pesar, aunque no le dijo nada al viejo.

                -¡Ahora coge la pluma!

                Ella, sin comprender cogió la pluma, mientras le observaba un tanto atónita al viejo.

                -¡Sigues pensando lo mismo!

                -¡Pues claro! – afirmó la joven, no tiene ni punto de comparación.

                La manzana la has cogido en tu mano unos instantes y no te ha pesado nada y con la pluma has hecho lo mismo y has comparado el peso de una y de otra y no has tenido ninguna duda. Ahora, si yo te dijera que sujetaras la pluma como lo has hecho durante un día entero o dos días, irás viendo que cuando pasen unas horas, te comenzará a entrar un hormiguillo en la mano, luego comenzara a cansarse de sujetar la pluma y cuando pasen muchas horas sujetar la pluma se te hará insoportable, no solo te cansarás de estar sosteniéndola, también acabarás por sentir el peso que tiene, aunque éste sea minúsculo.

                Aplica esto a un problema, este puede ser tan grande como la manzana, pero si te desprendes enseguida de él, apenas habrás notado su peso, en cambio, un problema pequeño, insignificante, si no consigues dejarlo atrás seguirá pesándote cada vez más y lo convertirás en algo muy importante.

                Piensa en ello – dijo el viejo – y verás como la respuesta que estás buscando solo tú eres quien conoce la respuesta y cuanto antes lo hagas, más pronto te llegará esa paz que tanto estás buscando.

                La joven, supo en ese momento que había encontrado el camino que estaba buscando y aunque en algunas ocasiones se llegó a sentir perdida, había hallado esa respuesta que tanto estaba tratando de encontrar.