almeida –12 de febrero de 2015.

Generalmente, las cosas que son habituales en nuestra vida, suelen ser aquellas a las que menos atención solemos prestarles. Cuántas veces hemos pasado por esos lugares que para nosotros

son muy cotidianos y acostumbrados a su presencia diaria apenas recabamos en ellos y solo cuando alguien que las ve por primera vez nos habla maravillas de aquel lugar, es cuando le prestamos más atención y las vemos de una forma diferente.

                Algo parecido me ha ocurrido a mí. La primera vez que tuve contacto con el camino, fue cuando estaba próximo a cumplir los cincuenta años, hasta ese momento veía el camino como algo que estaba concebido para las personas muy devotas y cuando ponían sus pies en él lo hacían con una devoción que yo estaba convencido que no tenía.

                Pero cuando sentí la magia que desprende el camino, se introdujo en mí con tal fuerza que ya no concebía pasar más de un año sin sentir las sensaciones que el camino me tenía reservadas.

                Cada vez más, me fui interesando por esas historias que los peregrinos contaban y cuando no lo hacían, yo les provocaba para que las compartieran conmigo, todas me parecían muy entrañables y disfrutaba escuchándolas y luego escribiendo sobre ellas para compartirlas con otros peregrinos.

                A veces, me preguntaban desde cuándo era peregrino y yo les respondía que fue algo que se produjo demasiado tarde, me hubiera gustado conocer antes el camino para poder disfrutar más de todo lo que me ha estado aportando y espero que seguirá haciendo todavía mucho tiempo más.

                Pero en una ocasión que mi hermano me escuchó este comentario, me corrigió y me dijo que yo ya era peregrino antes de nacer, tenia ese título que me acompañaría el resto de mi vida.

                Al principio no le comprendí, pero enseguida me di cuenta que era verdad, estaba convencido que cuando me empecé a gestar en el vientre de mi madre, ya algunas personas cuando le preguntaban por lo que se estaba desarrollando en su interior, le preguntaban que como se encontraba el peregrino y ella le decía las sensaciones que estaba teniendo con mi gestación.

                Desde muy pequeño, me acostumbré a que me llamaran el pelegrino, no decían peregrino como se escribe habitualmente, supongo que fue un vicio que fue cogiendo la palabra, hasta que todos se acostumbraron a pronunciarla de esa manera, pero yo lo asumía ya que a toda la familia nos llamaban de la misma forma y debí pensar que era una palabra que nos distinguía a toda la rama de la familia materna.

                Yo, buscando historias de peregrinos y resulta que yo tenía una historia interesante también que contar y sobre todo que compartir con los demás.

                Después de la observación que me hizo mi hermano, traté de indagar un poco más sobre este apelativo que nos distinguía a toda la familia en el pueblo donde había nacido.

                Me comentaron que hace muchos años, algunos dicen que por lo menos doscientos y hay quien asegura que todavía son más, en una pequeña aldea de Galicia, vivía una familia de campesinos con sus hijos.

                Según éstos se fueron haciendo mayores, cada uno de ellos fue buscándose la vida, solo el primogénito permanecería en la casa familiar y los demás, llegado el momento tendrían que abandonarla.

                Unos se casaron en la misma aldea o en las aldeas cercanas y se fueron a vivir fuera de lo que hasta entonces había sido la vivienda familiar, pero una de las hijas, seguramente la más aventurera de todas, decidió marcharse de aquellas tierras, se iría hasta Castilla donde según los comentarios que tenía de otras personas había más posibilidades de prosperar.

                Sin pensarlo dos veces, en un hatillo metió todas sus pertenencias y abandonó la aldea que hasta aquel momento había representado todo su universo, sabía que el destino proveería y ella estaba convencida que tenía marcado el suyo y éste se encontraba en otras tierras en aquel momento desconocidas para ella.

                Fue deambulando de pueblo en pueblo, en algunos se quedaba unos días o unas semanas, hasta que conseguía lo necesario para seguir adelante y entonces iba en busca de nuevos horizontes.

                Así se paso al menos dos años, sin un rumbo fijo hasta que llegó a un pequeño pueblo de Zamora donde también decidió quedarse unos días para proveerse de lo necesario que la permitiera seguir adelante. Pero su destino se encontraba en ese pequeño pueblo donde conoció a un joven con el que enseguida supo que tendría que compartir el resto de su vida y ya su horizonte se vio limitado a lo que podía ver desde aquel lugar ya que su afán viajero y de aventura parece que se detuvo en aquel lugar.

                Los dos jóvenes se casaron y fueron teniendo el fruto del amor que se tenían con numerosos hijos que fueron llenando la casa en la que habitaban.

                Pero aquella madre que se quedó en la aldea de Galicia añoraba a sus hijos y sobre todo echaba de menos a la hija que un día se marchó de casa y de la que no había vuelto a saber nada con el paso de los años y no deseaba morirse sin conocer cuál había sido su destino y poder abrazarla una vez más.

                Cuando esa madre enviudó, ya no le quedaba más ilusión que ese encuentro por el que tantas noches había soñado y fue elaborando un plan, también como su hija debía tener algo de aventurera, porque ya con una edad avanzada les dijo a sus hijos que partiría en busca de su hija, no podía dejar este mundo con la angustia de saber algo de ella y sobre todo, poder darle ese abrazo con el que tantas noches había soñado.

                Trataron de hacerla desistir de su idea que a todos les pareció descabellada, era muchos años los que habían transcurrido y nadie podría darle referencias de ella, sería un tiempo empleado en vano, pero a esa madre lo que le sobraba cada día era tiempo, aunque sabía que ya no le quedaba mucho para encontrarse de nuevo con el creador y no hizo caso a todos los consejos que le daban para que abandonara su idea.

                Por todos los pueblos por los que iba pasando, preguntaba si en alguno de ellos recordaban el paso, años atrás, de su hija y en la mayoría las respuestas que iba escuchando eran negativas, pero eso no desanimó a aquella mujer que continuó adelante, había algo en su interior, ese instinto materno que la decía que lo que estaba haciendo era lo correcto y para ella, eso era suficiente.

                Cuando llevaba varios meses en su especial peregrinación, en uno de los pueblos por los que pasó, coincidió con un hombre mayor que recordaba a aquella joven ya que estuvo trabajando en su casa durante unas semanas, estuvieron hablando del destino al que se dirigía y aunque éste era incierto, el hombre le dio algunas recomendaciones de los sitios a los que podía haber ido, recordaba que estuvieron hablando de Salamanca donde el hombre tenía unos familiares y le dio referencias suyas por si podía necesitar recurrir a ellos.

                Aquella conversación y ver que estaba en el buen camino parece que dio nuevas fuerzas a aquella mujer y aunque su ánimo apenas había decaído, ahora cobraba nuevos impulsos para seguir adelante.

                Fue siguiendo el itinerario que el hombre le dijo que había estado hablando con su hija y decidió dirigirse a aquel pueblo de Salamanca en el que éste la había dicho, ahora ya contaba con una referencia a la que poder poner como su horizonte, la seguiría y que fuera lo que el destino quisiera.

                Cuando se encontraba en el pueblo al que su hija había llegado años antes y en el que definitivamente se quedó, la mujer llego a una posada, se detuvo allí únicamente para descansar un poco ya que pensaba seguir adelante, ese no era el lugar al que ella se dirigía y todavía ese día tenia pensado seguir caminando al menos cuatro o cinco horas más, hasta el siguiente pueblo donde calculó que llegaría una hora antes que se pusiera el sol.

                El posadero, al ver a aquella mujer que estaba sola y parecía bastante fatigada, se interesó por su estado y ésta le contó la aventura que estaba realizando y cómo se dirigía a un pueblo de Salamanca donde esperaba reencontrarse con su hija.

                Aquella historia no le resultó desconocida al posadero ya que años atrás también había llegado una joven que finalmente se quedó en el pueblo y así se lo dijo a la mujer, que por la fecha que le comentaba podía ser perfectamente esa hija que ella estaba buscando.

                El posadero acompaño a la mujer a la casa en la que vivía la joven y al verse de nuevo después de tantos años, tras un grito de sorpresa que alarmó a todos los que se encontraban en los alrededores, se fundieron en un prolongado abrazo. Nadie se atrevía a separarlas ya que la emoción se palpaba en el ambiente. Las dos mujeres abrazadas, unas veces reían y otras lloraban, pero se las veía muy felices por aquel reencuentro.

                La joven no permitió que su madre volviera de nuevo a su tierra y la acogió en su casa donde vivieron hasta que al cabo de unos años la mujer falleció.

                Aquella historia que enseguida se supo no solo en el pueblo, sino también en los pueblos más cercanos, corrió como un reguero de pólvora y en estos pueblos viejos castellanos donde cualquier acontecimiento o detalle de una persona es la simiente necesaria para que sea bautizado de nuevo, a la oven comenzaron a llamarla la peregrina y todos sus descendientes fueron heredando ese apodo y supongo que nuestros descendientes también lo heredarán, al menos los míos estoy seguro que lo tendrán ya que además de la herencia familiar mi devoción por el camino, si no lo hubiera tenido antes, seguro que me bautizarían ahora con él y ya se sabe, hay cosas que aunque no se quiera forman parte de la genética familiar y los apodos aunque no se ha certificado que se encuentren en los genes, también se transmiten de una generación a otra.