almeida – 21 de enero de 2015.

bordon2

Enrique, llevaba mucho tiempo preparándose para hacer el Camino de Santiago. Desde la primera vez que oyó hablar a un amigo sobre esta milenaria ruta, se había convertido en una obsesión para él y tenía la sensación que no iban a llegar nunca las ansiadas vacaciones para poder ver cumplida esta ilusión.

Desde el mismo instante que decidió recorrer el camino, se fue proveyendo de todo lo que iba a necesitar para hacerlo. Además de preguntar a sus amigos sobre las cosas necesarias, se fue informando a través de algunos foros de Internet de lo que aconsejaban llevar y con paciencia, fue haciendo varias listas y aquellas cosas en las que había coincidencia, las fue dando como buenas y las fue poniendo en su lista.

Se dejó aconsejar por los que él consideraba veteranos y tuvo especial cuidado a la hora de elegir las botas que calzaría y la mochila en la que llevaría sus cosas, eran dos de los elementos mas importantes y como no quería que nada saliera mal y sobre todo no deseaba tener ningún percance, adquirió las que dentro de sus posibilidades le parecieron las mejores.

Ya tenía todo su equipo preparado, solo faltaba que llegara el fin de semana para desplazarse hasta Roncesvalles donde comenzaría a dar sus primeros pasos.

decidió esos días ir despidiéndose de sus amigos y entre ellos quedó también con Felipe, aquel que le había aconsejado hacer el camino, el que le metió el gusanillo en el cuerpo, así le daría los últimos consejos ya que Felipe había realizado el camino en tres o cuatro ocasiones.

Cuando llegó a la cafetería en la que habían quedado, Felipe se encontraba con un palo muy grande, al menos tenia dos metros de largo y un diámetro de cinco centímetros, parecía muy robusto y con una navaja se habían puesto algunos adornos en la madera.

-Este es mi bordón – dijo Felipe nada mas ver a su amigo – me lo regalaron cuando hice mi primer camino y me ha acompañado en todos los que he realizado, ahora quiero que lo lleves tú, te vendrá bien para ayudarte a dar impulso en algunos momentos cuando veas que las fuerzas comienzan a flaquear.

-Gracias – dijo Enrique – te lo devolveré cuando regreses.

-No es necesario – respondió Felipe – a mi ya me ha hecho el servicio que tenia que hacer, ahora es tuyo y haces con él lo que quieras, no tienes que devolvérmelo, como ves, grabé en su día mi inicial con la navaja, ahora he puesto una E, o sea que es tuyo y sabrás que es lo mejor que puedes luego hacer con él.

Cuando se despidieron, Enrique cojió el largo palo y con dificultad lo introdujo en su coche, pensó que aquello que no había previsto mas que un elemento de ayuda iba a ser un estorbo, él había adquirido un moderno bastón desplegable que le parecía más cómodo, pero aquel palo, seguro que le ponían pegas en el autobús para llevarlo.

Decidió meditar si llevarlo o como había previsto utilizar el bastón extensible ya que era menos engorroso y sobre todo pesaba mucho menos.

Dejó el bordón en la sala, al lado de la mochila y las cosas que tenía preparadas para hacer su camino, era tan enorme que destacaba sobre todo cuanto le rodeaba.

Cuanto más lo miraba, mas decidido estaba a dejarlo en casa, pero había algo en aquel bordón que lo hacia diferente, además de las iniciales de Felipe y la suya, tenia grabado lo que parecían unas hojas y una especie de sendero en el que no ponía nada, solo había un punto al inicio y otro al final.

Ahora comenzaba a parecerle hermoso, la reticencia inicial fue desapareciendo y poco a poco se fue decidiendo a que el bordón fuera ese compañero de camino que iba a tener.

Cuando comenzó a caminar, enseguida se dio cuenta de las virtudes de aquel bordón, en las cuestas le ayudaba a impulsarse y en los descensos frenaba su ritmo, también cuando debía superar algún desnivel en el camino, una zanja o cualquier otra incidencia, apoyando con fuerza el bordón en el suelo se daba el impulso necesario para superar cualquier irregularidad del terreno.

Enseguida, Enrique se dio cuenta de las ventajas que le proporcionaba aquel bordón y ya no comprendía el camino sin su ayuda, lo mimaba como hacía con sus pies y siempre al llegar a los albergues lo dejaba al lado de la mochila, no quería que nadie se encaprichara de él y le privara de su compañía.

En ocasiones, cuando se detenía a descansar, sacaba de la mochila su navaja y mientras contemplaba lo que había a su alrededor, casi de forma inconsciente iba rascando la madera confeccionando bonitas tallas que iban decorando el bordón haciendo que destacara sobre todos los que los demás peregrinos llevaban.

Se había acostumbrado tanto a él y estaba tan contento con el servicio que le estaba prestando que en muchas ocasiones cuando coincidían varios peregrinos, al ver que alguno observaba su bordón, él presumía alabando sus virtudes y sobre todo contaba lo que le había ayudado en su camino.

Muchas veces, pensó en el bastón desplegable y se alegraba de haber tomado la decisión de haberlo dejado en casa y llevar el regalo que le había dado Felipe.

Cuando llego a su destino, al entrar en el albergue, vio junto a la puerta un gran recipiente elaborado con mimbre en el que había más de dos docenas de bordones y un cartel en el que ponía “deja tu bordón si ya no lo vas a utilizar para que sea utilizado por otro peregrino”.

Pero Enrique no estaba dispuesto a dejarlo, le había sido de tanta ayuda que no imaginaba hacer otros caminos sin su inseparable compañero.

Pero mientras estaba en el albergue, fue pensando como aquel bordón había ayudado primero a Felipe y luego le había ayudado a el y creyó que era injusto que no pudiera servir a otros peregrinos e incomprensiblemente para él, algo le decía que debía dejarlo allí y cuando salió del albergue, aunque le dio la impresión de que su mente se encontraba en blanco, inconscientemente se dirigió hacia el cesto de mimbre y dejo allí su bordón.

Cuando regresó a su casa, volvió a estar con Felipe para contarle su camino y cuando le comentó lo que había hecho con el bordón que le había regalado, en contra de la reprimenda que esperaba recibir, su amigo le comento:

-Es lo mejor que podías haber hecho, ese bordón es especial y seguro que como a nosotros nos ha ayudado, también lo hará con otros peregrinos.

Enrique no sentía remordimiento por lo que había echo, pero en ocasiones echaba de menos su bordón, sobre todo cuando volvía al camino, a pesar de los bordones que llevaba en cada ocasión, algunos similares al primero, ninguno le volvió a parecer igual, pero en cada camino, el bordón que llevaba hacia su cometido y Enrique agradecía la ayuda prestada y como había hecho la primera vez, a pesar de la reticencia inicial, acababa dejando su bordón en el albergue para que fuera utilizado por otros.

Con el paso del tiempo, Enrique fue alternando el camino con sus colaboraciones en los albergues, le gustaba ayudar a los peregrinos y se sentía feliz haciendo esta labor.

Cada peregrino que llegaba al albergue en el que se encontraba Enrique, antes de cumplimentar el registro, complacía al hospitalero mostrándole su bordón, ya se había convertido en una costumbre y según lo sostenía en su mano iba percibiendo las virtudes de aquel palo tan importante para los peregrinos.

Un día, accedió al albergue un peregrino de complexión fuerte, enseguida los ojos de Enrique se dirigieron al bordón que llevaba en su mano derecha y reconoció a su compañero del primer camino. Se levantó de la silla y ante la incredulidad del peregrino cojio el bordón como si se tratara de un viejo amigo y solo le faltó acariciarlo.

Lo observo y se percató que era algo mas corto que cuando él lo dejo, el constante golpear en el suelo había ido mermando su largura, pero era lo mismo que él recordaba, aunque se encontraba mas decorado y debajo de las iniciales de Felipe y la suya había otras siete letras. Siete peregrinos más lo habían llevado de compañero en su camino.

El peregrino miraba extrañado como el hospitalero casi hablaba con su bordón y Enrique se dio cuenta de ello y le explicó la historia de aquel bordón, como él lo dejo tiempo atrás en el albergue de Santiago y ahora de nuevo volvía a el.

El peregrino le dijo que se lo había encontrado en un albergue de la Rioja y lo había cogido, pero estaría encantado de dejárselo ya que el finalizaba allí su camino.

Enrique le dijo que no era necesario, ya que cuando se desprendió de él lo hizo para que sirviera a otros peregrinos y por lo que veía en los cambios que había experimentado, había servido de compañero a buen numero de peregrinos.

A la mañana siguiente, cuando todos los peregrinos hubieron abandonado el albergue y Enrique se dispuso a hacer la limpieza, en la puerta del albergue estaba el bordón que había dejado el peregrino, ahora serviría de nuevo a Enrique ya que le quedaban dos días para finalizar como hospitalero y cuando dejara el albergue, lo haría caminando hasta Santiago y como aquella primera vez, lo haría en la compañía de ese compañero al que tanto había echado de menos y con el que se había reencontrado después de tanto tiempo.