almeida – 18 de abril de 2015.

mochilas

                Si algo diferencia al camino, es que todos, la primera vez que ponemos nuestros pies en él, somos auténticos novatos, pero cuando terminamos la primera jornada ya nos convertimos en expertos veteranos. Vamos asimilando enseguida todo lo que el camino nos va ofreciendo y enseguida nos comportamos como si fuera algo a lo que estamos muy habituados.

                Me comentaban que en una ocasión fueron al camino un grupo de cinco amigos que deseaban pasar unas vacaciones juntos y como disponían de pocos medios, pensaron que en el camino encontrarían esos lugares en los que tenían asegurado un techo y en algunas ocasiones incluso la comida.

                Uno de ellos que era el que había propuesto a los demás este tipo de vacaciones baratas, se había encargado de hacer el programa que los demás seguirían. Había buscado en todas las guías que hay en Internet aquellos lugares en los que se acogía a los peregrinos por un donativo para el mantenimientos de los albergues y de forma excepcional, también había algunos sitios en los que les facilitaban el desayuno y hasta la cena y no les cobraban nada y si no era así, ese día se lo pasaban con un bocadillo o con lo que otros dejaban en los albergues para no llevar peso.

                Solo había un problema, había muchos peregrinos en el camino, en las fechas veraniegas, muchos pensaban como ellos y los albergues tenían una capacidad limitada y generalmente estos lugares enseguida se llenaban. Pero para cualquier problema siempre hay una o varias soluciones y en este caso era tan fácil como llegar los primeros, de esa forma tenían asegurado el sitio y sobre todo la comida.

                Para este grupo, no representaba ningún problema ser los primeros en llegar, eran jóvenes y se encontraban en buenas condiciones físicas, además, saliendo los primeros del albergue, pocos podían adelantarles.

                No obstante, como había algunos albergues intermedios, comenzaron a madrugar, dos o tres horas antes que se comenzara a ver ya estaban caminando, de esa forma, cuando otros llevaban unas horas de camino, ellos ya se encontraban en su destino.

                En ocasiones a las diez de la mañana, cuando en el albergue en el que pensaban quedarse no había terminado la limpieza, sus mochilas ya se encontraban haciendo cola en la puerta del mismo. No les importaba esperar tres o cuatro horas hasta que abrieran, ellos eran los primeros y nadie iba a quitarles esa litera en la que se pasarían durmiendo toda la tarde.

                Se fueron dando cuenta que la mayoría de estos albergues eran religiosos, se encontraban en parroquias o en locales parroquiales y en una ocasión que les preguntaron por las motivaciones de su peregrinación, el que llevaba la voz cantante, con una rapidez de reflejos que asombró a los demás, manifestó que lo hacían por unas profundas creencias religiosas y como en el camino había algunos albergues parroquiales, solo deseaban ser acogidos en estos lugares donde de alguna manera llegaban a sentir más su peregrinación.

                Cuando llevaban algo más de una semana de camino, sabían todos los trucos que algunos emplean y el de la motivación religiosa les estaba funcionando a las mil maravillas por lo que se convirtió en su primer argumento ya que les funcionaba a las mil maravillas.

                Un día llegaron excesivamente pronto a uno de esos albergues en los que se encontraba un viejo hospitalero que estaba ya muy curtido porque había visto todas las situaciones que pueden darse en el camino y sobre todo, conocía todas las excusas imaginables.

                Todavía se encontraba realizando la limpieza cuando escuchó en el exterior a un grupo de personas y salió para ver si necesitaban alguna cosa.

                -Buenos días peregrinos – dijo el viejo hospitalero – ¿Queréis sellar o necesitáis agua?

                -No – dijo el que llevaba la voz cantante – nos vamos a quedar en el albergue.

                -Como que os vais a quedar si todavía no son las diez – dijo el viejo – el día es todavía muy largo y con lo jóvenes que sois, seguro que aun podéis caminar cuatro o cinco horas.

                -Si – aseguró uno de los peregrinos – pero queremos quedarnos en este albergue.

                -¿Y eso por qué? – dijo el viejo sin comprender que alguien renunciara a disfrutar del camino lo que le quedaba de día.

                -Porque más adelante, quedan muchos kilómetros para llegar a otro albergue religioso.

                -¡Ah, entonces hacéis el camino por una motivación religiosa! – dijo el viejo.

                -así es – respondió el peregrino – tenemos unas profundas creencias y deseamos sentir la espiritualidad que se respira en estos sitios.

                -Eso me gusta – dijo el viejo dejando la fregona en el cubo, no os quedéis en la puerta y pasar que para los buenos cristianos esta puerta nunca está cerrada.

                Los peregrinos se miraban de una forma picarona y cómplice, les estaba saliendo mejor de lo que esperaban ya que no tendrían ni tan siquiera que esperar a la puerta, podrían coger ya la litera y descansar más que otros días.

                -Dejar aquí las mochilas, no estéis cargados con ellas – dijo el hospitalero – y venir conmigo, así disfrutaremos todos y no estaré solo.

                Les fue conduciendo hasta la parte alta del albergue en donde había una pequeña capilla en la que reunía por las noches a los peregrinos para revisar y meditar sobre el camino y les pidió que entraran dentro.

                -Que ilusión me hace – dijo el viejo .- me disponía a hacer las oraciones de la mañana, las que siempre hago cada vez que termino la limpieza pero siempre las hago solo y en esta ocasión voy a estar acompañado por verdaderos cristianos que sienten espiritualmente el camino.

                Las caras de los jóvenes fueron cambiando, ya no mostraban la sonrisa con la que accedieron al albergue. Según iban entrando en la capilla, el viejo les entregaba un libro que recogía las oraciones de todas las horas del día.

                Esa mañana, el viejo alargó excesivamente sus oraciones, las que normalmente duraban media hora, ese día se extendieron a dos horas y fue haciende que unas veces uno de los peregrinos y otras todos fueran rezando en voz alta cada una de las oraciones que había en aquel grueso libro fotocopiado.

                Casi a las doce, dio por finalizada la oración y cuando iban saliendo de la capilla, las caras de los jóvenes contrastaban con la del viejo que era ahora quien sonreía de una forma casi descarada.

                La lección que aprendieron los peregrinos fue de esas que les convierte en más veteranos, al menos a la mañana siguiente, no fueron los primeros en abandonar el albergue y salieron a caminar cuando ya era de día.