almeida – 22 de abril de 2015

gorra

Rosa, llevaba varios años en los que estaba madurando la idea de recorrer el Camino de Santiago, era un sueño que tenía desde hacía mucho tiempo, pero cada vez era mayor su deseo de verlo cumplido porque se estaba llegando a convertir en una obsesión.

                Desde que la idea fue plasmándose en una detallada  planificación de la ruta que deseaba recorrer, tuvo que ir posponiéndola porque había otras prioridades en su vida, principalmente lo que más la retenía era separarse de sus hijos que la necesitaban a todas las horas del día ya que dependían demasiado de ella.

                Pero como suele ocurrir en estos casos, una idea puede ir complementándose con lo que va surgiendo mientras la estamos madurando y fue concibiendo realizar su sueño en compañía de sus hijos.

                Estos eran todavía pequeños, pero Rosa fue encargándose de irles inculcando ese sueño que según se lo contaba era como si ya lo hubiera vivido porque les hablaba con tanto detalle de cada uno de los recodos del camino que parecía que para ella no tenía ningún secreto.

                Pronto se fue dando cuenta que su hijo Mayor Pedro no compartía la ilusión que trataba de transmitirle, en cambio Javi, el más pequeño se entusiasmaba escuchando a su madre todo lo que iban a hacer cuando pusieran sus pies en el camino.

                Todavía era muy pequeño para afrontar las distancias que debían recorrer cada día por eso, pacientemente y sobre todo pensando en su hijo, Rosa fue esperando a que llegara el momento oportuno de realizar esa aventura, lo harían cuando su hijo contara trece años en los que una persona está casi formada completamente y no hay ningún peligro para su desarrollo futuro realizar durante varios días largas caminatas llevando un peso a su espalda al que no estaba acostumbrado.

                Fueron adquiriendo todas las cosas necesarias para realizar este camino y se proveyeron de una mochila adecuada para cada uno, unas zapatillas que fueron hormando convenientemente y la ropa de verano que iban a llevar durante los días que estuvieran recorriendo el camino, lo justo para no ir excesivamente cargados.

                Cuando ya tenían casi todo preparado, cuando se encontraban adquiriendo las últimas cosas que iban a necesitar, Rosa le propuso comprar una gorra para protegerse del sol, pero Javi lo descarto, ya tenía la suya y cuando regresaron a casa se la mostró a su madre.

                Era una gorra de visera que alguien algún día le regaló, pero que apenas se la había puesto, estaba en un rincón de su cuarto, pero desde que decidieron recorrer este camino, Javi sabía que esa sería la gorra que llevaría para protegerse del sol.

                Cogió la gorra del sitio en el que estaba olvidada y cada día la miraba como a ese compañero con el que vamos a compartir muchas cosas. Siempre que le venía una idea para mejorarla, la cogía entre sus manos y la iba decorando, unas veces era algo que escribía sobre ella con un rotulador, otras era un pin especial que ponía en cualquiera de los espacios que iban quedando libres, al final la fue tuneando de tal manera que tenía una personalidad propia, era su gorra con la que haría este ansiado camino.

                Cuando Rosa vio aquella gorra, apenas la podía reconocer, porque Javi le dijo que era la que tenía apartada en el rincón de su cuarto, de lo contrario hubiera pensado que era una nueva adquisición que había hecho su hijo en cualquier mercadillo de la ciudad, de esos que suelen instalarse de segunda mano.

                Por fin llegó el día soñado y Rosa y Javi se pusieron en camino, fueron al punto desde donde pensaban comenzar su peregrinación y como peregrinos fueron dando los primeros pasos entusiasmados por ver todo lo que este camino podía aportarles.

                Iban perfectamente equipados con su mochila de la que colgaba una vieira, un bordón que años antes Rosa había cogido en un viejo castaño que había cerca de su casa, pero lo que más llamaba la atención y sobre todo lo que más destacaba era la gorra que Javi llevaba sobre su cabeza.

                El camino que estaban recorriendo no era de los más frecuentados por lo que en muchas ocasiones caminaban solos, no les importaba porque se tenían el uno al otro, aunque de vez en cuando agradecían encontrarse o cruzarse con otros peregrinos y sobre todo lo que más estaba gustando a Javi de ese camino eran los momentos que pasaba en los albergues donde podía compartir con los demás las sensaciones que estaba teniendo en el camino que eran nuevas para él.

                Ni tan siquiera en estos casos, Javi se quitaba la gorra y llegó a hacerse muy popular entre los peregrinos que la veían como una prenda diferente y cuando alababan la gorra, Javi se sentía especialmente orgulloso de lo que le decían, ya que en buena parte aquello se debía a su gusto personal, era como él había soñado que sería y así la había decorado.

                Únicamente, cuando se acostaba en la litera se quitaba la gorra, aunque no siempre, pero la dejaba con cuidado a su lado para que a la mañana siguiente cuando se levantara fuera la primera prenda que se ponía.

                Fueron pasando los días y madre e hijo disfrutaban como pocos peregrinos de este camino que estaban recorriendo. Rosa pensó que había sido una buena idea hacerlo con su hijo ya que estaba fortaleciendo si cabe aún más los lazos que les unían, pero echaba de menos a Pedro, hubiera sido perfecto estar los tres juntos, aunque por su cabeza, ya estaba ideando un nuevo camino para el año siguiente en el que seguro que también estaría su hijo mayor.

                Ese día, apenas había nubes que se interpusieran entre ellos y los rayos del sol por lo que el calor desde primeras horas de la mañana fue más intenso que otros días y pronto agotaron la provisión de agua que llevaban ya que era necesario hidratar con más frecuencia sus cuerpos.

                Cuando estaban ya necesitando con urgencia reponer nuevos líquidos, como suele ocurrir en estos casos; Santi les proveyó de una hermosa fuente. Se encontraba en un paraje que a Rosa le pareció idílico, estaba rodeada de robles y castaños y de la roca brotaba un agua fresca que los lugareños se habían encargado de canalizar para que todos pudieran beber de ella.

                Al lado de la fuente, algunos habían colocado unos troncos que no habían sido capaces de resistir los fuertes vientos que en ocasiones se producían en aquella zona y representaban ese asiento soñado por el peregrino para descansar mientras sacian su sed.

                Estuvieron un buen rato en aquel lugar y mientras descansaban fueron recordando no solo lo que el camino les había aportado ese día sino todo lo que habían sentido desde que pusieron por primera vez sobre él.

                Para secarse el sudor de la frente, Javi se quitó la gorra y la puso sobre el tronco en el que estaba sentado y cuando fue a coger una barra energética de uno de los bolsillos de la mochila, no se dio cuenta que al moverse, con la correa de la mochila había desplazado la gorra cayéndose detrás del tronco.

                Estaban tan enfrascados con la conversación que estaban teniendo ya que cada uno deseaba contar al otro cada una de las cosas que antes de hacer el camino no se habían planteado, que cuando reiniciaron el camino, no se percataron que la gorra se había quedado en uno de los laterales del tronco.

                Ahora iban caminando por un bosque en el que los viejos robles casi invadían el camino y por encima de sus cabezas las ramas de los árboles de uno y otro lado del camino se abrazaban en una unión eterna lo que impedía que los rayos del sol penetraran en aquella espesura y hacían muy agradable el caminar de los peregrinos.

                Solo cuando salieron de aquella espesura una hora después y de nuevo los rayos del sol llegaban directamente a los peregrinos, Javi se dio cuenta de su terrible pérdida:

                -Mama, la gorra, me la he dejado en la fuente.

                -Igual se te ha caído por el camino.

                -No, está en la fuente, seguro que me la he dejado allí, voy a volver a por ella.

                -Déjala, seguro que si se ha quedado en ese lugar, es porque tenías que dejarla allí, ya te compraré otra nueva.

                -No quiero una nueva, quiero mi gorra, ninguna va a ser igual que ella.

                -Piénsalo bien – dijo Rosa – la fuente está a cinco kilómetros de aquí, pero son cinco de ida y cinco de vuelta, diez kilómetros y quizá cuando llegues ya la hayan cogido y no la encuentres, o se te haya caído en otro sitio, vas a hacer un esfuerzo muy grande y creo que no merece la pena.

                -No importa, yo quiero mi gorra, he comenzado el camino con ella y lo voy a terminar también con ella, no quiero dejarla allí.

                Mientras se encontraban comentando lo que iban a hacer, vieron que a lo lejos, de la espesura del bosque salía un peregrino. Era un joven al que no habían visto anteriormente lo cual era extraño ya que casi todos los peregrinos con los que se encontraban cada día coincidían luego en los mismos albergues, pero este peregrino era la primera vez que lo veían.

                Cuando se acercó un poco más, Javi en lugar de fijarse en el peregrino, miro la mano que tenía libre, la que no llevaba el bordón y en ella pudo percibir algo que le resultaba familiar.

                -Mira mama – dijo casi susurrando Javi – lleva mi gorra.

                Cuando el peregrino llegó a la altura en la que Javi y Rosa se encontraban, con una sonrisa angelical estiró la mano ofreciéndole la gorra a Javi y le dijo:

                -¡Toma!, ¿Porque es tuya verdad?

                -¡Como lo sabes! – balbuceó Javi.

                -Lo dice tu cara y sobre todo, lo dicen tus ojos, no le has quitado la vista de encima desde que te he visto y cuando la he encontrado, la he cogido porque sabía que te iba a encontrar y te alegrarías cuando la recuperaras.

                -¡Gracias! – Balbuceó nuevamente Javi – creí que la había perdido.

                -Solo se pierde lo que tiene que perderse – dijo el peregrino – pero aunque no la hubiera encontrado, ni tú la hubieras recuperado, no se habría perdido, el camino habría dispuesto que se quedara allí para que otro la cogiera y la llevara, en el camino, las cosas no ocurren por casualidad, ocurren únicamente por que tienen que ocurrir.

                El peregrino siguió su camino dejando a Javi muy contento por haber recuperado su gorra y a Rosa emocionada por ver así a su hijo.

                Mientras Javi se colocaba de nuevo la gorra en su cabeza, Rosa le dijo:

                -Ese es tu ángel del camino.

                Cuando finalizaron la etapa trataron de ver en el albergue al peregrino para agradecerle como se merecía lo que había hecho, pero no se encontraba allí, tampoco ninguno de los otros peregrinos que fueron llegando ese día supo darles razones de aquel peregrino ya que no se había cruzado con ninguno de ellos en el camino.

                Hasta llegar a Santiago, Rosa fue preguntando por el peregrino a todos los que se encontraban con ella y en todos los albergues, pero nadie había visto a aquel peregrino ni a nadie que se pareciera a las detalladas características que Rosa estaba dando.