almeida – 24 de abril de 2015

                Una vez más, me sentía emocionado por ir al humilde albergue a ofrecer hospitalidad durante quince días a los peregrinos que el camino llevara hasta allí, pero en esta ocasión,

había algo que lo hacía diferente a las demás, iba a estar en compañía de mi buen amigo Santi que se estaba recuperando de una lesión y como su movilidad era reducida, sabía que le iba a venir bien estar allí evitando de esa forma el agobio de tener que quedarse todo el día en casa.

                El sencillo albergue se había convertido casi en mi segunda casa, ya había estado allí en varias ocasiones porque ese lugar se había convertido en ese rincón del camino donde la magia no ha conseguido escaparse, se va incrementando cada día con los peregrinos que llegan y dejan parte de esa energía positiva que llevan en el camino.

                Las fechas eran las ideales para ofrecer una hospitalidad controlada, en el mes de octubre disminuye de una forma considerable el paso de peregrinos por lo que tendríamos más tiempo para nosotros y sobre todo para disfrutar de cada uno de los que fueran llegando con los cuales podíamos compartir esos entrañables momentos que solo se viven en el albergue y seguro que cada uno de ellos representaría una fuente de sensaciones de la que ya estaba tan necesitado a pesar que apenas había pasado un mes desde que estuve allí por última vez.

                Santi, es uno de esos hospitaleros que en ocasiones denomino un imán, somos muy diferentes, pero eso hace que nos atraigamos de una forma especial y resulta muy agradable poder compartir con él esos días.

                Cuando le conocí por primera vez, también fue en uno de esos albergues especiales del camino, pero en aquella ocasión era distinto, cada uno íbamos acompañados y quizá esa dependencia del uno en el otro no era tan necesaria, pero luego hemos repetido destinos juntos y la esencia de la hospitalidad es la misma en los dos porque hemos bebido de las mismas fuentes, a pesar que me aventaja mucho por experiencia y dedicación porque cuando yo, ni tan siquiera había pensado más de un minuto en el camino, él ya era un veterano de esta ruta milenaria.

                Entre los buenos recuerdos que guardo de aquella primera vez, hay uno que suele venir a mi memoria y es cuando recibió la visita de Julen su nieto que entonces contaba con apenas dos años, pero que vivió de una forma muy intensa el día que estuvo en el albergue y como no, colmó los sueños de su “aitona”, que en más de una ocasión quizá llego a soñar con estar con el pequeño en el camino y aquel día los dos disfrutaron de una manera muy especial.

                Ahora Julen contaba ya cinco años y como estábamos cerca de su casa, uno de los fines de semana que nos encontrábamos en el albergue, Mari se dispuso a pasar un día con nosotros para que el pequeño estuviera con su “aitona”, pero sobre todo para que Santi de nuevo pudiera disfrutar en el camino de la compañía de su nieto.

                Los días anteriores a su llegada, percibí que se mostraba inquieto, le había buscado un bordón para regalárselo nada más que llegara y fue lo primero que hizo cuando el pequeño descendió del coche que lo traía.

                Curiosamente, ese día fueron llegando más peregrinos de lo normal, bueno, curiosamente no, porque el camino es sabio y pone siempre al peregrino en el lugar que debe estar y no me cabía la menor duda que ese día deseaba que algunos elegidos pudieran ver como dos personas de generaciones diferentes pueden disfrutar de la acogida a los peregrinos como ellos lo hacen.

                Ese día, el albergue era de Santi, él hacía de anfitrión y Julen era su ayudante bien recibiendo a los peregrinos, registrándoles o acomodándoles en los cuartos en los que iban a pasar el día.

                Daba la impresión que el albergue no tenía secretos para el pequeño que sabía en cada momento lo que tenía que hacer y se fijaba atentamente en lo que hacía su “aitona” y luego, él lo repetía ante la atenta y orgullosa mirada del abuelo.

                A media tarde, Mari que había venido en el coche de dos amigos, Ana y Josepo, dos proyectos de hospitaleros que no llegan a cuajar, fueron a ver la pequeña ermita que había en las afueras del pueblo. Digo lo de proyecto de hospitaleros porque en varias ocasiones han tratado de acompañar a Santi y a Mari como hospitaleros en algunos de los albergues que estos acuden regularmente, pero por uno u otro motivo, siempre se ha truncado este bautizo de hospitaleros.

                Cuando ellos se fueron, Santi se quedó con el pequeño, pero para el abuelo resultaba excesivo tanto trajín al que había dejado de acostumbrarse desde que tuvo la lesión, por eso en el momento que se sentó en el sofá cerro los ojos y aunque decía que no dormía, unos pequeños ronquidos delataban que estaba mintiendo.

                Fue entonces cuando quise disfrutar un poco del pequeño que parecía una fuente de energía constante y sobre todo inagotable ya que no decaía en ningún momento su interés y entusiasmo por todo.

                Le pregunté si sabía jugar a las damas y me dijo que no y me propuse enseñarle, bueno más bien pensé que de esa forma pasaríamos un poco el rato sin que me cansara físicamente.

                Le expliqué los movimientos y Julen atentamente iba captando todo cuanto le decía y jugamos una primera partida que parece que le gustó al pequeño, por lo que luego pidió otra y otra y otra y como era previsible también consiguió agotarme mentalmente.

                Creo que fue muy interesante esta primera lección ya que enseguida captó la esencia del juego y seguro que la próxima vez que coincidamos en cualquier albergue jugaremos una partida que ya no será tan fácil como las que jugamos en ese momento.

                Cuando se fue acercando la hora de preparar la cena para los peregrinos, Santi le iba diciendo a Julen las cosas que había que hacer y el pequeño iba poniendo las cucharillas o las servilletas en la mesa y en ocasiones antes que su abuelo le dijera nada, él se encargaba de tomar la iniciativa.

                Como había muchos peregrinos, se pensó hacer una paella para todos y se fueron añadiendo los ingredientes en el gran recipiente mientras Julen con un gran cucharón de madera iba removiendo lo que los peregrinos troceaban en la mesa e iban añadiendo en la paella.

                De vez en cuando, Julen cogía una pequeña cucharilla con la que iba probando lo que se estaba cocinando, primero era el punto de sal, luego el punto de cocción del arroz hasta que el pequeño dio el visto bueno y se cubrió con un gran cartón la paella para que reposara mientras todos se sentaban en la mesa.

                Cuando Santi dio la bienvenida a todos los peregrinos que había elegido esa jornada el albergue y se disponía a ir sirviendo la sabrosa paella, algunos peregrinos rompieron en un sonoro aplauso para Julen al que le habían visto trajinando en la cocina y ahora era quien presidía la mesa.

                El pequeño al ver aquella muestra de agradecimiento y de admiración se mostró orgulloso y en ningún momento se vino abajo, más bien ratificó que en él estaba germinando ese futuro hospitalero que llegará a ser algún día.

                Después de la cena, la mayoría de los peregrinos subieron a la pequeña capilla en la que Santi dirigió la reflexión que diariamente se hacía con los peregrinos, aunque en esta ocasión lo hacía de una forma especial ya que a su lado se encontraba el pequeño y los dos se mostraban a los peregrinos orgullosos y sobre todo muy satisfechos de lo que estaban haciendo.

                Fueron unas horas, un día muy intenso, sobre todo para el pequeño hospitalero que ese día, diferente a los demás, no había parado ni un solo momento, la energía que ese día había conseguido desprender fue tan grande que se llegó a notar en el humilde albergue donde se quedará para siempre.

                Cuando ya se hizo de noche y los peregrinos fueron a sus cuartos a descansar, también Julen y su “amona” Mari tenían que partir, a pesar que el pequeño no deseaba hacerlo porque su “aitona”, había conseguido contagiarle de ese entusiasmo que desde hace tantos años siente por este camino de las estrellas.

                Nada más introducirse en el coche, Julen cayó sumido en un profundo sueño mientras regresaba a su casa. Santi en cambio, tardó un poco más en dormirse, quería disfrutar despierto de ese día tan especial que el camino le había regalado junto al pequeño, pero cuando por fin el cansancio hizo que se quedara dormido, su sonrisa delataba que estaba teniendo el mismos sueño que el pequeño, los dos se veían en uno de esos albergues del camino ofreciendo su hospitalidad a los que llegaban hasta donde ellos se encontraban porque el germen de la hospitalidad había conseguido germinar ese día en el alma del pequeño.