almeida – 3 de diciembre de 2014.

David era un hombre irresponsable. Junto a Maite ha­bía tratado de formar diez años antes una familia, pero su vida iba dando tumbos, no había sabido asumir sus deberes como esposo y tampoco había tenido la sensibilidad necesa­ria para que su hija Isabel contara con el cariño que debe existir en una familia.

Cuando a los dos años de estar casada, Maite sintió en su vientre el fruto del amor que ambos se tenían, todo co­menzó a cambiar. David empezó a alejarse cada vez más de sus obligaciones. Su vida se transformó. Quizá fuera la res­ponsabilidad por la vida que venía o por compartir con otra persona el cariño de Maite. Cada día era mas arisco, fue apartándose de sus amigos y de su trabajo hasta que termi­nó por perderlo todo.

El nacimiento de Isabel no mejoró las cosas. Las discusiones con Maite creaban un clima tenso en el seno familiar y comenzó a refugiarse en la bebida. Su mujer tampoco soportaba las continuas discusiones y le acompañaba en los excesos alcohólicos. Las discusiones eran cada vez más frecuentes y en este ambiente hostil fue creciendo la pequeña Isabel. La situación se fue haciendo insostenible y de los enfrentamientos verbales se fue pasando a las agresiones físicas. En aquella situación fueron varias las ocasiones en que tuvo que acudir la policía a la vivienda para llevarse deteni­dos a los malos padres teniendo que dejar a la pequeña Isa­bel al cuidado de servicios asistenciales de la localidad.

Un buen día ocurrió lo inevitable. David y Maite se ex­cedieron en su discusión ante la pequeña Isabel, que incré­dula presenciaba las desavenencias de sus seres queridos sin poder comprenderlo. La agresión mutua tuvo que re­querir la presencia de un servicio médico y, debido a las lesiones que se habían producido, aconsejaron ingresar a ambos en un centro hospitalario.

Isabel fue recluida en un centro de menores y retiraron la custodia paterna para que la niña no volviera a vivir en aquel infernal ambiente.

Tras cumplir una condena de varios meses, David y Maite regresaron a casa. Entonces comenzaron a darse cuenta de lo injustos que habían sido y de la pérdida de su hija. Se maldijeron por su actitud e hicieron un propósito de enmienda. Tenían que volver a intentarlo, reconducir sus vidas que estaban desechas, si no lo hacían por ellos al me­nos lo harían por su hija.

Durante los siguientes años fueron rehabilitándose. De­jaron la bebida y trataron de recuperar la custodia de su hija, pero ya nadie confiaba en ellos. No consiguieron que nadie se ofreciera a darles trabajo y sin una estabilidad eco­nómica, a pesar de los informes positivos del psiquiatra de los servicios asistenciales, el juez no admitió que se les con­cediera de nuevo la custodia de Isabel. La niña había pade­cido mucho y era un riesgo que volviera a vivir una situa­ción similar.

Cuando Isabel cumplió los doce años, el juez permitió que una vez a la semana sus padres pudieran verla durante una hora. Fue conociendo poco a poco lo que para ella era desconocido. El miedo que había sentido se fue convirtiendo en cariño y el desinterés y el desprecio con el que había crecido fue transformándose en respeto. El cambio experimentado por sus padres comenzaba a hacerla sentir feliz, ahora solo soñaba con la visita semanal y pasear por el jardín del centro donde estaba recluida agarrada a las manos de sus padres.

Habían llamado a todas las puertas; poder judicial, políticos, iglesia…, pero todas se cerraban enseguida, nadie deseaba comprometerse ni arriesgarse, había tanto odio acumulado que era muy difícil olvidar. Habían perdido todo el crédito y les iba a resultar muy difícil conseguir de nuevo la credibilidad.

A punto de nuevo de caer en la desesperación, decidieron ir en penitencia ante el santo peregrino. Era su última esperanza. Habían oído que el camino hacía milagros y ellos lo que necesitaban era un gran milagro. Sólo eso podía devolverles a su hija.

Le comentaron el proyecto a Isabel y ésta sintió que los volvía a perder de nuevo. Las lágrimas que en tantas ocasiones había desprendido en presencia de sus padres, en esta ocasión brotaron por una emoción contenida.

David cogió un viejo zurrón de cuero y metieron allí sus escasas pertenencias. Era muy poco lo que tenían pero tampoco necesitaban más. Vivirían de la caridad como lo hacían los antiguos peregrinos y ganarían su sustento colaborando en las labores necesarias de los sitios donde les dieran acogida.

Salieron desde su casa y, antes de comenzar a caminar, echaron por última vez la vista atrás y pidieron que a su regreso todo hubiera cambiado, que pudieran ser de nuevo una familia feliz.

Caminaron por senderos y cuando éstos se alejaban de su camino lo hacían por el arcén de la carretera. Era primavera y la naturaleza brotaba a su alrededor, parecía que to­do les sonreía y les animaba a proseguir su camino.

Cuando llevaban casi veinte kilómetros recorridos, la falta de costumbre comenzó a hacer su efecto, su calzado era el menos apropiado para la aventura que se disponían a realizar y comenzaron a aparecer las ampollas. Ahora su caminar era con sufrimiento, pero quizá era eso lo que ellos necesitaban para pagar sus culpas y obtener la redención y el milagro que estaban buscando.

Antes de anochecer llegaron a un pequeño pueblo y hablaron con el sacerdote, le explicaron los motivos de su peregrinación y éste les dio acogida en una estancia parroquial. Al ver que estaban desfallecidos, no habían pro­bado ni un bocado en todo el día, les preparó una sopa caliente y compartió, o más bien repartió, su cena con ellos.

David y Maite, como no podían pagar nada, se ofrecie­ron a hacer algunos trabajos, pero el párroco se negó, ellos lo que necesitaban era descansar y cayeron rendidos en la cama.

A la mañana siguiente, nuestra peregrina se había le­vantado antes del alba para dejar como una patena esa casa en la que se echaba en falta una mano femenina. Da­vid, mientras tanto, se había dedicado a quitar las malas hierbas del jardín y a regar lo que en él había plantado. Era el pago que ellos podían ofrecer por la hospitalidad recibida.

El gesto conmovió al sacerdote y mientras desayunaban calcularon cuál sería la distancia que podrían recorrer esta jornada y les dio una carta de recomendación para el sacer­dote que se encontraba en la iglesia al final de la etapa.

Nuestros peregrinos fueron de esta forma restando la distancia que les separaba de Compostela y cuando llegaban a una población en la que no había sacerdote, las gentes de la comarca estaban ya advertidas de su paso y cuando no era el regidor municipal, siempre había un alma caritativa que les ofrecía cobijo y alimento.

Esta experiencia fue sacando de su interior lo que ya creían haber perdido. De nuevo el amor volvió a renacer entre ellos y el cariño que se profesaban hacía que sus ojos volvieran a brillar y la sonrisa iluminara sus rostros, estaba siendo un camino que les había devuelto la paz espiritual que tanto habían añorado.

Un día decidieron descansar en un campo verde junto a un río, allí se respiraba paz, el susurro del agua les permitió de nuevo soñar. Estaban conociendo la verdadera felicidad y por primera vez en mucho tiempo se abrazaron y se besa­ron con pasión.

Decidieron lavar en aquel agua cristalina las ropas que casi comenzaban a ser harapos, también sus cuerpos necesitaban ser despojados de toda la suciedad que se había ido acumulando en ellos. Se introdujeron hasta la cintura y con sus manos se fueron frotando hasta que desapareció todo resto del camino que en ellos se había acumulado.

David decidió avanzar hasta la mitad del río y no se per­cató de la fuerte corriente que estaba provocando un gran remolino en una zona en la que se habían acumulado gran­des rocas. La fuerza de la corriente le llevó hasta el centro del remolino y a pesar de sus esfuerzos se iba hundiendo en él. Maite al percatarse del peligro fue en su auxilio y tam­bién resultó engullida por el fatal círculo de agua. Al notar el contacto de David, le cogió de la mano, pero notó cómo estaba inerte. Trató no obstante de salir sujetando a su marido pero todos los esfuerzos fueron vanos ya que los dos se quedaron allí atrapados.

Unas horas más tarde, descubrieron sus cuerpos y los llevaron al pueblo más próximo. Como no existía un tanatorio, los depositaron en una estancia de la iglesia y el anciano cura se hizo cargo de ellos.

Dieron la noticia a su hija que enseguida salió hacia el pueblo para dar el último adiós a sus progenitores. No pudo en todo el camino contener las lágrimas que manaban constantemente de sus ojos y al ver los cuerpos inertes de sus padres se abalanzó sobre ellos y los besó con tanta ternura como no recordaba haberlo hecho antes. El anciano cura que presenciaba la escena no pudo contener su emoción y también lloró.

El viejo cura ofreció a Isabel un lugar en el cementerio que acogiera los restos de sus padres en caso de que no dispusiera trasladarlos a otro lugar. Ella aceptó y por fin sus padres obtuvieron el descanso que les fue negado en vida.

Isabel se quedó unos días con el anciano cura. Éste había perdido en un accidente a una sobrina de su edad que le ayudaba en las labores de la casa y le hacía mucha compañía e Isabel le recordaba a su pequeña. Los dos se fueron encariñando hasta que un día el cura le propuso que se quedara con él y fuera la sobrina que tanto añoraba. Él se encargaría de mover los hilos para que los trámites burocráticos no fueran un impedimento.

Isabel, viendo el cariño con el que era tratada por el anciano, no teniendo ningún sitio donde ir, aceptó encantada. Así podría llevar todos los días unas flores a la tumba de sus padres y contarles todo lo que no había podido mientras vivían.

Un día acogieron a dos peregrinos que se dirigían a Santiago, entonces Isabel propuso al anciano habilitar un cuarto de los que se encontraban deshabitados para que los peregrinos pudieran descansar y establecer un albergue. Instalaron primero cuatro camas y tuvieron que ampliar el recinto ya que fue corriendo de boca en boca la buena acogida que allí se daba a los peregrinos.

Isabel era muy feliz, conversaba con los peregrinos y les contaba la historia de sus padres. El anciano cura, viendo la felicidad que brillaba en su rostro, un día la abrazó y le su­surró al oído «al final tus padres consiguieron el milagro».