almeida – 4 de diciembre de 2014.

Cuando la comodidad se va imponiendo en nuestras vi­das, siempre hay algunos que van a contracorriente. El he­cho de ser diferente,

en ocasiones, llega a marginarles aun­que en la mayoría de los casos simplemente son incomprendidos o desplazados. Yo los llamaría «esos mara­villosos locos peregrinos».

 

Es incomprensible que teniendo la posibilidad de contar con un buen techo lo dejemos y soñemos con llegar a un albergue donde poder descansar sobre un colchón que ya ha acogido a cientos de peregrinos y que jamás permitiríamos que ocupara un sitio en nuestro hogar. Pero qué felices so­mos cuando hay uno a nuestra disposición en el albergue, aunque también nos sentimos felices con una simple col­choneta y si no hay ninguna libre, el duro suelo, sobre el que extendemos una ligera esterilla, es el lugar donde de­jamos que Morfeo nos rodee con sus brazos y nos permita soñar con las cosas más hermosas.

Cuando estamos acostumbrados a que un leve movi­miento de nuestra mano libere el agua del grifo que brota al instante para saciar nuestra sed, nos vamos a hacer jorna­das sofocantes en las que los poros de nuestro cuerpo van dejando escapar ese líquido vital que se encarga de hidratar nuestro cuerpo y, a pesar de ello, caminamos con la incóg­nita de encontrar una fuente o un manantial que nos permi­ta reponer todos los fluidos que se han ido escapando.

Dejamos la comodidad de los medios que nos llevan de un lugar a otro sin hacer ningún esfuerzo y, en su lugar, caminamos largas jornadas con el cansancio acumulado en nuestro cuerpo y su reflejo en nuestro rostro.

Las inclemencias del tiempo, que en la comodidad de nuestras vidas diarias son la perfecta excusa para en mu­chas ocasiones salir de casa, solo es un ligero contratiempo cuando estamos en el camino. Cuando llueve, una capa pa­rece que nos protege de la lluvia aunque terminemos cala­dos. Cuando hace frío, el ejercicio físico y las prendas de abrigo nos ayudan a soportarlo. En los días calurosos nunca encontramos una sombra que vaya regulando la temperatu­ra de nuestro cuerpo y cuando hay nieve en el camino, el andar se hace más pausado y difícil.

Acostumbrados a que al hacer la pequeña compra diaria no seamos capaces de llevar una pequeña bolsa con las pro­visiones y sin embargo en el camino andamos durante mu­chas horas con una mochila excesivamente pesada, colgada a la espalda durante toda la jornada.

¿Por qué cuando tenemos una vida cómoda buscamos la incomodidad que representa el camino? Solo hay una res­puesta lógica. Eso solo lo hacen algunas personas que son unos maravillosos locos que ven las cosas de una forma muy diferente, aunque muchos días el bajón físico y moral nos haga preguntarnos «¿pero qué es lo que hago yo aquí?». Sin embargo, enseguida se olvidan las penalidades y se vuelve a contemplar la hermosura del horizonte que se dirige hacia poniente.

Los peregrinos que caminan a Santiago son unos se­res muy especiales para quienes la adversidad está siem­pre fuera de su ruta y en el horizonte solo ven la esperanza y la ilusión de lo que les deparará esa y las siguientes jornadas.

Una peregrina que brilla con luz propia en el camino, porque ella es el camino, decía una frase que podía resumir la ilusión con la que se afrontan las incomodidades y los contratiempos del camino: «cuando cargo la mochila a mi espalda, me quito un gran peso de encima».

Esto es para esos locos maravillosos lo que representa el camino: una liberación que les hace despojarse de todas las cosas que les sobran. Porque en el camino, para ser felices, es necesario muy poco.