almeida – 9 de Julio de 2015.

silla ruedas

Todos en nuestra vida, hemos tenido ese momento que sentimos que nos encontramos en el lugar preciso a la hora indicada y de alguna forma puede llegar a cambiar un destino.

Esta confesión me la hacía una peregrina recordando uno de sus caminos cuando lo recorría en compañía de dos amigas y en un momento de la jornada se detuvieron al lado de un estanque porque les pareció el lugar en el que podían descansar y recuperar fuerzas después llevar dos horas caminando.

Aunque después del paso del tiempo y recordando muchas veces aquel momento, la peregrina estaba convencida que no fue el cansancio lo que las hizo detenerse, lo hicieron porque así lo había determinado el destino y éste generalmente no suele equivocarse.

Mientras estaban preparando algo de comer, observaban como iban llegando hasta allí algunos peregrinos que habían comenzado su jornada en el mismo lugar que ellas lo habían hecho y según se acercaban iban haciendo algunos comentarios de los que, ajenos a ser el centro de atención de las peregrinas, solo veían desde la distancia los gestos y algunas risas que estaban haciendo.

            Cuando llegó a su lado un peregrino que se quedó mirando fijamente hacia ellas, la peregrina vio en aquellos ojos algo que la impactó y como un resorte puso su mochila encima de sus hombros y salió disparada hasta donde se encontraba el peregrino.

            —Luego nos vemos —fue la única explicación que ellas escucharon.

            La peregrina empezó a caminar al lado de él y enseguida comenzaron a hablar sobre cualquier cosa que en principio podía resultar intranscendente, pero algo había en aquel hombre que llamaba la atención de la peregrina de una manera misteriosa.

            No se trataba de ningún atractivo especial, él era de una generación anterior y sus facciones no entusiasmaban de una manera especial a la peregrina, pero en aquella mirada había visto algo que la había cautivado y era necesario saber de qué se trataba.

            Después de dos horas caminando juntos, las amigas consiguieron darles alcance, pero la peregrina no deseaba su compañía, quería caminar junto al peregrino y ellas lo comprendieron y dejaron que se fueran alejando, se encontrarían en el siguiente pueblo donde habían previsto dar por finalizada aquella jornada.

            Cuanto más avanzaban, más se iban sincerando el uno en el otro y en las palabras del peregrino, ella pudo ver una amargura a la que no estaba acostumbrada, seguramente esto fue lo que llamó su atención cuando le vio y trató de indagar un poco más en conocer el motivo que le había llevado a ir caminando con un desconocido por un impulso que no había podido contener.

            Se trataba de un alemán, era maestro de escuela y a sus 61 años había perdido toda ilusión por seguir viviendo, los reveses que le había ido dando la vida, primero con su compañera y más tarde con uno de sus hijos le habían llevado al convencimiento que no merecía la pena seguir luchando por lo que ya carecía de sentido.

            Tenía unas convicciones muy firmes sobre la determinación que había tomado y estaba recorriendo ese camino para afirmarse en ellas y cuando lo diera por finalizado se terminarían muchas más cosas porque ya todo carecía de importancia.

            Fue una de las etapas más difíciles que la peregrina había realizado nunca en todos los caminos que llevaba recorridos porque no encontraba las palabras que hicieran que aquel hombre se mostrara más condescendiente y no fuera tan radical en sus pensamientos, pero por más que lo intentaba no veía ningún cambio en la expresión de aquel rostro.

Cuando finalizaron la jornada, sus amigas ya la estaban esperando y la peregrina las puso al corriente de lo que el hombre estaba pasando y decidieron hacer algo, porque estaban convencidas que si el camino lo había puesto a su lado era por algún motivo.

Una de las peregrinas que se habían adelantado comentó que cuando llegaron al albergue, se había fijado en una joven que estaba recorriendo el camino en una silla de ruedas y casi sin que tuvieran que contar nada, a las tres se les ocurrió un plan que no podía fallarles.

Como el albergue disponía de cocina, habían previsto hacer allí la cena y mientras una se encargaba de ir a comprar lo necesario, la otra fue a hablar con la peregrina que recorría el camino sobre la silla de ruedas y la que había estado caminando junto al peregrino le esperó para comentarle el plan que habían dispuesto las tres para la cena y al peregrino le pareció bien lo de hacer una cena comunitaria en el albergue en lugar de irse a uno de los restaurantes del pueblo.

Cuando todo estuvo dispuesto y la que se encargaba de hacer la cena puso sobre la mesa una buena ensalada, algunos embutidos y un plato de pasta, se fueron sentando y llegó la peregrina en la silla de ruedas que también había sido invitada, era la invitada especial.

Se trataba de una joven que había sufrido un accidente que la había dejado postrada, pero su afán de superación le impedía quedarse en casa esperando que pasaran los días, ella quería conocer todo lo que el accidente le había privado de ver y sobre todo, quería sentir las sensaciones que sabía que el camino la iba a aportar.

Había declinado que nadie la acompañara, se valdría por ella sola y desde que había comenzado siempre se encontraba a alguien que caminaba alguna jornada junto a ella y la ayudaba en esos momentos en los que el terreno le impedía seguir adelante.

Además, en esas situaciones, siempre había peregrinos que la habían superado y esperaban su llegada para ayudarla a superarlos, estaba resultando todo más sencillo de lo que inicialmente se había imaginado y estaba convencida que llegaría hasta donde se había propuesto.

El peregrino escuchaba con mucha atención lo que ésta contaba y sobre todo, se había fijado en que no había ni rastro de amargura en ninguna de las palabras que la joven estaba diciendo y le impresionó la voluntad de aquella persona a la que su minusvalía no le iba a hacer desistir de sus sueños.

—Tienes a alguien que te acompañe mañana —le preguntó el peregrino.

—De momento no —dijo ella —mi compañero de camino de las dos últimas jornadas ha terminado hoy su camino y ha regresado a casa, pero seguro que por la mañana, como siempre, Santi provee y me proporciona a alguien que camine a mi lado y si no es así, no hay ningún problema, porque sé que no voy a estar sola.

—No hace falta que te acompañe nadie —dijo él —si tú lo deseas los próximos días, yo seré tu compañero.

Mientras decía esto, la peregrina que le había acompañado esa jornada veía como el rostro le brillaba de una manera especial, muy diferente al momento que lo encontró y a las horas que estuvo caminando a su lado.

El resto de la cena, la pasaron haciendo planes, era el peregrino el que más hablaba y más cosas proponía diciéndole a la peregrina minusválida los lugares que le iba a enseñar y las sensaciones que iba a tener en las siguientes jornadas.

Aquella situación cambio de una forma radical a aquel peregrino, había encontrado unas nuevas ilusiones por las que seguir adelante y según me confesaba la peregrina, siempre creerá que fue el destino el que la hizo estar en el momento oportuno en el lugar preciso para que ayudara a aquel alma descarriada que había perdido la ilusión de seguir adelante.