almeida – 30 de abril de 2014.

Me encontraba atendiendo a cuatro peregrinos que habían llegado hasta Santuario. Antes de registrarlos, solía explicarles las dos cosas que nosotros considerábamos importantes decirles antes que decidieran quedarse. La primera era que no queríamos que nadie se levantara antes de las seis de la mañana y la segunda era que allí no había literas, los peregrinos debían dormir sobre unas colchonetas que había extendidas en el suelo.

En ese instante, entró por la puerta un peregrino mayor, tenía un aspecto un tanto desaliñado, la barba y el pelo eran abundantes y largos con un tono entre naranja y rojizo con algunas canas.

Venía haciendo el Camino en bicicleta, aunque al fijarme en su credencial observé que había hecho la misma distancia que los peregrinos que venían caminando, por lo que no debía encontrarse muy cansado. Le ofrecí un vaso de agua fresca, pero me lo rechazó con un rotundo ¡no quiero!

Le dije que se sentara y comenzaría de nuevo a explicar como se iba a desarrollar ese día en Santuario, pero de una forma un tanto autoritaria me respondió que no quería sentarse. Le veía un poco diferente a quienes solían llegar hasta allí.

Cuando me dispuse de nuevo a hablar, cruzó el lateral de la sala para ir a sentarse en una de las sillas libres que había en un extremo de la sala.

Comencé de nuevo a explicar que no queríamos que nadie se levantara antes de las seis de la mañana y como un energúmeno se levantó gritando:

—¡A mi nadie me hace levantar antes de las seis!

—No me ha entendido o no me he sabido explicar —comenté.

—¡Qué he dicho que yo no me levanto antes de las seis! —insistió.

—Pero señor, eso es lo mismos que yo le estoy diciendo.

—¡Me voy, aquí no me van a decir lo que tengo que hacer yo! —refunfuñaba mientras buscaba la puerta de la calle.

—Ya no me escuchaba, se había subido sobre su bicicleta y se disponía a dar pedales.

Los cuatro peregrinos me miraban asombrados, no lograban comprender la situación que acababa de producirse.

Esta visto —les dije —que hay personas que no saben ni quieren escuchar. De todas formas, no importa, hasta aquí solo llegan las personas que tienen que estar aquí y quién no merece estar en este sitio, le ocurre como a este peregrino, que se encuentra fuera de lugar y tiene que marcharse.