Almeida – 1 de febrero de 2015.

 peregrinobarbablanca

            En una ocasión me contaron una de esas historias que escuchas con mucha atención, pero cuando has terminado de oírla, no puedes por menos que mostrar tu incredulidad y decir que eso no puede ser.

            Nos encontrábamos en una ocasión tres hospitaleros en un albergue, era el responsable del albergue el que había ido a pasar una quincena ayudándole un poco en las tareas diarias y un hospitalero que había venido a hacernos una visita y compartir unas horas con nosotros.

            Como soy muy curioso, siempre que estoy con varios hospitaleros, me gusta sonsacar esas historias que en ocasiones ocurren en el camino y le pregunté a mi anfitrión si le había ocurrido alguna cosa que hubiera llamado su atención y fuera digna de ser compartida.

            Tras pensar unos instantes, me contó algo que le había ocurrido dos meses atrás y que le dejo bastante intrigado ya que no encontraba la lógica a aquella situación, pero le había ocurrido a él.

            Cierto día, llegó un peregrino de los que generalmente suelen pasar desapercibidos en los albergues, sobre todo cuando el camino se convierte en esa senda que es transitada como si se tratara de una procesión.

            El peregrino, tuvo un comportamiento normal y participó en todas las cosas que se hacían en el albergue, no destacando sobre los demás en ninguna de ellas, por lo que en condiciones normales, no me hubiera vuelto a acordar de él.

            Pero antes de marcharse a la mañana siguiente, se despidió como hacían la mayoría de los peregrinos y apartándome del resto me dijo:

            -En este sobre, hay cincuenta euros, dentro de dos o tres días a lo sumo, pasará un peregrino de pelo largo y barba algo canosa que preguntará por el sobre, si no le importa, se lo entrega y si transcurridos tres días no ha pasado nadie preguntando por el sobre, mete el contenido del mismo en la caja de los donativos o hace lo que mejor estime conveniente.

            Le aseguré que así lo haría y nos despedimos, creo que fue entonces cuando más me fije en aquella persona que como he dicho antes apenas había reparado anteriormente.

            Estuve más pendiente que nunca de la llegada de ese peregrino, he de confesar que estas cosas cuando hay por medio dinero no me han gustado mucho, pero se trataba de hacer un favor y en el albergue considero que estamos apara ayudar a los demás.

            Fueron transcurriendo los días y cada peregrino que llegaba al albergue lo miraba y lo remiraba, pero ninguno se ajustaba a las características  que me había dado el peregrino, por lo que a la mañana del cuarto día, pensé que nadie pasaría a por aquel sobre o me habían gastado una broma que no llegaba a comprender.

            En lugar de meter el contenido del sobre como me había dicho el peregrino en la caja de los donativos, plegue el sobre y lo deje en una repisa de mi cuarto, quizá el peregrino que lo había dejado volviera a por él.

            No recuerdo si fue al cuarto o al quinto día que vi llegar a un peregrino que podía ajustarse a la descripción que me habían dado, estaba un poco desaliñado, pero tenía el pelo largo y su barba era plateada, por lo que nada mas verle salí a su encuentro.

            -Buenos días y bienvenido al albergue – dije mientras se acercaba.

            -Buenos días – me respondió – soy peregrino, pero no tengo nada para poder pagar el albergue, aunque si lo desea puedo ayudarle en las cosas que usted me diga, como voy caminando sin prisa, mañana me puedo quedar una o dos horas para ayudarle a hacer la limpieza.

            -No hace falta – le dije – aquí se da cobijo y comida a todos los que llegan y no se les pide nada a cambio, para eso está concebido este hospital de peregrinos.

            Estuve tentado de hablarle del sobre, pero dejé que pasara el tiempo a ver si él lo reclamaba, eso era lo que me habían dicho que haría, aunque viendo que pasaban las horas y el peregrino no decía nada, fui yo quien se lo pregunto.

            -No tenías que recoger algo que han dejado para tí,

            -No señor – me dijo, no conozco a nadie en el camino, soy un solitario y prefiero seguir a la gente y no mezclarme con ella.

            Comprobé que era cierto ya que se situó en un extremo del jardin donde se pasó la mayor parte de la tarde y también durante la cena se colocó en uno de los extremos de la mesa manteniendo un silencio que contrastaba con el resto de los peregrinos.

            Esa noche, me costó conciliar el sueño, hasta que me convencí que aquello era una señal y era a ese peregrino necesitado a quien debía entregarle el contenido del sobre.

            Por la mañana, después de desayunar, mientras los demás peregrinos se disponían a marcharse, él me dijo que se sentiría mejor si me ayudaba a hacer la limpieza del albergue, a pesar de repetirle varias veces que no hacía falta, él insistió y no supe decirle que no, le propuse que limpiara la sala donde se habían servido los desayunos y cuando terminara podía retomar su camino.

            Cuando terminó, vino a despedirse y cogiendo su mano deposité en ella los cincuenta euros que el peregrino me había dejado.

            -Esto es para tí – le dije.

            -De verdad que no puedo aceptarlo – me decía mientras trataba de devolverme el dinero.

            -Insisto, lo mismo que tú has querido colaborar con la limpieza del albergue, yo quiero colaborar para que tu camino sea algo más liviano.

            Viendo que no aceptaba un no por respuesta, dejó de insistir y dándome un abrazo, se despidió.

            Para mí aquello había sido una señal y ese era el peregrino que tenía que recibir aquel donativo, aunque ni el que lo dejó, ni yo ni el que lo recibió lo supiéramos, estoy convencido de ello.

            -Eso no puede ser – exclamé – el camino ofrece situaciones curiosas, pero esta me parece ya un poco surrealista.

            -El peregrino que te dejó el sobre con los cincuenta euros, ¿te acuerdas como era?, preguntó el hospitalero que nos había venido a visitar que escuchó la historia sin apenas pestañear.

            -Claro, era un hombre alto, bien parecido, de unos cuarenta años con el pelo bien cortado y una barba algo larga, pero también bien cuidada, ¿Por qué, le conoces? – preguntó mi compañero.

            -Le conozco – afirmó nuestro invitado – yo estuve con él hace casi un año, llegó al albergue en el que me encontraba e hizo lo mismo, la única diferencia que en mi caso, era una peregrina y también transcurridos los días que él me dijo, vino al albergue una peregrina con las características que él me había dado y también necesitada, no preguntó en ningún momento por el sobre, pero a la mañana siguiente antes de que se marchara, le dí lo que contenía,

            Pensé de nuevo que eso no podía ser, pero cuando me encontraba en la cama la imagen del peregrino y la peregrina no se alejaban de mi mente y me di cuenta que si en algún sitio pueden ocurrir cosas como estas, es únicamente en el camino.