almeida –19 de marzo de 2015.

puente

Una de las cosas que diferencian al Camino de Santiago sobre otras rutas de peregrinación, son esos espíritus que se afirma que están permanentemente en el camino porque han ido encontrando acomodo una vez que pasaron a otro nivel y flotan en el ambiente, incluso en algunas ocasiones no son pocos los que afirman haber tenido un encuentro con ellos.

                Como es algo que no he podido experimentar, tampoco voy a hablar sobre ellos ya que lo haría en boca de otras personas por aquellas historias que en uno u otro momento he podido escuchar y creo que estas historias es mejor escucharlas en boca de quienes realmente las han vivido o creen haberlas vivido.

                Pero síi voy a hablar de esos otros espíritus, los de carne y hueso que por circunstancias de la vida se han convertido en esos seres especiales que en un momento de sus vidas se sienten atraídos por esta senda donde pueden dejar que su imaginación se confunda por momentos o en ocasiones en todo momento con el entorno en el que se encuentran.

                Creo que todas las personas que lo hemos realizado en una u otra ocasión, hemos coincidido alguna vez con estos seres tan especiales que llaman enseguida nuestra atención, aunque luego en nuestro recuerdo predomine una u otra faceta de su personalidad.

                Dentro de su especial locura, siempre hay algo de genialidad, como ese personaje cervantino que vivía tan feliz en su mundo a pesar de las adversidades que en muchas ocasiones tenía cuando sufría contratiempos importantes.

                Seguramente que de las numerosas experiencias y sensaciones que hemos llegado a tener a lo largo de muchas jornadas del camino, estos personajes son aquellos que nunca se irán de nuestra memoria, por muchas personas con las que hayamos convivido, ellos serán siempre los primeros que acudan a nuestra mente cuando pensemos en ese camino en el que los conocimos.

                En una ocasión, me encontraba en uno de esos albergues en los que no tienes que buscar historias porque éstas van surgiendo de una manera espontánea. Mantenía con el responsable del albergue cierto grado de confianza y después de la cena, cuando todos los peregrinos se retiraron a sus habitaciones, al calor de la lumbre que desprendía la chimenea, prolongamos varias horas la sobremesa mientras sorbíamos el contenido de una botella de licor que el hospitalero había puesto sobre la mesa.

                Este hombre era todo bondad, llevaba mucho tiempo en el camino y conocía todos los secretos que suelen llevar consigo quienes lo recorren. En ocasiones contaba con ayudantes, no eran específicamente hospitaleros aunque hacían estas funciones, a él, le interesaba más la persona y aquellas personas que necesitaban una atención especial se quedaban en aquel albergue el tiempo que fuera necesario, porque él sabía que estaba ahí para eso, para ayudar a esos casos perdidos y se sentía feliz cada vez que conseguía que uno solo de ellos saliera adelante del pozo en el que se había metido.

                En un momento de la conversación, surgió este tema, el de esos espíritus de carne y hueso que vagan por el camino, yo sabía que conocía muchos de estos casos y le pedí que me comentara el que más había llamado su atención.

                me confesó que en esas situaciones lo pasaba muy mal ya que para él era una responsabilidad porque los había acogido en su casa y se sentía responsable de lo que pudieran hacer, por eso cada vez que alguno se quedaba allí, cada día terminaba agotado por la tensión que tenía que soportar y sobre todo por ir solucionando los desaguisados que podían llegar a crear, pero, si uno ya representa un problema, en una ocasión coincidieron en el albergue tres y esa época fue especialmente intensa y aunque ahora lo recordaba con mucha ilusión ya que dos de ellos mejoraron de una manera ostensible, el tiempo que los tuvo a su cargo fue de una permanente angustia.

                Me fue poniendo en antecedentes de cómo era cada uno de ellos antes que el destino hiciera que se juntaran en aquel lugar.

                Joselón era un místico, vivía en una población del mediterráneo, pero un día llego a la conclusión que ya había vivido lo suficiente en este mundo y decidió pasar a otro nivel espiritual, pero sus creencias no le permitían atentar contra su vida lo que para él fue un grave problema ya que si no dejaba de existir en esta vida no podría ir a la otra.

                Un día, se encontraba viendo la televisión, bueno debía estar encendida y él no le prestaba atención hasta que después de las noticias algo llamó su atención, el hombre del tiempo comentaba el descenso de las temperaturas que en algunas ciudades del interior llegarían hasta los cinco grados bajo cero.

                Sin pensarlo, cojió el primer tren y se dirigió hasta Burgos, efectivamente, el frío que hacía era muy intenso y más para él que estaba acostumbrado a temperaturas más cálidas. Decidió quedarse en la estación sentado en un banco, estaba convencido que allí se moriría de frío y no se movió en muchas horas del lugar en el que se encontraba.

                Cuando avanzaba la noche y el frío era muy intenso, debió venirle un momento de lucidez y decidió dejar el paso al otro nivel para otra ocasión y se fue hasta un hotel cercano donde pasó el resto de la noche y el día siguiente.

                En la ciudad castellana conoció el camino, coincidió con un peregrino que se definía como budista y Joselón se convirtió también en budista y comenzó a deambular por el camino.

                Estrella, era una mujer que había sufrido muchos reveses en la vida, los desengaños habían afectado a su mente y en varias ocasiones había tenido tentaciones de suicido hasta que se convirtió en algo habitual en ella. Cada vez que la policía tenía que intervenir, ya en su ficha había un detallado expediente y siempre llamaban a su padre que se hacía cargo de ella hasta que de nuevo sentía la necesidad de escapar y vagabundeaba por cualquier lugar.

                El tercer personaje de esta historia, era Joselín, un joven que había caído en el mundo de la droga y llegó ese momento en el que cada vez que se despertaba su único objetivo era conseguir esa dosis que le permitiera seguir un día más destrozándose físicamente.

                Joselín y Estrella se habían conocido en cualquiera de esos suburbios de cualquier ciudad en la que los desheredados encuentran el lugar en el que pueden pasar desapercibidos y se fueron acostumbrando a soportar la compañía del otro y soportaban y sufrían juntos su desgracia. En un momento, alguien les habló del camino y pensaron que allí, sobre el camino se encontrarían bien y sin pensarlo fueron a ver si era cierto cuanto les decían.

                Cuando llegaron hasta el albergue, su estado era deplorable y el hospitalero les acogió, se hizo cargo de ellos y les alimentó ofreciéndoles aquella casa para que estuvieran el tiempo que consideraran necesario, de esa forma, teniéndoles cerca podía ver la evolución que tenían y sobre todo, esperaba que con sus consejos y acciones, pudieran cambiar y no ser esclavos de lo que les estaba destruyendo.

                Cuando llevaban un par de semanas en el albergue, un día llego Joselón y el hospitalero enseguida le vio también como un alma que necesitaba una atención especial y a pesar que Estrella y Joselín le estaban absorbiendo mucho tiempo, más del que tenía, no se sentía capaz de dar la espalda a aquel nuevo alma cándida que el destino había llevado a su lado.

                Los primeros días, el hospitalero tenía la esperanza que entre los tres se llevaran bien y ellos que por primera vez después de mucho tiempo habían visto afecto en aquel hombre, trataban de no defraudarlo, pero la convivencia siempre resulta muy difícil y cuando coinciden una serie de circunstancias como las que allí había, solo era cosa de tiempo que comenzaran a saltar las chispas.

                La primera surgió cuando Esrtrella se dejó impresionar por la filosofía que parecía tener Joselón, poco a poco fue pasando cada vez más tiempo con él, lo que molesto a Joselín y aunque no eran celos lo que sentía, se veía apartado de la que había compartido con él la última semana y se fue haciendo cada vez más arisco y se le veía frecuentemente malhumorado.

                Joselín, comenzó a ausentarse cada vez más del albergue y en ocasiones pasaba las noches fuera hasta que regresaba o la guardia civil llamaba al hospitalero para que se hiciera cargo nuevamente de él ya que frecuentaba sitios que no le ayudaban a esa rehabilitación que en un momento pensó que se podía producir.

                El desencadenante del malestar surgió en una ocasión en la que Joselón propuso a sus compañeros jugar a la guija, ninguno de los otros dos lo había hecho anteriormente por lo que se fueron guiando de lo que les decía el que había propuesto el juego.

                En uno de los giros de la flecha del juego, Joselón interpretó lo que señalaba y seriamente afirmó que él y estrella habían estado casados en una reencarnación anterior, por eso eran almas gemelas que se habían encontrado porque estaban destinados a ello y había sido el destino el que les había permitido volver a encontrarse.

                Aquello no agrado mucho a Joselín, pero el colmo fue en la siguiente jugada cuando Joselón interpreto que el juego afirmaba que no llegaría a los cuarenta años, le quedaba apenas un año de vida. Eso molesto de una forma descontrolada a Joselín que se abalanzo sobre su compañero y comenzó a darle puñetazos y patadas. Solo la llegada del hospitalero que se alarmo ante aquel tumulto permitió que se separaran.

                Aquello se le estaba escapando de las manos y debía poner una solución al problema que seguramente iría creciendo y la única opción era separarles ya que de lo contrario se volvería a repetir la situación y si él no estaba presente, las consecuencias podían llegar a ser graves.

                El hospitalero tenía relación con unos monjes que se dedicaban a atender a personas desahuciadas y les planteó la situación en la que se encontraba y ellos se ofrecieron a recoger a Joselín y cuidarle, también eran conscientes que si no lo hacían podían llegar a lamentarlo más adelante.

                Joselín, era consciente de la bondad de aquel hombre y cuando le propuso llevarle al convento, no puso ninguna objeción, haría lo que le proponían ya que desde hacía tiempo no era capaz, ni tampoco deseaba tomar decisiones en lo que afectaba a su vida.

                Se quedó únicamente a cargo de Estrella y Joselón, como veía que los dos se encontraban a gusto en la compañía del otro, pensó que los problemas se habían reducido de forma importante y pudo relajarse un poco ya que de nuevo la paz había vuelto al albergue.

                Estrella escuchaba ensimismada lo que Joselón la contaba, era una filosofía que no había escuchado anteriormente con tanta vehemencia como su compañero se la explicaba y poco a poco fue viendo a Joselón como a ese ser que puede llegar a marcar la vida de una persona y al que hay que seguir ciegamente.

                En la mente de Joselón, seguía apareciendo la idea de subir a ese nivel superior que le permitiera abandonar éste que consideraba corrompido y fue ideando un plan que un día se lo propuso a Estrella.

                Estaba convencido que el destino les había vuelto a reunir, después de una vida anterior que para los dos había sido muy feliz, ahora se habían encontrado en una sociedad que estaba corrompida y necesitaban llegar a ese nivel superior que les permitiera sentir esa felicidad a la que los dos estaban destinados.

                Estaba convencido que solo había una forma de llegar a ella y era que los dos abandonaran este mundo a la vez, de esa forma, podrían reencarnarse juntos y disfrutar de la felicidad que aquí no iban a permitirles encontrar.

                Estrella que escuchaba con mucho fervor todo lo que él le decía estuvo enseguida de acuerdo y con sus antecedentes, no tenía ningún problema en afrontar a su lado el abandono de este mundo.

                Decidieron ir a la ciudad, allí había muchos puentes de gran altura, se encaramarían en uno de ellos y abrazados se arrojarían al vacío y cuando se despertaran ya estarían reencarnados en ese nivel al que aspiraban llegar.

                Lógicamente, todas sus ideas y los proyectos que estaban haciendo eran su secreto, no se lo confiaron a nadie y menos al hospitalero que estaba ajeno a estas maquinaciones ya que los veía mucho más relajados y tranquilos que de costumbre.

                El día que decidieron llevar a cabo su plan, abandonaron el albergue por la mañana y el hospitalero se extrañó de su ausencia, pero pensó que habían salido a dar un paseo, por lo que no le dio mayor importancia. Pero cuando llegó la hora de comer y no regresaron, ya se alarmó y lo primero que hizo fue poner en conocimiento de la guardia civil lo que había ocurrido para que ellos se encargaran de buscarlos.

                Organizó una batida con algunos voluntarios del pueblo pero después de recorrer la mayor parte del término, cuando llegó la noche abandonaron la búsqueda ya que estaban convencidos que se encontraban lejos.

                Esa noche, el hospitalero, apenas pudo conciliar el sueño, en varias ocasiones lamentaba dar acogida a aquellas personas tan problemáticas, aunque solo era fruto de la desesperación que sentía en esos momentos, ya que estaba convencido de lo que hacía y no podía evitar seguir haciéndolo, a pesar que tuviera que pasar tan malos momentos como los que estaba pasando esa noche.

                A la mañana siguiente, no podía quedarse sin hacer nada y de nuevo reunió a un grupo de voluntarios para seguir con la búsqueda, a pesar que éstos le decían que iba a ser en vano, pero al ver que el hospitalero estaba decidido a hacerlo él solo, cuando le vieron partir del pueblo, algunos decidieron acompañarle, más que nada para no dejarle solo.

                Cuando llevaban varias horas de búsqueda, vieron acercarse un todo terreno de la guardia civil, los agentes le informaron al hospitalero que los habían localizado, se encontraban en la comisaría de la ciudad y se encontraban aparentemente bien.

                El hospitalero experimentó una sensación de alivio mostrando una sonrisa un tanto forzada y pidió que le llevaran ante ellos y uno de los voluntarios se ofreció para llevarle con su coche.

                Cuando llegó a la comisaría, los encontró cubiertos con una manta y al ver entrar al hospitalero no pudieron mantener su mirada y bajaron los ojos. Pidió que les dejaran solos en el cuarto que se encontraban y cuando nadie le oía les recriminó lo que le habían hecho pasar y como le habían defraudado ya que no esperaba ese comportamiento después de todo lo que él había hecho por ellos.

                Joselón, le comentó al hospitalero el plan que él y Esrtrella habían concebido y creían que era lo que tenían que hacer, por eso se habían marchado sin decir nada, ya que si lo hacían estaban convencidos que pondrían todos los medios para impedírselo.

                -¿y por qué no lo habéis hecho? – dijo el hospitalero.

                -Verás – interrumpió Estrella – Cuando llegamos al primer puente que vimos, nos subimos a lo más alto, pero vimos otro mayor y pensamos que sería mejor ir a ese otro. Mientras nos dirigíamos a él, entramos un bar y tomamos una botella de vino. Cuando nos encontrábamos en el nuevo puente, vimos otro y así estuvimos varias horas de un puente a otro y pasando por varios bares.

                Cuando ya no había más puentes a los que ir, me di cuenta que no tenía altura suficiente y con lo desgraciados que somos, me imaginé saltando de aquel puente y rompiéndonos únicamente los tobillos, hubiera sido un fracaso y mientras regresábamos al puente que nos parecía el más alto, nos detuvo la guardia civil.

                Fuera de enfadarle más, aquella explicación le parecía incluso cómica al hospitalero ya que se imaginaba a los dos con los tobillos rotos en el hospital y siendo la burla de todos los que escucharan la historia.

                El hospitalero se hizo cargo de ellos y los llevo de nuevo al albergue, les hizo prometer a los dos que si tenían alguna nueva idea se lo debían contar y él les aseguraba que no trataría de impedírselo.

                Cuando llegaron al albergue, se encontraron con Miguel, era un amigo del hospitalero que había estado en alguna ocasión en el albergue, era psiquiatra y le había llamado para explicarle la situación en la que se encontraba y como disponía de tiempo libre se ofreció para ayudar en las labores del albergue, pero sobre todo ayudar a aquellas dos almas perdidas.

                El trabajo de Miguel debió producir su efecto, ya que cuando se marchó del albergue, los suicidas frustrados se encontraban bastante mejor, habían experimentado un cambio importante.

                Ahora Joselón y Estrella, viven juntos sin esos ataques que antes tenían con tanta frecuencia, aunque nunca serán una pareja normal, llevan una vida más equilibrada y el hospitalero piensa frecuentemente en ellos cada vez que uno de estos espíritus especiales llegan a su albergue, es consiente que en muchos casos no podrá hacer nada, pero está seguro que si no lo intenta, siempre lo lamentará.