almeida – 15 de octubre de 2014.

Era un día sofocante. Había comenzado a caminar dos horas antes de que los primeros rayos de sol comenzaran a aparecer por el Este y mi cuerpo comenzaba a acusar el cansancio después de seis horas caminando.

La difícil jornada que estaba afrontando suponía al me­nos doce horas de caminata para salvar los cuarenta kiló­metros que me había propuesto hacer. No me quedaba más remedio ya que entre el punto de origen y el de destino no iba a encontrar ningún lugar habitado.

Hacia las doce, cuando el sol se encontraba en su punto más próximo a la tierra, en las llanuras extremeñas, la tem­peratura supera los cuarenta grados y el caminar comienza a hacerse monótono y aburrido.

Las amplias extensiones de tierra en las que no hay nin­guna ondulación en el terreno hacen que el horizonte sea infinito y jamás llegas a alcanzar algún punto de referencia que puedas marcarte como objetivo.

La monotonía del terreno, únicamente tierra y polvo, tampoco ofrece ninguna oportunidad donde poder hacer un alto en el camino para recuperar las fuerzas que se van per­diendo, ya que no encuentras ninguna piedra en la que po­der sentarte. Debieron arrasar con todas los romanos cuando construyeron su calzada. Tampoco logras ver una sombra en la que poder protegerte de los inclementes rayos de un sol que parece desprender con rabia toda su energía.

Únicamente cuento con un sombrero de paja que cubre mi cabeza, y las diminutas juntas que entrelazan los juncos permiten que la humedad que se va concentrando en el pelo pueda escapar y se vaya renovando el viciado aire que se acumula en el cono del sombrero.

El fuerte reflejo de la luz hace que la visión no soporte tanta claridad, por lo que fijo los ojos en la puntera de las botas y dejo que el sol me vaya dando en el cogote que ya está quemado y puede soportarlo mejor.

La monotonía se rompe con el zumbido de las cigarras. Resulta sobrecogedor cómo docenas o centenares de estos insectos mueven de forma rítmica y vigorosa sus alas para airear sus diminutos cuerpos y protegerlos del abrasador sol.

Cuando el sonido de los insectos se va quedando atrás, vuelve la monotonía, cada minuto se hace eterno y a pesar de que sigo caminando, parece que no logro avanzar porque cuando levanto la vista y observo el terreno que me rodea es el mismo que el último que contemplé, cientos o miles de metros más atrás.

Tratando de mantener mi mente ocupada voy pensando en infinidad de cosas, pero al final logran aburrirme porque son pensamientos que ya he tenido antes, unas horas atrás o quizás fue el día anterior, no lo sé porque estos últimos días me han parecido iguales y se van mezclando en mi mente y en lugar de formar recuerdos se han convertido en una aglomeración de imágenes y vivencias que no consigo ubicar en el tiempo.

La paja del sombrero que está más próxima a mi cabello está completamente húmeda. Cuando ésta se concentra con el sudor que brota de los poros de la frente y de la cabeza, se va acumulando y la gravedad la va dirigiendo hacia la frente como si fuera una gran cascada hasta que encuentra el freno de la muralla de pelos que forman las cejas. Nueva­mente busca el terreno más propicio para ir decantándose y por la parte superior de la nariz se va precipitando hasta que consigue formar una gran gota que durante unos ins­tantes permanece haciendo equilibrio en la punta de la nariz. Y cuando su peso le permite ya desprenderse, titu­beante se abalanza hacia el suelo hasta estrellarse en el polvo del camino, con gran violencia levanta en forma de corona el ligero polvo sobre el que impacta dejando un diminuto cráter.

Una vez que se ha desprendido la gota de sudor comien­za de nuevo el proceso, lo cual me parece divertido porque una de las virtudes que tiene el camino es darnos la oportu­nidad de poder pensar en las cosas intranscendentes en las que habitualmente no tenemos tiempo ni de considerar.

Comienzo a calcular la duración del proceso; uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve…, ya va deslizán­dose por la frente. Veinte, veintiuno, veintidós…, las pesta­ñas concentran y frenan el líquido que se ha acumulado y comienza a deslizarse por la nariz, cuarenta, cuarenta y uno, cuarenta y dos, la nariz es como un trampolín con una acusada pendiente; cincuenta, cincuenta y uno, la gota se va haciendo más gruesa; cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco, observo su caída y como se estrella con ímpetu en el suelo.

Resulta interesante la formación de una gota de sudor. Ha tardado cincuenta y cinco segundos desde que ha co­menzado a formarse hasta que se ha desvanecido mezclán­dose con el polvo del camino.

Ha transcurrido casi un minuto y no me he dado cuenta, eso quiere decir que si camino a una media de cuatro kiló­metros a la hora, en un minuto he recorrido 66 metros casi sin enterarme.

Vuelvo a repetir la operación, uno, dos, tres…, cincuenta y uno, cincuenta y dos, en esta ocasión la gota de sudor ha tardado tres segundos menos en llegar a su destino, pero a la vez también el mío se está acortando con mi mente ocu­pada, no en el sufrimiento de la etapa sino en la evolución de una gota de sudor que busca el fatal destino de desapa­recer una vez que haya logrado su mayor esplendor.

Los kilómetros van pasando y ya las gotas parecen ver­daderas atletas con un buen entrenamiento. Cuando consi­go llegar al récord de cuarenta y un segundos estoy viendo al final del horizonte la torre de la iglesia de mi soñado des­tino y hago los últimos metros dando las gracias a una gota de sudor que me ha permitido que no cayera en la monoto­nía y me ha ayudado a conseguir mi objetivo.

Si en la vida diéramos el verdadero valor a los pequeños detalles, quizás podríamos llegar a comprender que a veces los problemas se pueden solucionar teniendo en cuenta esas pequeñas cosas a las que habitualmente no damos impor­tancia.