almeida– 27 de marzo de 2016.

Había sido una de las etapas más difíciles que recuerdo, luego vendrían más, pero hasta ese momento no estaba acostumbrado a tantas adversidades. La vía de la plata es un camino diferente, no por las pocas referencias que tienes en las largas distancias que debes recorrer entre un pueblo y otro, tampoco por las elevadas temperaturas que en los meses de verano se llegan a alcanzar ni por la falta de árboles donde poder descansar unos minutos a la sombra. Era por todo eso y algunas cosas más que iban surgiendo en cada una de las jornadas que estábamos haciendo. Cuando llegábamos al final de cada etapa las baterías estaban en la reserva y siempre pensábamos que difícilmente podríamos haber caminado unos kilómetros más.

Ese día, cuando llegamos al pueblo extremeño donde habíamos previsto terminar, eran casi las cinco de la tarde, en lugar de ir al albergue, entramos en el primer bar que vimos abierto y como nos temíamos, la cocina ya no estaba en servicio por lo que los menús se habían terminado, a partir de las ocho podríamos cenar, pero no podíamos esperar tres horas más para dar alimento a nuestros necesitados cuerpos, nos desmayaríamos si no ingeríamos pronto esa energía que los recuperara.

Negociamos con la señora encargada del establecimiento para que al menos nos preparara unos bocadillos de lo que fuera, en las condiciones que estábamos no podíamos ser exigentes. Mientras los preparaba le pedimos unas cervezas frescas que apuramos casi de un trago.

Dejamos las mochilas al lado de una mesa y nos sentamos mientras esperábamos el manjar que nos estaban preparando, era necesario que descansáramos ya que también estábamos fatigados.

En la barra del bar, había tres hombres de pie, estaban tomando unas cervezas y por la prominencia de sus barrigas nos imaginamos que eran asiduos y buenos clientes del establecimiento. Estaban hablando del campo, de la situación en la que se encontraban las cosechas y de los trabajos que debían hacer cada día a sus cultivos para que éstos produjeran los mejores frutos.

Cuando nos vieron, su conversación se detuvo y mientras pedían una nueva ronda de cerveza, comenzaron a hablar de nosotros, sin preocuparles en absoluto que pudiéramos escucharles, estábamos en su pueblo y se debían considerar con todo el derecho para hacerlo.

-Fijaros – dijo el primero – que ganarán esos andando por estas tierras con este calor.

-Pues igual han hecho una promesa y por eso cuanto más difícil sea lo que hagan mayores perspectivas tendrán de lograrla – dijo el segundo.

-Yo creo – comentó el tercero – que lo hacen por deporte, pasan muchos peregrinos por aquí y no todos van a tener promesas que cumplir.

-¿Y que llevarán en las mochilas? – comentó el segundo, da la impresión que pesan mucho.

-Pues como tú cuando vas a arar o a segar, en las alforjas llevas lo que vas a necesitar para el día – aseguró el primero.

Mientras estábamos escuchando lo que decían, vimos cómo la hostelera se acercaba con una bandeja en la que había dos grandes bocadillos. El pan estaba hecho con harina de trigo candeal y había sido cocido en un horno de leña, se notaba ese crujiente especial que el barro transmite a lo que se asa en él. En su interior había unas lonchas de salchichón, eran gruesas, cortadas a cuchillo y el aroma que desprendían delataba que estábamos en una zona en la que el porcino es una de las principales materias primas y en esta ocasión su elaboración había sido de forma artesanal. Pedimos dos nuevas jarras de cerveza y nos dispusimos a degustar este manjar que para nosotros iba a ser muy especial.

También nuestros vecinos habían pedido una nueva ronda de cervezas y seguían hablando sin parar, eran el centro de la atracción del local ya que sus vozarrones destacaban en todo el recinto.

-¿Desde dónde crees que vendrán? – preguntó el tercero.

-Pues supongo que desde – dijo el segundo acertando el lugar de donde habíamos comenzado la etapa.

-O sea que mañana irán hasta – dijo el tercero adivinando también nuestro destino del siguiente día, aunque tampoco era difícil hacerlo ya que no había muchos más pueblos en la ruta.

-¡Bah! – aseguro el primero – eso serán unos treinta kilómetros y yo cada día trabajando recorro más que esa distancia, entre ir a buscar el coche, acercarme hasta el tractor, andar por la tierra, venir hasta el bar, como te digo, me pongo a contar y seguro que por lo menos es lo que yo recorro cada día.

-No jodas – dijo el tercero – eso son muchos kilómetros y además, no es lo mismo hacerlo seguido y con la mochila a cuestas que como lo puedes hacer tú.

-Por debajo de la pata – insistió el primero – a ver si cuando vamos de caza no recorremos más de treinta kilómetros y cargados con la escopeta, con los cartuchos, con las piezas que cazamos, porque esos en la mochila solo llevan ropa y eso no pesa.

-Oye, pues cuando queráis podemos hacerlo – dijo el segundo – podemos ir un fin de semana y ver hasta dónde llegamos.

-Con lo bien que se está el fin de semana en la cama y luego venir a tomar unas cervezas al bar.

Fuimos terminando los bocadillos que nos supieron a gloria y me dio la impresión que nuestro cuerpo se reanimaba, ahora era cuestión de acercarnos hasta el albergue y darnos esa reconfortante ducha en la que el agua va desprendiendo todas las toxinas que el sudor ha ido extrayendo por los poros de la piel y los ha ido dejando adheridos a nuestro cuerpo.

Abonamos las consumiciones que habíamos tomado y con calma nos fuimos colocando las mochilas a la espalda, ahora parecía que pesaban algo menos que cuando llegamos.

Antes de salir del establecimiento, cuando llegamos a la altura de los contertulios, me detuve y mirando a mi compañero le dije en voz alta para que lo oyeran todos.

-Por lo que he estado escuchando tenemos aquí tres proyectos de futuros peregrinos que por lo que han estado comentando están muy preparados para lo que nosotros venimos haciendo durante la última semana y seguiremos haciendo durante las tres semanas que aún tenemos por delante. Viendo como hablaban del camino y lo seguros que estaban de hacer muy sobrados lo que nosotros hacemos, podemos esperarles mañana a la puerta del albergue y les dejamos las mochilas para que hagan la etapa por nosotros y vamos detrás sin el peso de las mochilas y si lo consiguen, me comprometo a invitarles a comer cuando lleguemos.

-Bueno, no te enfades, no es para tomarlo así – dijo el primero.

-No, no me enfado, me ha dado la impresión que hablabais con tanta ilusión que solo deseo que podáis ver cumplido ese sueño que me ha parecido percibir en vuestra conversación – dije mientras abría la puerta para salir a la calle.

Normalmente estos fantasmas también los hay en el camino, aunque como podemos ver al final la fuerza se les escapa por su boca.