almeida – 2 de diciembre de 2014.

Tenían todo el aspecto de dos turistas más. Cada día en el álgido mes veraniego de agosto, los hospitaleros de­bíamos estar más pendientes de que

no se colaran al inte­rior del albergue los veraneantes que invadían el pueblo y que, ávidos de recuerdos, no tenían ningún rubor en in­troducirse en los lugares privados a pesar de las indica­ciones restringiendo el acceso. Para quienes conseguir una instantánea que no tuvieran los demás era un triunfo importante del que luego presumirían en el hotel o en el camping, no cabe duda de que el edificio del siglo XVI en el que nos encontrábamos resultaba muy atractivo para estos paparazzis de un solo mes y si conseguían una foto con peregrinos descansando era ya para ellos lo máximo.

 

Me interpuse en su camino diciéndoles que, como se indicaba en los carteles, estaban en un recinto en el que el acceso a determinadas estancias estaba restringido, salvo para los peregrinos que se alojaban en el albergue.

El joven se excusó y pidió perdón, solicitó si al menos podían entrar al cuarto donde se recibía a los peregrinos ya que para ellos era muy importante. A esta petición no pude negarme y accedí ya que era un espacio donde se admitían visitas de todo tipo.

Al ver el brillo de sus ojos, la pareja parecía que se en­contraba en un sitio mágico., Unieron con fuerza sus ma­nos acercando sus cuerpos y se besaron. Traté de desviar la mirada para no perturbar ese momento tan cariñoso y a la vez ajeno para mí.

Hicieron un gesto como si solicitaran permiso para sentarse y con una inclinación de la cabeza asentí, exten­diendo la mano para que en lugar de hacerlo en una silla lo hicieran en uno de los sofás de dos plazas que había destinados para el descanso de los peregrinos.

Entonces Imanol, que así se llamaba el joven, se puso a hablar con una ligera emoción que se percibía en las primeras palabras que decía. Me contó que pasó por este albergue como peregrino hacía dos años. Salió muy ilu­sionado de Roncesvalles seis días antes pero una inopor­tuna tendinitis le había obligado a parar un día en el al­bergue para ver si se recuperaba y en caso de que esto no ocurriera, había decidido dejar el camino para otra ocasión.

El mismo día también comenzó su camino Laura, aunque ella se lo había tomado con más calma y llegó al albergue un día después, pero como decía Laura, el des­tino, que había sido reacio a que durante la semana que estuvieron caminando casi juntos se fijaran el uno en el otro, quiso que tuvieran en este albergue las literas conti­guas. De esa forma pudieron entablar una conversación y se interesó por la lesión que le había retenido. Imanol accedió a que Laura le aplicara algunas cremas en la zona afectada y tomó algunos antiinflamatorios que ella lleva­ba en su mochila.

Salieron al patio del albergue y Laura le aplicó las cremas con mucha suavidad y cariño. Una vez que le ven­dó la rodilla surgió el flechazo, se pasaron el resto de la tarde conversando y planificando el resto de su camino con la incertidumbre de si Imanol podría afrontarlo, pero Laura le animó diciendo que ella sería su apoyo y su ánimo en los momentos de debilidad. Se propusieron al día siguiente, y si era necesario un día después, realizar etapas más cortas que permitieran que la tendinitis fuera remitiendo y él se recuperara. Habían comprendido que ese camino debían hacerlo juntos para saber cómo florecía lo que estaba naciendo entre ellos.

Al día siguiente, los dolores seguían siendo intensos, pero un vendaje hecho con mucha habilidad por Laura permitió aliviar el dolor, y en el momento que la pierna fue entrando en calor, las molestias remitieron, aunque no del todo, confesó Imanol, quien ya tenía claro que no deseaba perder la agradable compañía que acababa de encontrar.

Antes de llegar a Burgos, la recuperación era completa. La precaución con la que caminaban y las atenciones de Laura hicieron que se produjera el milagro. Ahora ya podían caminar con la planificación inicial que debieron ir adaptando sobre la marcha ya que sus ritmos caminando eran diferentes.

El aprecio mutuo que sentían el uno por el otro, se fue convirtiendo en amor y como una pareja de amantes finalizaron un camino que había transformado sus vidas. Ahora debían retornar a la dura realidad ya que él vivía en el País Vasco y ella en Cataluña. La despedida en la estación de autobuses fue muy emotiva, los dos bañados en lágrimas se juraban amor eterno y comenzaron desde ese momento a buscar la forma de que la distancia no fuera un obstáculo para el amor que ya había florecido.

Internet y la telefonía móvil fueron el cordón umbilical que les mantuvo unidos y cada mes o cada dos meses, uno iba a visitar al otro. Eran cortas estancias de un fin de semana, pero representaban la chispa que hacía encender de nuevo la llama de su amor.

Las primeras vacaciones que pasaron juntos, creye­ron que la mejor forma de recuperar el tiempo que no podían estar juntos, era convivir los treinta días de forma muy intensa y la mejor forma de hacerlo era en el camino ya que éste representaba toda una vida, esa que ellos no podían disfrutar el uno con el otro.

Según iban llegando de nuevo a Santiago, ante el temor de una nueva separación, fueron haciendo planes para que no volviera a ocurrir. Analizaron la situación personal de cada uno y vieron que la estabilidad de Laura era mayor, por lo que regresarían juntos a Cata­luña y ya no se separarían nunca más.

Después de un año conviviendo juntos y comprobar que estaban hechos la una para el otro, habían decidido formalizar su relación. Deseaban tener hijos cuanto an­tes y se habían casado la semana anterior, estaban en su viaje de novios y querían visitar los lugares que tan maravillosos recuerdos tenían para ellos y lógicamente habían comenzado por el lugar donde nació todo.

Escuché su historia sin articular una palabra. Les confesé que habían conseguido emocionarme casi hasta el punto de hacerme llorar.

Entonces les dije que ellos no eran ningunos turis­tas en aquella casa. Eran dos peregrinos que merecían acceder al lugar en el que se encontraron, ya que his­torias como la suya son la verdadera esencia del ca­mino y el alimento que lo ha hecho crecer a lo largo de los siglos.

Les abrí las puertas de par en par y les pedí que me acompañaran hasta el patio. Nos sentamos en los ban­cos de cemento que rodean la mesa y fui a buscar una botella de un vino que guardaba para una ocasión espe­cial. Ni ella ni yo soñamos que sería degustada por un motivo más noble y justificado.

Brindamos por su amor y por el camino, o quizá fue al revés… que más da… las dos palabras tienen el mismo significado.