almeida – 1 de diciembre de 2014.

El sentimiento de los peregrinos por el que se ponen en camino para hacer esta ruta espiritual es, en ocasiones, tan dispar que llegan a desconcertarnos algunas actitudes de quienes se consideran peregrinos.

Cierto día que estaba en la recepción del albergue espe­rando y deseando la llegada de peregrinos a los que poder dar acogida, vi llegar a cuatro peregrinos jóvenes, dos chi­cas muy agraciadas físicamente y dos chicos que caminaban junto a ellas, aunque había algo que me hacía presentir que no eran compañeros de camino.

Escuché como una de las chicas dice a los otros que es­peren fuera, ella va a ver cómo es el albergue para ver si se quedan, buscan otro o se van al siguiente pueblo. Aquello me puso en guardia ya que no era la costumbre enseñar un albergue de donativo. O se quedan o se van, pero no se da la opción a enseñárselo para que ellos decidan.

La joven se acerca hasta mí y con gesto de súplica y an­gustia, me dice que quiere que le haga un favor. Así de sope­tón, aquella proposición, proviniendo de quien venía, era imposible decir que no, por lo que le dije que lo que estuviera en mi mano y no fuera contra las normas del albergue (seguí sin estar dispuesto a enseñarlo) podía contar conmigo.

La joven peregrina me contó que estaba haciendo el camino con su amiga y para ellas estaba resultando una experiencia extraordinaria. Le estaba ofreciendo la oportunidad de conocer lugares y personas que no se habían imaginado encontrar, pero esta sensación tan gratificante se había truncado dos días atrás cuando conocieron a los dos peregrinos que venían con ellas para quienes su única intención era ligar y no sabían cómo quitárselos de encima. Habían pensado en todo, retrasarse, salir antes, fingir una lesión, pero todo resultaba en vano, ya que o bien las esperaban, las alcanzaban, o se ofrecían para manosear sus rodillas tratando de aliviar la fingida tendinitis.

Habían previsto una estrategia para la que necesitaban mi complicidad. Hacían como que se registraban en el albergue, así se lo manifestaban a sus incordiantes compañeros, y fingían que iban a dar solas una vuelta por el pueblo para hacer unas compras, aprovecharían para comer y ya se verían por la tarde.

Como aún no era la una, ellas se iban a esforzar por hacer en las horas que aún les quedaban de luz una etapa más y si no les era posible, cogerían un autobús o un taxi para avanzar lo suficiente que las permitiera quitarse a esos molestos moscones de encima. Cuando ellos se dieran cuenta del engaño ya estarían muy lejos.

Fue tal la convicción que puso en su planteamiento y tanta la lástima que desprendía, que no le pude decir que no. Tomé su credencial y la de su amiga y registré sus nombres poniendo una marca al lado.

Ella salió contenta diciendo que el albergue estaba muy bien y que ya se habían registrado las dos, le dijo a su amiga que antes de alojarse podían ir a comprar algo para la cena y de paso aprovechaban para comer. Según hablaban las dos me miraron lanzándome un desapercibido guiño de complicidad.

Los peregrinos quedaron con ellas en verse después de ducharse y comer. Entraron en la sala de recepción de los peregrinos del albergue, antes que ninguno de ellos abriera la boca, les dije que si querían una cama al lado de sus compañeras, ya que eran camas bajas y estaban separadas de cuatro en cuatro lo que ofrecía un poco más de intimidad. Los dos se miraron y sonrieron maliciosamente mientras asentían con la cabeza.

Por la tarde deambularon por la puerta del albergue es­perando la llegada de sus ángeles. Para quien ignorara la situación daba la impresión de que se les había perdido algo y lo buscaban afanosamente. Nadie se presentaba ante su desesperación. Ya comenzaban a pensar que les habían he­cho una mala jugada. Yo disimulaba como podía haciendo que desconocía lo que les ocurría.

Como la capacidad del albergue se estaba completando, no podía ni debía dejar dos camas libres y, como si la provi­dencia lo hubiera dispuesto, llegaron dos robustas peregri­nas que ya habían pasado el medio siglo, pensé que podía hacer la acción del día alojándolas al lado de los fogosos ligones peregrinos. Supongo que para ellos resultó algo inesperado cuando vieron a sus compañeras de cuarto. Es­toy seguro de que aquel día sería uno de esos que el camino siempre nos depara dándonos una lección que no olvida­mos y nos sirve para toda la vida.

Por la mañana procuré no estar muy visible según se marchaban los peregrinos. A veces los sentimientos en las despedidas nos llegan a traicionar haciendo que nos emocionemos, no quería que en esta ocasión mi subconsciente me traicionara haciendo aflorar una ligera sonrisa.