almeida – 16 de julio de 2014.

Es muy frecuente ver en los caminos y en algunos albergues a quienes alardean de las veces que han recorrido el Camino, seguramente porque ello les hace pensar que son más peregrinos que quienes solo lo han recorrido en una o dos ocasiones.

Personalmente, creo que peregrino es aquel que tiene interés en dar un primer paso para avanzar y se convierte en peregrino cuando sabe apreciar y consigue percibir todas las sensaciones que le va aportando el Camino.

Hay peregrinos que han recorrido en docenas de ocasiones el Camino y no han conseguido que nada de lo que generalmente encontramos en él se haya quedado en su interior.

Por eso, suelo mostrarme prevenido con aquellas personas que antes de presentarse, ponen por delante el currículo peregrino que tienen, como si su supuesta experiencia, avalara lo que pueden ser.

Siempre me quedaré con aquellas personas más humildes, generalmente, son esos anónimos que cada día de su vida están haciendo camino y no le dan ninguna importancia, porque lo hacen con tal naturalidad que para ellos es algo innato que no necesitan que los demás lo sepan porque ellos lo sienten y es como se encuentran a gusto.

Recientemente he conocido a una de estas personas que hace camino todos los días, aunque según afirma, él no es peregrino porque nunca ha recorrido el Camino, pero ya me gustaría que una centésima parte de algunos peregrinos reincidentes tuvieran un poco de lo que para Leopoldo es algo que hace porque le apasiona.

Era uno de esos peligros del pueblo a los que cantaba Patxi Andion y cuando dejó de instruir a los más pequeños se asentó en el pueblo que le había visto nacer para disfrutar de esa vejez tan merecida que se había ganado con creces.

Cuando llevaba poco más de un mes en el albergue, aplicando esa filosofía de la acogida tradicional que algunos me habían enseñado, él, que ya se había informado de la labor que se estaba haciendo en el albergue, se acercó un buen día para conocerme.

Después de presentarse, lo imaginé como uno de esos mayores del pueblo que venía a ver el albergue, pero me hizo saber que no era de este pueblo sino de uno que se encontraba en las cercanías. Desde muy niño, estaba acostumbrado a ver pasar peregrinos por su pueblo, era uno de esos cruces en los que antiguamente los monjes se desplazaban de un monasterio a otro y los peregrinos fueron siguiendo su ejemplo hasta que ese camino se vio inundado por las aguas de un embalse construido para producir energía y potenciar el regadío de la zona.

Pero el nuevo trazado que se había diseñado era también precioso y espectacular porque desde una atalaya natural en la que un día se asentó un castro, se había convertido en ese magnifico lugar cincelado por la naturaleza desde el que se puede divisar y sobre todo disfrutar de un paisaje que parecía sacado de un cuento de hadas.

Pero como ocurre con todos los lugares únicos, para acceder a él, hay que superar algunos caminos un tanto tortuosos que son los que esperan encontrarse los peregrinos en su camino.

Desgraciadamente algunos que aconsejan a los peregrinos por donde deben desplazarse, no son peregrinos y buscan los lugares más cómodos y fáciles. En algunas guías y alguno que otro, que se atribuye el apelativo de hospitalero, desviaban a los peregrinos por la carretera con el peligro que representa. Pero muchas mañanas, Leopoldo empleaba parte de ese tiempo que tenía para reconducir a los peregrinos. Se asentaba en un extremo del puente a la hora que la mayoría pasaban por allí y tras abastecerles de agua, les aconsejaba que no siguieran las indicaciones erróneas que algunos les hacían porque se iban a perder uno de los tramos más bonitos de este camino.

Quienes seguían su consejo llegaban maravillados por el espectáculo que habían presenciado. En lugar de ver durante kilómetros asfalto, contemplaban unos acantilados que iban encajonando el río, que resultaban un prodigio de la naturaleza, los vehículos y camiones que se encontraban los que seguían las equivocadas indicaciones, eran sustituidos por aves rapaces que planeaban en busca de su alimento o por algún que otro corzo o ciervo que se cruzaba en el camino.

Pero la labor de Leopoldo no se quedaba ahí, también cuando veía a algún peregrino que caminaba con problemas por una lesión, iba en busca de su coche que siempre estaba aparcado por las cercanías y lo llevaba hasta el siguiente pueblo donde un médico pudiera verle y cuando la maleza iba invadiendo las señales, Leopoldo recorría el camino con su hoz para cortar esas hierbas que impedían a los peregrinos ver las señales que había en las piedras o en los troncos de los árboles.

Le comenté a Leopoldo que algunos peregrinos, cuando se encontraban en las ruinas del antiguo castro, se emocionaban tanto con lo que estaban viendo que se despistaban y seguían por donde su intuición les aconsejaba desviándose del camino y fuimos un día a reforzar las señales en aquel punto.

Daba gusto ver abriendo camino a un hombre que había superado los setenta y me acordé en esos momentos de los hipócritas que habían escrito aquellas guías o los que se hacían llamar hospitaleros que seguro no habían visto nunca aquella maravilla de la naturaleza ni la verían jamás, pero se atrevían a hablar sobre ella.

Leopoldo con una hoz en la mano derecha y la azada en la izquierda, iba cercenando todo lo que se interponía entre las señales y nuestra visión dejando de nuevo expedito el Camino para que los peregrinos avanzaran sin esa incertidumbre que en ocasiones surge de si se ira por el buen camino.

Cuando los peregrinos llegaban cada día al albergue, se mostraban encantados con lo que esa jornada habían podido disfrutar y cuando nos encontrábamos en la cena comunitaria que se hace en el albergue y algunos días se acercaba a saludarnos Leopoldo, quienes no habían tenido la suerte de conocerle cruzándose con él en cualquier punto de ese trazado del Camino, se lo presentaba como esa alma generosa que se preocupa de que los peregrinos puedan disfrutar de la naturaleza, porque, él era uno de los más fervientes defensores de ese trazado que se estaba tratando de modificar.

Pocos peregrinos me han enseñado tantas cosas como este que dice no serlo, creo que cuando llega alguien con esos aires de superioridad por los caminos que lleva a sus pies me suelo acordar de la humildad de Leopoldo y de esas lecciones que sigue dando, aunque ya no tenga niños en el pupitre, porque el maestro, el buen maestro, nunca dejará de serlo y seguirá enseñando para que todos recordemos lo que hemos aprendido con sus enseñanzas.

Anónimos como Leopoldo, son esas personas que hacen Camino, aunque nunca salga su foto en los periódicos ni la mayoría de los peregrinos sepan quien es, sin personas como él, el Camino sería muy diferente.

Gracias maestro por darnos esas lecciones que siempre se quedaran en nuestra mente y en nuestro corazón, gente como tú, son el verdadero Camino, ese espíritu que nunca desaparecerá.