almeida – 13 de diciembre de 2014.

El día anterior habíamos culminado con éxito, aunque muy cansados la etapa mítica de la Ruta de la Plata. El tra­mo entre Carcaboso y Aldeanueva del Camino resulta siem­pre el más temido para los peregrinos que afrontan este camino ya que son cuarenta kilómetros con la sola referen­cia del majestuoso arco cuadriforme de Cáparra y entre las dos poblaciones no hay ningún punto en el que los peregri­nos puedan avituallarse.

Este día teníamos por delante una etapa no menos complicada. El ascenso al Puerto de Béjar se me hacía muy complicado. No lo conocía, pero recordaba cuando años antes lo había descendido con el coche, aun recor­daba las pronunciadas curvas que hacía la carretera, por lo que en Baños de Montemayor realizamos el avitualla­miento necesario que nos permitiera el ascenso con cier­tas garantías.

Comenzamos la subida por la calzada romana. El ca­mino era casi recto y en permanente ascenso pero sin los temidos desniveles que yo esperaba. Me di cuenta de nuevo de la sabiduría de los romanos cuando planificaron el em­plazamiento de sus calzadas, ya que nadie lo ha sabido su­perar.

El ascenso se nos hace muy cómodo. Cuando llegamos a lo más alto, contemplamos las espléndidas vistas del valle mientras comentamos aún extrañados lo fácil que nos ha resultado llegar hasta allí. Ya habíamos dejado atrás la parte más dura de la jornada y nos sentíamos eufóricos, los tramos más duros del camino los habíamos superado y no tendríamos grandes dificultades hasta llegar a tierras gallegas ya que las etapas de los siguientes días las haríamos por las llanuras castellanas.

En una casa de piedra, un pequeño letrero de latón, que anunciaba una bebida alcohólica, nos advierte que nos encontramos ante una de esas casas-bar que tanto abundan en esta zona. Decidimos hacer un alto para tomar algo y recuperar parte de las fuerzas que habíamos dejado subiendo el puerto.

En una explanada que había junto a la casa-bar, vemos aparcados un potente BMW y un vehículo todoterreno. Esparcidas sobre la carrocería de los dos coches se encontraban varias pequeñas mochilas como las que se utilizan para recorrer caminos cortos. Enseguida me imagino a varios peregrinos que se encuentran haciendo el camino con vehículos de apoyo.

Generalmente no suelo juzgar la forma en la que cada uno realiza el camino. Soy consciente de que las condiciones de los peregrinos no son las mismas en todos los casos y lo importante es poder cumplir un sueño y cuando el sueño es el camino me vuelvo más tolerante. Lo que sí me llega a molestar es cuando esos peregrinos que se sirven de medios externos no se atreven a reconocerlo ante los demás y mienten, ya que cuando llegan al final de la etapa o del camino se consideran más peregrinos que nadie. Pero allá cada cual con la forma en la que desee disfrutar de su camino.

En ese momento salieron del bar ocho personas que formaban un grupo bastante heterogéneo. Algunos llevan pantalón corto pero ninguno de ellos tiene el aspecto clásico del peregrino que estamos acostumbrados a ver por los ca­minos. No pude por menos de dirigirme a ellos en un tono quizá un poco irónico:

—Buenos días —les dije.

Casi al unísono me respondieron todos con el mismo sa­ludo:

—Buenos días.

—Qué, ¿haciendo el camino? —les pregunté.

Uno de ellos, de los más jóvenes, me dijo sonriendo:

—Nosotros sí estamos haciendo el camino, vosotros no.

Aquello casi me indignó. ¿Cómo podía afirmar lo que decía? Estábamos sudorosos, con la vieira colgada en la mochila y el bordón en la mano, ¿qué más indicios para ver que éramos peregrinos?

—Bueno —respondí un poco molesto o contrariado—, las mochilas que llevamos no lo hacemos por gusto, son para cubrir las necesidades que tenemos en cada jornada, eso no se puede hacer con esas —les dije señalando las pe­queñas mochilas que estaban sobre los coches.

Viendo mi ligero enfado, una joven que estaba comién­dose un gran bocadillo, engulló lo que había masticado y tenía en la boca y trató de reconducir el tema:

—Nos has preguntado que si estamos haciendo el ca­mino y te hemos respondido que lo estamos haciendo por­que es la verdad, quienes no lo estáis haciendo sois voso­tros, vosotros lo estáis recorriendo.

Ante mi extrañeza por aquellas palabras traté de res­ponder, pero la joven continuó:

—Nosotros somos obreros de una contrata que tiene asignada la reparación de los tramos dañados en la calzada, por lo que sí estamos haciendo el camino para que vosotros como peregrinos podáis caminar sobre él y recorrerlo, ¿lo entiendes? —apostilló.

Al ver el juego de palabras y la broma que me habían gastado, no pude por menos que estallar en una sonora car­cajada que contagió a los demás. Al unísono todos nos reí­mos de la doble intención de las palabras que nos habíamos cruzado.

Una vez más el camino me enseñó que no somos nadie para juzgar a los demás y que las primeras impresiones a veces resultan falsas y nos hacen arrepentirnos de los pen­samientos que han pasado por nuestra mente.

Nos despedimos agradeciéndoles la labor que estaban realizando para que los peregrinos podamos disfrutar de ese camino que ellos estaban haciendo para nosotros y cada vez que escucho a alguien decir que está haciendo el ca­mino, siempre pienso en las personas que durante muchos siglos sí han hecho el camino para que nosotros podamos caminar sobre él.