almeida – 19 de junio de 2016.

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Fiel a su costumbre, o quizá a la necesidad que había nacido recientemente, Nicolás estaba otra vez en el albergue de Roncesvalles dispuesto a hacer un nuevo camino como venía haciendo una o dos veces al año desde que por primera vez descubrió esta maravillosa ruta.

            En esta ocasión iba solo, sabía que eso no representaba ningún contratiempo porque en el momento que pusiera los pies en el camino iría seleccionando a los compañeros de viaje o el camino sería el encargado de hacer esta selección.

            Los primeros momentos son siempre esos en los que los sentidos se agudizan de una forma muy especial, todo parece nuevo una vez más y tratamos de captar todas y cada una de las sensaciones que estamos recibiendo.

            Como había previsto, pronto se fue haciendo un grupo con el que tenía algunas afinidades, edad, procedencia, comportamientos. No se sabe lo que es, pero las personas que merecen la pena y son los que tienen que formar parte de este camino contigo, enseguida se van haciendo destacar y parece que un imaginario imán los va atrayendo hasta que consigue agruparlos a todos.

            Cuando el grupo de media docena de peregrinos estaba ya casi formado, fueron juntos a cenar y compartieron esos primeros minutos que siempre se van guardando en la retina.

            Cerca de ellos había un peregrino que a Nicolás le pareció diferente, coincidió en varias ocasiones con el grupo en el que él se había integrado, pero no hizo ningún intento por formar parte del mismo por lo que Nicolás pensó que no era el momento de contar con su presencia o que no estaba destinado a que fuera así.

            La noche resultó como él recordaba en otras ocasiones, extrañaba la cama en la que estaba durmiendo y comenzaron a aparecer esas mariposas que revolotean en el estómago y apenas pudo dormir, por eso, bastante antes de la hora en la que el grupo había previsto salir, Nicolás ya estaba preparado esperando a los demás.

            En ese momento, se dio cuenta que estaba siendo observado, era el peregrino en el que se fijó ayer que también estaba preparado y dispuesto para salir y comenzar su camino.

            -Puedo ir con vosotros – dijo con un fuerte acento italiano.

            -¡Por supuesto! – respondió Nicolás – será un placer contar con tu compañía.

            Se presentaron y Nicolás por primera vez conoció a un peregrino de Malta, había caminado con peregrinos de casi todos los países del mundo, pero era la primera vez que lo iba a hacer con alguien de esta pequeña isla del mediterráneo lo que le pareció muy interesante ya que siempre trataba de conocer un poco más las costumbres de las personas con las que caminaba.

            Poco a poco se fueron agrupando el resto de los componentes del grupo que iban a comenzar a caminar juntos y cuando vieron que ya estaban todos, con los deseos que fuera un buen camino para ellos comenzaron a dar los primeros pasos.

            Simón, el peregrino maltés, cuando penetraron en el bosque se puso al lado de Nicolás y éste, fiel a su costumbre, se fue interesando por las motivaciones que le habían llevado al camino y sobre todo por conocer un poco más el país de su nuevo compañero.

            Esta primera etapa fue para Nicolás diferente de las anteriores veces que la había recorrido ya que la conversación era muy fluida y los kilómetros se iban pasando casi sin darse cuenta.

            En las paradas que hicieron en esa etapa, Simón se integró enseguida en el grupo, todos se entendían a la perfección y parecía imposible que siete personas que un día antes no se conocían, se encontraran tan a gusto caminando y compartiendo las cosas.

            Cuando llegaron a lo que habían previsto que fuera el final de su jornada, antes de llegar a Larrasoaña decidieron detenerse para pasar allí el resto del día y descansar en el albergue municipal del que la mayoría tenía muy buenas referencias.

            Incomprensiblemente, Simón les dijo que él iba a continuar caminando un poco más, llegaría hasta Trinidad de Arre que era el lugar que él se había marcado como final de etapa.

            Nadie comprendió cómo se apartaba del grupo el peregrino maltés y menos Nicolás que pensaba que como se encontraba solo necesitaba más que nadie ir en compañía, pero sabía de sobra que el camino es quien pone las normas y estaba decidido que fuera de esa manera, no obstante, estaba convencido que a lo largo del camino, del que les faltaban muchas jornadas para terminar, si estaba previsto por el destino, se volverían a reunir y volverían a caminar juntos.

            La nueva jornada y las que siguieron no volvió a ver al peregrino maltés. En alguna ocasión siguió pensando en él y una vez más se convenció que es el camino el que va marcando lo que en cada momento tiene que ocurrir.

            Con algunos nuevos integrantes y con alguna baja que otra, el grupo llegó hasta la meta y lo celebraron como tantas veces habían ido imaginándose en voz alta mientras caminaban y surgió la inevitable despedida que fue muy emotiva para todos. Los deseos de encontrarse de nuevo poco a poco se fueron diluyendo y aunque a través del teléfono y de Internet fueron recordando algunas experiencias del camino, poco a poco se fue diluyendo esta relación.

            Nicolás en varias ocasiones pensó qué habría sido de su compañero de la primera etapa, ¿habría conseguido terminar el camino? O como suele ocurrir en muchas ocasiones habría sido uno de esos peregrinos a los que la dureza de la ruta le hubiera seleccionado apartándole de él por una inoportuna lesión.

            También Nicolás con el tiempo fue olvidándose de este peregrino, siguió haciendo nuevos caminos y fue conociendo a nuevas personas que entraron a formar parte de su vida.

            Dos años más tarde, después de terminar un nuevo camino, Nicolás fiel a su costumbre estaba a las doce en la misa que se celebra en honor de los peregrinos que han llegado ese día a la capital gallega.

            Mientras los tiraboleiros hacían los preparativos para poner en funcionamiento el botafumeiro, la mirada de Nicolás fue recorriendo la abarrotada catedral y sus ojos se fueron hacia uno de los extremos y se cruzaron con los de Simón, enseguida se reconocieron y se acercaron el uno al otro fundiéndose en un fuerte abrazo en medio de la catedral.

            El resto de la jornada la pasaron juntos, primero se dirigieron a uno de los típicos rincones que hay en la parte vieja de la ciudad en la que los peregrinos suelen celebrar el buen éxito de la empresa que ha finalizado y luego recorrieron varios bares en los que los caldos gallegos fueron la compañía perfecta para aquel reencuentro.

            Comentaron y estuvieron de acuerdo en los caprichos del camino que es quien mejor sabe seleccionar esa compañía que debe acompañarnos hasta Santiago y coincidieron que en el primer encuentro que tuvieron no se daban las condiciones necesarias para que hubieran pisado juntos la ansiada meta.