A través de esa ventana que ahora una buena parte de la población disponemos en esta clausura colectiva involuntaria, a la que estamos obligados, escuché una noticia que transmitían a través de las ondas, la cual me resultó intolerable.

            Se detallaba la información de un manual, que se había elaborado desde una de las administraciones, en las que se establecía un protocolo para saber cada uno, cómo se debía de actuar a la hora de recepcionar los pacientes que fueran llegando a los centros médicos de los que los artífices de aquel macabro plan eran competentes.

            En él, se indicaba cómo los que estaban al cargo de las admisiones y tenían que decidir los enfermos que tendrían acceso a los más altos cuidados para solucionar el problema por el que estaban ingresados, si contaban con más de 80 años, debían de ser descartados de las máximas atenciones, dando esa prioridad a los que tuvieran más futuro por delante.

            No pude por menos que pensar en mis padres que ya habían fallecido años antes y me imaginé que si ellos se encontraban en esa situación me parecería indecente y no sé cómo habría actuado y ahora que no había ningún familiar directo que pudiera encontrarse en esta situación, seguía pareciéndome algo indecente que el ser humano, pudiera llegar a establecer un manual tan perverso y malévolo como aquel.

            Puedo llegar a comprender, que en un momento determinado un medico que se ve desbordado ante una catástrofe por un accidente, con decenas de víctimas o una saturación sanitaria como la que estábamos padeciendo, en un momento determinado se encontrara obligado a tener que decidir, pero era algo en caliente, en el momento, no pensado fríamente en un despacho por alguien que mientras estaba elaborando el nefasto documento podría estar tomándose un café.

            Sin querer, mi mente se fue a ochenta años antes cuando aquellos halcones de la muerte que pretendían dominar el mundo, comenzaron a establecer su particular selección natural, para dejar vivos a los más perfectos, los demás, sólo por ser diferentes, estaban condenados al exterminio.

            Se encontraban condenados por su forma de ser, su deformidad, sus creencias religiosas, su raza y cualquier otra anomalía que se le hubiera ocurrido al malévolo que fue plasmando en un papel, como si se tratara de un Dios, quienes eran los que podían seguir viviendo y los que estaban condenados a dejar de existir.

            Que poco hemos aprendido de los defectos que periódicamente vamos cometiendo y no sacamos de ellos las lecciones que debían habernos ofrecido, para tratar de ser mejores, al menos, para no seguir cometiendo los mismos errores.

            Con el paso del tiempo todos hemos abominado de aquellas prácticas y acabamos repudiando a los que llegaron a cometerlas y habíamos llegado a ese momento en el que podíamos llegar a pensar que la lección estaba bien aprendida, pero al ver comportamientos y actitudes como éstas, acabamos dándonos cuenta que no ha sido así y si persistimos en el error, estaremos condenados de nuevo a repetir esos errores que deberíamos haber enterrado hace ya mucho tiempo.

            He pensado bastante en estos fatídicos personajes de la historia y me doy cuenta que no se han ido del todo, cuentan con algunos alumnos que nos siguen causando vergüenza y seguimos practicando los mismos errores.