Hans, el jefe del grupo, era luthier; su habilidad con las finas maderas nobles le permitía elaborar unos instrumentos que eran muy apreciados. Llevaba algunos en el carro con la idea de intercambiarlos con los colegas que fuera encontrando en su camino o, si era necesario, también podría venderlos en caso de necesidad. Viajaba acompañado de su esposa.

Rudolf era un maestro orfebre, también viajaba acompañado de su esposa Gertrud, era uno de los más callados del grupo, asentía a todo lo que decían y solo cuando era preciso decía algún monosílabo para ratificar o reafirmar lo que decía.

Fritz se dedicaba a trabajar el barro, era un alfarero que conocía a la perfección su oficio, viajaba acompañado de su esposa y de sus dos hijos, una joven y un muchacho bastante espabilado que veía todo con la inocencia de quien sale de casa por primera vez y para él todo resultaba muy llamativo.

Los que conducían el carro eran Bruno y su hermano Heinrich, tenían una taberna en el pueblo que había quedado atendida por la mujer de Bruno. Él era quien se encargaba de las provisiones que llevaban y hacía la comida y la cena cuando se detenían. Tenía un talento especial para satisfacer las exigencias y necesidades que todos mostraban con la comida.

Finalmente, estaba el clérigo, Albert, fue quien propuso la idea a los feligreses de su comunidad de hacer este viaje y cuando fueron creando el grupo, le pidieron que él les acompañara y no pudo decir que no. Inicialmente la falta de un sustituto en la parroquia permitió que aplazara su decisión, pero unos meses atrás le habían enviado un joven que se encargaría de ayudarle y pensó que era el momento de ver cumplido este sueño que él también tenía.

—Nosotros somos comerciantes de telas —dijo Bernard —estamos visitando algunos distribuidores que tenemos en el camino y de paso vamos abriendo más mercado mientras nos dirigimos a la tumba del discípulo del señor.

Todos alabaron lo que Bruno les había servido, también supieron apreciar el queso que Bernard había aportado y sobre todo el licor que los monjes le habían dado. Enseguida se consumió la botella y se lamentó de no tener alguna más, pues todos los que probaron el licor deseaban saber cómo estaba elaborado, repitiendo hasta que no quedó ni una gota en la botella.

Tras la comida, algunos se tumbaron sobre la hierba dando alguna cabezada para descansar, mientras, Hans sacó de su zurrón una flauta y fue amenizando el descanso y el reposo de todo el grupo. Algunos se animaron a acompañarle entonando hermosas baladas tradicionales de su tierra de origen.

Tras haber descansado, reiniciaron el viaje y después de las siete se detuvieron en un pueblo. Buscaron un lugar para alojarse y ocuparon todas las habitaciones de la posada, incluso en alguna de las habitaciones tuvieron que poner alguna cama supletoria para acoger a todos los integrantes del grupo.

Albert pidió permiso al sacerdote de la iglesia local para celebrar una misa para el grupo y antes de la cena se dirigieron todos a la iglesia. También Bernard y Marie les acompañaron aunque no comprendían el idioma en el que se celebraba, por eso el clérigo trató de hacer una buena parte en latín, para que fuera comprendida por los asistentes que había en la iglesia. Algunos devotos asistieron para ver aquel curioso grupo que había llegado hasta su pueblo y para conocer sus costumbres.