almeida – 24 de agosto de 2014.

Isaac era un peregrino diferente a los demás, nada más verle lo comprendí enseguida. Estaba haciendo un camino muy especial, no lo hacía por ninguna motivación religiosa ya que él era judío. Tampoco lo hacía por disfrutar de nuevas experiencias, su holgada posición económica le permitía haber tenido las experiencias que hubiera deseado, en cualquier lugar del mundo. Lo hacía por una promesa que se hizo aquella noche cuando su hijo pequeño se debatía entre la vida y la muerte en el quirófano de un hospital.

En el silencio de la noche, se encomendó a todos los seres espirituales que pudieran escucharle y prometió que si se producía el milagro, iría caminando desde el santuario de la virgen más sagrada de su país de origen, aquella que desde pequeño habían venerado muchos de sus paisanos aunque no creyeran mucho en ella, hasta Compostela. Se desprendería durante su peregrinación de todos sus bienes, solo sobreviviría con lo que le aportara su trabajo y con la caridad de las buenas personas que se encontrara en su camino. El milagro se produjo, su hijo se recuperó de una forma inexplicable y él cumplió su promesa.

Caminaba con su fiel perro Leo. En su mochila, una mochila enorme, llevaba todo lo necesario para cubrir sus necesidades y las de su perro, que no eran muchas. El recuerdo de su hijo y el deseo de volver a abrazarle de nuevo, fue lo que le impulsaba cada jornada a seguir adelante, hasta que cuando se encontrara ante los restos del apóstol, diera por saldada su deuda.

Cuando yo le conocí en Santuario, llevaba más de seis meses caminando y sus piernas habían dado varios millones de pasos para recorrer los más de seis mil kilómetros que llevaba de camino.

Nunca pedía nada para él, necesitaba muy poco, solo en alguna ocasión pedía para su fiel compañero. Era un animal muy dócil que jamás dio el menor problema allí donde se encontraba.

Imaginé que Isaac era un pozo de conocimientos, un cúmulo de experiencias y quise aprovecharme de ellas, le pedí que se quedara un día más descansando en Santuario, de esa forma podía beber de los conocimientos que él iba a proporcionarme compartiéndolos conmigo.

No estaba equivocado, cada historia que me contaba me resultaba más interesante que la anterior. Isaac era un buen conversador y mientras se deleitaba con cualquiera de los dos placeres que tenía: un buen café solo y uno o muchos cigarrillos, me fue hablando de su aventura, fue desgranando cada una de las historias que le habían ocurrido y guardaba en su memoria intactas como si hubieran pasado el día anterior.

Yo que no tengo su capacidad de retención, estoy seguro que me he dejado en el terreno del olvido alguna de las sabrosas historias que escuché de sus labios, pero al menos he rescatado una docena de ellas. Seguramente irá surgiendo alguna otra y según vuelva a recordarlas, las iré desarrollando para que no caigan en el olvido.

Quiero hacer un capitulo especial con las historias que Isaac me contó. Por sí mismas, ellas solas podrían conformar un volumen especial de las historias del camino, pero como para mí nacieron en Santuario, quiero que formen parte de todas las historias que en este lugar pude conocer de labios de los propios peregrinos que las habían vivido o fueron los testigos directos de lo que me contaban.