almeida – 29 de diciembre de 2015.

            Fernando, comenzó un día a caminar por prescripción médica, según su médico de cabecera, era uno de sus pacientes que más boletos tenía para que un día su corazón dijera basta y se quebrara. Su sedentarismo, la incorrecta alimentación, el exceso de nicotina que albergaba en sus pulmones y esas copas que según él se veía obligado a consumir por los compromisos sociales de su trabajo le hacían propenso a tener el día menos pensado un disgusto.

            Con pereza fue haciendo los veinte minutos que su médico le había recomendado y al final de la primera semana caminando, se dio cuenta que lo que le habían puesto no era un castigo. En lugar de eso le estaba pareciendo una liberación ya que según fueron pasando las semanas iba incrementando el tiempo que dedicaba a caminar hasta hacer dos horas cada día. Mientras caminaba, su mente pensaba en mil cosas y se encontraba libre y despejada, estaba viviendo un sueño que jamás había imaginado y su vida comenzó a cambiar de una forma radical casi sin que él se diera cuenta.

            Un día se encontraba con un amigo con el que antes alternaba diariamente y decidieron celebrar el encuentro tomando un gin tonic que era lo que siempre bebían cuando se encontraban juntos.

            Fernando, se encontraba orgulloso con lo que estaba haciendo y así se lo dijo a Carlos, durante un buen rato presumió de los diez kilómetros que cada día caminaba. Eso le estaba cambiando, le hacía ver la vida y las cosas de una forma diferente porque se había dado cuenta que se podía vivir y muy bien sin algunas cosas que llegamos a considerar habituales. Celebraron con una segunda copa esta reencarnación y luego vino una tercera para brindar por el mantenimiento de las buenas costumbres. La falta de hábito a la que había acostumbrado a su cuerpo, hizo que Fernando se encontrara muy pronto algo mareado, ya no aguantaba tanto como antes y el alcohol pronto comenzó a hacer su efecto.

            Tras el tercer gin tonic, en el último brindis, Carlos propuso a Fernando que ya que estaba tan preparado podían hacer el Camino de Santiago y con la euforia del momento Fernando aceptó y se comprometieron a hacerlo juntos.

            Esa noche fue una de las peores de los últimos meses para Fernando, la pasó dando vueltas en la cama y soñando con sartenes, platos y tiendas de campaña. Había oído hablar de ese camino, pero se lo imaginaba con la mochila a la espalda y durmiendo y comiendo donde podían, generalmente al aire libre.

            A la mañana siguiente, casi no recordaba lo que había pasado la tarde anterior y tenía la esperanza de que Carlos tampoco se acordara, aquello cada vez que lo pensaba le parecía una locura. No se veía capaz de recorrer caminando cargado de peso más de ochocientos kilómetros. Pero casi no tuvo tiempo de pensar ya que cuando volvió a ver a Carlos, éste venía con una guía del Camino de Santiago y Fernando no se atrevió a decirle lo que pensaba ni lo que desde que le dejó se le había pasado por la cabeza.

            Ninguno de los dos se atrevía a volver a plantear el tema y menos aún deseaban romper un acuerdo al que habían llegado, por lo que se fueron preparando para afrontar ese reto y marcaron una fecha de salida unos meses después.

            Para los dos el camino era algo nuevo y como novatos, los primeros días resultaron muy duros y en varias ocasiones pensaron abandonar. Pero ninguno de los dos quería ser quien diera muestras de flaqueza, por lo que superaron pronto esos días malos y consiguieron su objetivo ante la sorpresa de quienes les conocían. Se habían cruzado numerosas apuestas por el fracaso de este proyecto.

            Aquello les resultó tan gratificante, que cuando regresaron a sus casas ya estaban planificando la ruta que harían al año siguiente y después del Camino Francés vino el que recorre toda la costa del Cantábrico y más tarde, la Vía de la Plata.

            Éste último camino fue diferente, Carlos comenzó a sentir unos síntomas que nunca antes había sentido y después de una penosa enfermedad, cuando ya habían formado un equipo inseparable dejó solo a Fernando, ya no harían ningún camino más juntos.

            Pero a Fernando le había entrado esa magia que el camino suele producir en algunas personas y no podía quitarlo de su cabeza. No deseaba caminar con nadie y tampoco quería hacerlo sin su compañero, hasta que se dio cuenta que su compañero siempre estaría con él ya que cuando caminara, él estaría a su lado y ya nunca le abandonaría. Volvió al camino y sintió la presencia cada día de su compañero a su lado y por las noches siempre se imaginaba que la estrella que más brillaba era esa luz que su compañero le enviaba para que siguiera el camino correcto.

            Al ver que caminaba solo, muchos amigos le propusieron acompañarle. Con él formarían un buen equipo ya que les unía una buena amistad, pero Fernando descartó todas las propuestas, pensaba que había encontrado a su compañero de camino y era muy difícil que alguien pudiera sustituirle, porque cuando dos almas gemelas se juntan no hay nadie que pueda reemplazar la falta de una de ellas.

            Fernando comenzó a disfrutar del camino de una forma diferente y se hizo hospitalero, gozaba con los peregrinos que llegaban al albergue en el que él se encontraba y para él la atención que les daba reconfortaba el esfuerzo de no poder estar en el camino recorriéndolo como peregrino.

            Un día, cuando Fernando se encontraba en el albergue, recibió la visita de Isabor, ella era peregrina y hospitalera y se habían conocido a través de uno de los muchos foros de peregrinos. Fernando se dio cuenta desde el primer momento que no era una peregrina más, era diferente de todas, tenía un halo especial que enseguida llamó la atención del hospitalero y soñó por unos momentos que podía ser esa alma gemela con la que un día pudiera compartir ese camino que desde que se marchó Carlos siempre hacía solo.

            Ese alma de la peregrina, muy pronto se acopló con la del hospitalero y se convirtieron en las almas gemelas que el camino se había encargado de juntar de nuevo. Entre ellos surgió el amor, un amor noble y sincero y comenzaron a compartirlo todo, buscaban cualquier momento para estar juntos y cuando sus manos se rozaban sentían que los dos se encontraban en la gloria.

            Fueron surgiendo algunos planes y para dos peregrinos uno de los objetivos es hacer juntos el camino, por lo que planificaron los días que podían destinar a recorrer una parte del camino y quedaron para hacerlo unos meses después.

            Fernando se encontraba un tanto inquieto, nunca había caminado con nadie más que con su compañero y en algún momento llego a sentir que lo traicionaba, que no era fiel a su memoria hasta que se dio cuenta que quizá el camino le hubiera quitado a un compañero para darle otro, una compañía con la se encontraría a gusto y feliz.

            Comenzaron a caminar en Logroño, disponían solo de cuatro días, pero fueron cuatro maravillosas e inolvidables jornadas. Juntos fueron recogiendo los frutos que la naturaleza ponía a su alcance. Disfrutaron de lo que el camino había sabido conservar a lo largo de los siglos para los peregrinos que actualmente lo recorren. Conocieron a personas que forman ya parte de su memoria y sobre todo se amaron. Se amaron en el camino cuando el roce de sus manos les transportaba a esa felicidad sublime que algunas veces los elegidos son capaces de alcanzar. Se amaron cuando después de una dura subida llegaban exhaustos a la cima y se sentaban sobre una piedra y sus labios refrescaban la fatiga que había en sus cuerpos. Se amaron cuando en los días de lluvia se abrazaban apartando la capa que les protegía del agua y sentían como sus cuerpos se excitaban con el contacto y sobre todo se amaron en el silencio de la noche, cuando todos dormían solo se oía el fuerte latir de sus corazones que a veces parecía que se escapaba de sus pechos.

            Fernando e Isabor compartieron unos días de camino, de ese camino que un día comienza y ya no se detiene jamás. Seguirán otros caminos, porque Fernando ha encontrado esa alma gemela que no dejará que vuelva a caminar solo y cuando lo hagan, brotará siempre el amor, ese amor que en el camino se convierte en magia y enseguida va impregnando a todos los que les rodean, porque de ahora en adelante todos los peregrinos que caminen junto a ellos enseguida se darán cuenta de la magia que desprende el camino, bastará con que se fijen en las almas gemelas que van caminando a su lado.