almeida – 11 de julio de 2014.

Comentaba en una ocasión con el Maestro como el Camino cada vez estaba siendo más dominado por turistas que por peregrinos, se había perdido una buena parte de la esencia que un día tuvo y ya quienes lo recorrían no tenían ni sentían los mismos valores que los peregrinos de la antigüedad.

Él me confesó que eso no era algo nuevo ya que cíclicamente se producen situaciones similares que pueden llegar a condenar al Camino, aunque nunca van a suprimirlo por completo. Hace unos quinientos años la situación era similar porque se produjo uno de esos momentos de declive que estuvo también a punto de hacerlo desaparecer; pero el Camino se acabó regenerando.

Yo pensaba que por esas fechas que el Maestro me decía, fue cuando el Camino experimentaba su apogeo, pero me contó la historia de un momento muy delicado como consecuencia de las injerencias políticas, que en ocasiones tratan de controlar lo que de por sí va muy bien y además es incontrolable.

Desde que en el año 813, el eremita Pelaio, dijo haber encontrado los restos de uno de los apóstoles de Jesús, en cualquier rincón del mundo conocido miles de fervientes peregrinos se lanzaron por lugares desconocidos, en muchas ocasiones inhóspitos y peligrosos, hacia el lugar en el que comenzaban a venerarse los restos de uno de los más grandes de la cristiandad.

Aquellos primeros peregrinos no llevaban consigo nada más que sus escasas pertenencias, su fe y la fuerza de sus piernas que les impulsaban a seguir adelante, pero fueron convirtiéndose en una legión cada vez más numerosa, hasta que llegó a contar con cientos de miles de personas que, como ellos, querían seguir sus pasos y llegar hasta los restos del apóstol.

Estos primeros peregrinos fueron los que con sus pies hollaron el Camino, abrieron ese sendero que iba dejando la huella suficiente para que los que venían por detrás supieran por dónde tenían que seguir y marcaron ese Camino tan difícil de construir de otra forma en aquellos tiempos.

Al principio dormían a cielo abierto, luego fueron buscando el refugio de los soportales de las iglesias y cuando no encontraban a algún alma caritativa que les diera cobijo, pasaban las noches de la mejor forma que podían.

De esa manera fue surgiendo la hospitalidad, primero era ofrecida por las personas humildes que había en los lugares por los que pasaban, aunque estas no disponían apenas de medios, siempre podían proporcionarles un techo cubierto y algún cuenco de sopa caliente.

Entonces, los más poderosos, que necesitaban controlar aquellas riadas de gente que pasaban por sus territorios, fueron ofreciendo hospitales donde los peregrinos podían establecerse y a la vez eran controlados; la  Iglesia y el Estado fueron compitiendo en estas labores de acogida.

Pero como generalmente suele ocurrir, cuando hay lugares muy concurridos, surge la pillería de algunos que tratan de beneficiarse de lo ajeno o de aquellas prebendas que ellos no tienen y quieren vivir a costa de los demás.

Fue cuando el Camino se comenzó a llenar de gente indeseable que se beneficiaba de los peregrinos y vivían a costa de ellos, los peregrinos cada vez comenzaron a disminuir por las malas experiencias que tenían, dejando su sitio a este nuevo tipo de personajes que en mayor o en menor medida siempre han estado presentes en el Camino y nunca han querido abandonarlo.

Ya en los años en los que Colón descubrió un nuevo mundo, el Camino se había comenzado a desvirtuar de una manera considerable y el paso de los peregrinos fue disminuyendo año tras año, ya que no deseaban tener que enfrentarse, además de los peligros que el Camino de por sí representaba, a estos nuevos peligros que a veces les costaban la vida una vez que les habían desprovisto de los bienes que llevaban.

En la época del rey Felipe II, se quiso atajar esta situación y se instituyó la credencial. Con ella pretendían identificar a los verdaderos peregrinos de las personas que estaban haciendo el Camino por otras muchas cuestiones que no tenían nada que ver con la peregrinación.

La credencial, según el Maestro, fue lo que comenzó a condenar al Camino, ya que entonces, todo el que lo deseaba conseguía una credencial con la que ya se sentía peregrino y circulaba libremente por cualquier lugar del Camino como si se tratara de un peregrino más, incluso en ocasiones se identificaba con ellos porque llevaba las mismas vestimentas que los peregrinos.

Se conoce una carta del prior de Roncesvalles, fechada en el año 1.600, que está dirigida al obispo de Compostela, en la que le afirma que de seguir las cosas como están en esos momentos, se va a ver obligado a cerrar el albergue de peregrinos de este enclave tan necesario para los que superan los Pirineos, pues en lugar de acoger a peregrinos, se está dando cuenta que cada vez va siendo ocupado por un mayor número de turistas que no van haciendo la peregrinación y se benefician de las dádivas que los monjes tienen establecidas para los peregrinos.

Como puede verse, la historia no es nueva, se va repitiendo con el paso de los años y se vuelve a caer en los mismos errores, ya que cuando el Camino parecía que había desaparecido, gracias a la idea de un sencillo cura de pueblo, volvió a resurgir con el mismo ímpetu como tuvo en otras ocasiones.

Pero en lugar de tener un crecimiento sostenible, la  Iglesia y los poderes públicos vieron de nuevo una oportunidad, trataron de controlarlo y nuevamente se ha vuelto a caer en aquellos errores que se creían ya superados: la historia se vuelve a repetir.