almeida – 27 de enero de 2016.

flechaamarilla

            Cuando al buen cura del Cebreiro se le ocurrió la brillante idea de pintar una flecha amarilla en el alto de Ibañeta y que ésta se fuera alargando en cada cruce del camino inundándolo completamente con miles de flechas,

tantas como desvíos encontró en los cerca de ochocientos kilómetros que había hasta Santiago, señalarían esa ruta para evitar que los peregrinos tuvieran que recorrer más kilómetros de los necesarios en esta dura caminata que iban a realizar.

            Con entusiasmo, se puso manos a la obra y ocurrió uno de esos muchos milagros que se pueden atribuir al santo. El dos caballos destartalado con el que se desplazaba de un lado a otro, aguantó el esfuerzo, lo mismo que el inagotable y menudo cura que nunca desfallecía en lo que hacía con tanto entusiasmo, porque estaba convencido de lo que estaba haciendo.

            En medio quedaban muchos contratiempos y malos momentos que tuvo que superar, como cuando debió justificar a la guardia civil que lo que él anunciaba era una revolución cultural, no tenía ninguna connotación subversiva. Pero al benemérito cuerpo no le encajaban aquellas dos palabras y solo comprendía el sentido reaccionario de la primera y no estaban dispuestos a pasarla por alto.

            Más duro resultó cuando los regidores municipales le negaban que las calles y las piedras de su pueblo se embadurnaran con aquella pintura tan chillona. Cuando el bueno de don Elías quiso explicarles que detrás de esas flechas vendrían docenas, cientos, miles o quizá millones de peregrinos que dirigiéndose a Compostela pasarían por su pueblo. Entonces, algunos, los más ignorantes y reacios, respondían que no querían que su pueblo se llenara de hippies y de gente extraña que alteraría la convivencia de los vecinos.

            Pero don Elías, no era de los que aceptaban un no por respuesta, seguía insistiendo y consiguió doblegar algunas voluntades convenciéndoles que sería bueno para sus pueblos que se estaban muriendo porque cada año la emigración era más acusada.

            Fue pasando el tiempo y las predicciones del cura se vieron ampliamente superadas. Cada década, millones de peregrinos caminaban, consumían y daban vida a los pueblos por los que el cura fue predicando y le dejaron poner sus señales celestiales. Algunos pueblos, experimentaron un auge importante ya que mantuvieron e incrementaron esos negocios que estaban a punto de desaparecer y lo que es más importante, vieron cómo retornaban algunos hijos que habían buscado otros lugares en los que poder ganarse la vida. La estabilidad y las oportunidades de negocio que surgían en estos pueblos les animaban a retornar a sus orígenes.

            Aquellos que se negaron a que por su término transitaran esas personas no deseadas, comenzaban a arrepentirse de las decisiones que habían tomado ellos o sus antecesores. También los pueblos de las cercanías al ver florecer a los que se encontraban en la ruta que estaba marcada, sintieron envidia y buscaron de forma torticera de beneficiarse de esta arteria que tanto oxigenaba a los lugares por los que discurría.

            Entonces comenzaron a suceder cosas muy extrañas. Cuando el peregrino iba caminando y veía ya a lo lejos el pueblo al que tenía que llegar, en ocasiones incomprensiblemente, las flechas que él venía siguiendo desde que comenzó su camino le desviaban a la derecha. A unos kilómetros había otro pueblo, pero en lugar de estar orientado al oeste, le llevaba hacia el norte. Como las flechas nunca le habían traicionado, las seguía, recorriendo los cuatro kilómetros y medio hasta que al llegar a la plaza del pueblo, se detenía ante un cartel pintado de color amarillo en el que ponía “Bar”. Pero como eran las nueve de la mañana, se encontraba cerrado y no pudo tomar ese café que tanto deseaba. Siguió de nuevo las flechas que ahora le conducían hacia el suroeste y accedía a ese pueblo que unos kilómetros antes había visto tan cerca.

            Con el paso del tiempo, este hábito se fue sofisticando y en lugar de flechas, en algunos lugares se fueron colocando mojones señalizados. Cuando ves que llegas al mojón que te indica 98,125 que son los kilómetros que restan para llegar a Santiago, en ese momento el camino se desvía, te lleva a la derecha o a la izquierda cuando el sentido común te dice que debes seguir de frente. De nuevo, cuando llevas casi un kilómetro recorrido, ves un nuevo mojón que indica 99,250. Piensas que te has equivocado y leíste mal lo que indicaba el anterior, a cualquier le puede pasar y más si vas muy cansado ya que en esas ocasiones el camino nos hace imaginar cosas extrañas. Cuando llevas media hora más de camino y unos dos kilómetros recorridos, ves un nuevo mojón que indica 101,500. ¡No puede ser! piensas para tus adentros, ¿estarás haciendo el camino a la inversa? Surge la duda de seguir caminando o dar la vuelta y optas por lo primero ya que la posición del sol, aunque algo desviado te dice que debes seguir adelante. Media hora después llegas a una aldea que no figura en el trazado que tenías de la ruta, está unos kilómetros fuera de ella y entonces te das cuenta que la lucha por las flechas amarillas también ha llegado hasta allí.

            Algún responsable municipal o un avispado tasquero no ha tenido ni rubor ni vergüenza en desviar el camino unos kilómetros para su beneficio personal, le da lo mismo que los peregrinos se acuerden ese día de todos los familiares que no tienen ninguna culpa del sinvergüenza que solo ve en el camino una posibilidad de lucro personal, aunque sea a costa del esfuerzo extra que deben hacer los fatigados peregrinos.

            También resulta curioso esos caminos más modernos que han ido surgiendo en el siglo veintiuno, aquí los mandatarios municipales no han tenido ningún rubor en marcar hasta cuatro ramales del camino, confundiendo a los peregrinos que se ven en la tesitura de cuál deben tomar ya que solo ven la flecha pero no les dicen por dónde les lleva.

            Cuando los que han cometido tamaña barbaridad, tratan de justificarla, algunos llegan a basarse en esa documentación que obra en su ayuntamiento donde se dice que hace un siglo, está contrastado que un peregrino pasó por su pueblo. El pobre no tuvo la suerte de conocer la idea de don Elías y como muchos se desvió involuntariamente no sabiendo qué camino tomar y llegó hasta allí.

            Si el buen cura levantara la cabeza, se avergonzaría del tratamiento materialista que han asignado a su idea. Aunque, llevando nuestra imaginación al límite, quizá no sea un exabrupto pensar que si el negocio del camino sigue creciendo, un día llegaremos a ver en los cruces de caminos a charlatanes contratados por los regidores municipales a la caza del peregrino, ofreciendo las bondades y los servicios que van a tener en el pueblo si aceptan la opción que ellos les proponen.

            Será entonces cuando el camino este sentenciado de muerte y como decía un buen amigo, acabara muriendo de éxito.

            Pero siempre, quedará un espacio para la hospitalidad y mientras ésta exista seguirá habiendo camino. Volverán a surgir personas como el buen cura y como el Ave Fénix, el camino resurgirá de nuevo de sus cenizas ofreciendo esa magia que solo se puede encontrar en las cosas simples y sencillas.